A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 18

Boludo —repitió el fotógrafo por cuarta vez en los últimos tres cuartos de hora—. Es una historia como para hacer una película. Qué hijo de puta, si te estuve llorando como una semana.

Perdoname hermano. —Se disculpó el que en otra vida fuera un policía—, una de las condiciones fue no tener contacto con nadie. Después de todo estoy finado. —Sonrió.

Se dijo de todo. Que te habías quedado dormido fumando, que te habían metido un caño en la casa y qué se yo cuántas boludeces más —enumeró el Tano Mancinelli

Son muchos años y es una larga historia —dijo Salerno—. No todo fueron días de vino y rosas, aunque no puedo quejarme.

La cocina en la que los amigos conversaban se había ido de a poco saturando del aroma inconfundible que dejaba escapar la carne que se cocinaba a fuego moderado en el horno. La mujer, de unos cuarenta años largos, atractiva sin proponérselo, que respondiera al llamado del timbre entraba de tanto en tanto para bañar su preparación con un caldo.

Permiso —decía ante cada intromisión como si con sus leves pasos profanara el suelo sagrado que habitaban los dos hombres que reían con esas carcajadas que los obligaban a llevar las manos a la panza como sólo pueden hacerlo esos amigos cuyas vidas se han mezclado hasta convertirse en una única preparación, tal como ocurre cuando el chorro de leche cae sobre el café caliente.

¿Y los muchachos, los ves, qué ha sido de ellos? —Se interesó Salerno antes de atacar de un solo trago, hasta ver el fondo, al vaso que tenía en frente.

A través del relato del fotógrafo Salerno supo sobre el tiro del final de Heredia.

El Oso Espinoza perdió en un enfrentamiento con piratas del asfalto —completó con más datos el fotógrafo—y después de mucho madrugar, de hacer los deberes con prolijidad y porque no decirlo; de chupar uno que otro culo, Aguinaga tiene un pie adentro de un despacho como comisario mayor.

El hombre calvo se entristeció y se alegró según cada historia que iba escuchando. Todo resultaba adecuado para volver a llenar los vasos antes de alzarlos en un emotivo u otras veces divertido brindis, una vez y otra y otra más.

Che y el flaquito aquel medio boludo —Salerno bajó la cabeza llevándose los dedos índice y medio de la mano izquierda a la frente como si ese ademán le fuera útil para activar su no poco borracha memoria—. Pero la puta, tengo el nombre acá —declaró tocando la punta de su lengua que apenas le asomaba entre los labios con el mismo dedo índice—, ese que le gustaba sacar fotos…

Ah boludo el que vos decís es el Flaco Sánchez —dijo de repente el Tano Mancinelli despejando por fin la X de la ecuación.

Salerno sonrió complacido.

La historia del Flaco también daría para una película como la tuya…

Y eso que todavía no te lo conté todo hermano —interrumpió Salerno—, pero dale seguí, seguí vos con el cuento.

Mancinelli se levantó para despejar un poco la mesa de botellas muertas que fueron a parar sobre la mesada de la cocina, al lado del escurridor de los cubiertos.

¿Tinto o blanco? —Quiso saber a centímetros del mueble en donde esperaban para ser ejecutadas en posición horizontal unas cuantas victimas más.

Lo que usted quiera mi hermano por mi está bien —respondió solemne el inesperado visitante.

Se la seguimos poniendo con el tinto entonces —dijo con convencimiento el anfitrión—. Total mañana no hay laburo y pasado tampoco, qué joder.

Ya va a empezar… —gritó la mujer desde el comedor.

Salerno se paró de un salto, apoyando ambas palmas sobre la mesa.

Che hermano disculpame —dijo—, vos tenés tus cosas y yo te caigo así…

Pero que disculpame ni que nada —. Lo atajó su amigo irguiéndose también y alzando la cabeza para poder mirarlo de frente—. No digás boludeces, querés. Lo que pasa es que los domingos a esta ahora siempre miramos Miami vice…

Por eso, mejor me rajo y paso en otro momento. —Siguió disculpándose Salerno.

¿Vos sos o te hacés? —Darío Mancinelli caminó los pasos que los separaban y le palmeó el hombro como lo hacía en los tiempos del Nacional—. Bancame acá que ya vuelvo. La Yoli es de fierro, vos no te calentés por nada. —Lo animó.

Cinco minutos pasaron antes de que volviera a aparecer en la cocina. Una vez que se hubo acomodado de nuevo y otro corcho fuera extraído con éxito dijo:

Como te iba diciendo el Flaco Sánchez un día le presta el auto a la mujer porque quería ir al supermercado o algo así le dijo. Entonces este que es más bueno que la vitamina C se va en micro al laburo y le deja el Fiat 128 y resulta que a media mañana salta un procedimiento en un telo en la Santiago del Estero al doscientos o por ahí y cuál no sería la sorpresa del Flaco al encontrarse el Fiat en el estacionamiento…

Y si era uno parecido —intervino Salerno inclinándose hacia adelante con ebrio interés.

No boludo —amonestó el fotógrafo—, era el de él. Si se sabe todas las patentes de memoria el hijo de puta.

Como si hubiera escuchado unas palabras mágicas que servirían para despertarlo de un trance hipnótico Salerno dijo:

Boludo hablando de Roma, haceme acordar que tengo que comentarte algo sobre una patente.

Meta —asintió el Tano— y resulta que los compañeros le decían que la buscara por las piezas, que los cagara a patadas o a tiros a los dos y qué se yo cuántas otras opciones, pero no. El Flaco se la comió y se pidió una licencia que tenía atrasada. La siguió para todos lados, les sacó fotos y resultó ser que el tipo era cura. El Flaco le sacó un montón de guita por las fotos y los negativos. Mandó a la mierda a la esposa. —Tomó un sorbo de vino—. En realidad mandó todo al carajo. Al poco tiempo dejó la cana y se puso una agencia de investigaciones, le va muy bien.

Un Philip Marlowe criollo, hay que joderse —dijo Salerno.

Che manga de borrachos de porquería —gritó Yolanda apareciendo en el quicio de la puerta— ¿No sienten que se está quemando la carne, boludos.

Continuará…