A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 2

—Lo hicimos Gallego, lo hicimos.

Tito pedaleaba, entre carcajadas, con todas sus fuerzas.

La risa se evaporó cuando, al girar la cabeza, no pudo ver a su amigo que debía venir detrás.

Abandonó la bicicleta de color tostado que fue a dar contra el pavimento como un guepardo herido de muerte.

—Corré Gallego, corré —animó a su compinche usando las manos como un megáfono.

La suerte había decidido que la bicicleta roja que eligió montar el Gallego Balbuena se topara con una carretela cargada con chatarra de todo tipo. No tuvo más opción que apretar los frenos y poner un pie en tierra.

Los hermanos Rinaldi: los dueños de los rodados aprovecharon para darle alcance.

—¡Vení acá, la puta que te parió!

Donato, el mayor de los hermanos, lo sujetó de la remera para tirarlo de espalda.

Uno de los espejos colocados en el manubrio quedó desecho después del golpe que sufrió la bicicleta librada a su suerte.

—Encima me hiciste mierda el espejo.

Giacomo, quien siempre esperaba a que su hermano tomara la iniciativa, liberó todo el odio con una certera patada en el estomago indefenso del caído.

El Gallego se protegía cubriéndose la cara con los brazos que terminaban en puños apretados hasta volver blancos los nudillos.

—¡Déjenlo hijos de puta! —Tito no esperó a que su orden fuese obedecida. Tenía amartillada la honda y dejó escapar la piedra sin demora.

Tardes enteras buscando acertar en los tarros de conserva que alineaban unas veces en el patio de Tito y otras tantas en lo del Gallego dieron sus frutos. Los Rinaldi huían agarrándose la cabeza, sin importarles en absoluto qué sería del destino de las bicicletas con las que tanto disfrutaban pavonearse por el barrio.

—Un día se las vamos a cobrar todas juntas —había declarado José Balbuena a la salida de la escuela después de soportar un empujón de Giacomo Rinaldi que lo depositó en un enorme charco de barro—, eso te lo juro Tito.

El Gallego y Tito Samudio siempre habían sido carne para alimentar a esos que disfrutan atormentando a los más débiles. Uno: petiso y con anteojos más propios de un anciano que de un niño de ocho años, el otro: dueño de un apetito desenfrenado.

La paz de las vacaciones llegó por fin. Ahora todo sería levantarse tarde, intercambiar libros de la colección Robin Hood o revistas de Isidoro y Patoruzú. Todo sería pasarse horas viendo: los novatos, el chavo y los aventureros. Tres meses de absoluta tranquilidad.

—Che no puede ser; se les van a quedar los ojos cuadrados —dijo Aitana, la mamá de José cuando los chicos imitaban la melodía que daba comienzo a otro capítulo de S.W.A.T.

—Termina y lo apagó —prometió José.

—Te tomo la palabra —dijo antes de dedicarse a retirar de la mesa de la cocina los vasos y platos que habían servido para la medía tarde—. Termina y los voy a mandar hasta lo de don Braulio a buscar bicarbonato.

Por esos días Tito era huésped de honor de los Balbuena, ya que sus padres habían viajado a Perú con la intención de ayudar a unos parientes en apuros.

Las bicicletas estaban ahí, apoyadas contra la pared en la puerta de la farmacia. Intercambiaron miradas y sin dudarlo, fueron por ellas.

***

—Nada más queríamos hacerles un chiste, te lo juro papá —José recibió la cachetada con el mismo aplomo que había aprendido de Jason McCord en la televisión.

—No le pegue señor, por favor —rogó en el filo del llanto su único amigo.

—Decime qué necesidad tenés vos de robar —gritó el hombre que bajó la cabeza y prometió tomar medidas ante un enfurecido padre cuyos maravillosos hijos habían sufrido semejante atropello.

—Ninguna papá. Lo hicimos porque a veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer —declaró el niño como prefacio de la verdadera historia.

Continuará…