A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 21

Así que otra vez le vas a escapar el bulto a la facultad —protestó Orlando sin dejar de cortar la carne que tenía enfrente.

El lunes 23 de junio la casa de los Samudio amaneció cuando todos los relojes daban las dos de la tarde o poco más. El almuerzo se resolvió con unos bifes acompañados con ensalada mixta y de postre fruta.

Y qué querés si nos acostamos hace diez minutos. —Se defendió Tito bajando la cabeza.

Si no es por una cosa es por otra —replicó Orlando con el gesto de sacudir la cabeza cuando algo le molestaba que había heredado de su madre.

Dejalo tranquilo al chico, querés. —Intervino Marisa elevando el tono para proteger a su cría—. La semana pasada tuvo los parciales de: estructuras y ambientes. Le fue muy bien en los dos.

Más vale —remató Tito.

Orlando agregó un breve chorro de soda al vino tinto que se había servido.

Ponele un poco de empeño —solicitó clavando la mirada en la de su hijo—. Mirá que me cuesta un huevo y medio mandarte a la facultad.

Sí le pongo —respondió de mala gana Tito—, que no le voy a poner.

No parece, te aseguro que no parece —sentenció el padre antes de seguir almorzando en silencio.

Juanjo, que se había sentado en el lugar de la mesa que lo enfrentaba con un ventanal por donde se colaba todo el amarillo del otoño, el cual no se resignaba a ser relevado, comía ajeno a la discusión que se desarrollaba en esa cocina enorme de paredes blancas. Cualquiera podría haber conjeturado que su mutismo se fundaba en la intención de no participar en un asunto doméstico en el que nada tenía que ver, y no le hubiera faltado razón; aunque la causa del ensimismamiento de quien fuera uno de los más fieles seguidores de Ibimael Guzmán había que buscarla allí en donde vagaba su mente.

Una mente que uno a uno rememoraba los sucesos que se habían ido encadenando para traerlo a miles de kilómetros de donde latía su corazón.

***

Mil días habían transcurrido desde el enfrentamiento con la Guardia Republicana a las puertas del hospital del valle de Ayacucho.

Mil días desde que se quedará solo.

Mil días en los que ya nadie lo llamaba camarada Nelson.

Mil días en los que se había refugiado en la sierra.

Mil días con sus breves noches en donde los gritos de sus hermanos y hermanas lo traían de regreso a la vigilia.

Mil días esquivando a las tropas de contrainsurgencia o a las rondas campesinas organizadas por los civiles en un intento de aislar a los revolucionarios y así conseguir limitar su violento poder para arrestar, torturar e incluso asesinar a personas ajenas a esa guerra en la que ambos bandos ya lo habían perdido todo.

Mil días hasta que pudo volver a abrazar a doña Rosa María, esa vecina que le entregó un atado prolijo de cartas con la letra de su hermano.

Esa vecina que le lavó las heridas y lo alimentó con ceviche recién hecho.

Esa vecina que lo acompañó hasta la casa que levantara Arsenio, su padre, y cuya llave había custodiado con paciencia, plegarias y la infinita esperanza de poder volverlos a ver a todos.

Una casa que nadie hubiera dicho que estuviese abandonada durante años, unos largos tres años.

Una casa que olía a azucenas frescas ni bien se dejaba atrás el umbral.

Una casa que le abrió los brazos reconociéndolo de inmediato.

Una casa que veló sus intranquilos y afiebrados sueños por más de setenta horas.

«Soy ese vicio de tu piel, que ya no puedes desprender. Soy lo prohibido. Soy esa fiebre de tu ser, que domina sin querer. Soy lo prohibido.»

Los versos que entonaba Olga Guillot en la cocina se escapaban del: Music recorder, un aparato reproductor de cassette con radio con cinco teclas similares a las de un piano; cuatro blancas y una roja que hacía posible grabar. Su padre había recibido semejante maravilla tecnológica a mediados de los setenta —unos meses antes de ser asesinado—, como parte de pago por un trabajo y Edelmira, su madre, cuidó ese objeto como el más preciado de sus tesoros para siempre.

Juanjo Samudio no tenía noticias de la existencia de una obra titulada: «Por el camino de Swann» y era lógico entonces que desconociera todo lo relacionado con su autor, un francés que sería celebre gracias a una magdalena mojada en té, pero al abrir los ojos ese mediodía creyó tener otra vez doce años y se ilusionó por un instante, tan solo por un instante, con la idea de que era su madre quien cantaba aquel bolero.

Hola, qué bueno verte tan recuperado. —Lo saludó doña Rosa María secándose las manos en un desteñido delantal rojo— ¿Te sirvo algo de comer?

Sí, por favor —agradeció Juanjo—. No veo del hambre.

Doña Rosa María buscó unos huevos y un gran pedazo de queso mantecoso en la heladera.

Ah, me olvidaba —comentó mientras encendía la hornalla grande de la cocina—, hace un rato estuvo el Fideo con Tuco; me dejó muchos saludos y me pidió por favor que te diera esto.

La mujer dejó por un momento la sartén sobre la mesada de granito y buscó algo en el bolsillo frontal del delantal. Sacó una hoja a cuadros doblada en dos. La apoyó sobre la mesa.

Continuará…