A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 22

—¡Eh! ¿Acaso sos sordo conchadetumare? —amonestó Juanjo Samudio a pocos pasos de la escena que se desarrollaba frente al San José— ¿Qué parte no te queda claro de lo que pide la señorita?

Los gritos de la mujer intentando liberarse se oían como si estuviera utilizando un megáfono.

Juanjo Samudio caminaba por la avenida Bauzate a paso lento. Cada tanto comprobaba que nadie lo siguiera y en las vidrieras que iba encontrando se detenía para asegurarse de que el reflejo que le devolvía el improvisado espejo no fuera otro más que el suyo propio. Tenía que reconocer que doña Rosa María, de haberlo querido, sería una magnifica peluquera.

Había llegado hasta la casa paterna con las ropas sucias y tan estropeadas que la siempre amable vecina, sin titubear, las hizo desaparecer. Los largos, malolientes y enmarañados cabellos; sumados a una barba que no presentaba mejores condiciones, lo convertían en ese ser con el que se amenaza a los niños si no terminan de una buena vez con las verduras que hay en sus platos.

«Hola cuñado. Supe que volviste. Estoy necesitando gente para un trabajo. Si te interesa buscame en donde fuimos hace años con el tartamudo.»

Había escrito el Fideo con Tuco en el papel que le entregara quien, tal vez por haberlo visto nacer o por haber quedado tan huérfana de familia como él mismo, se había transformado en su protectora hada madrina. Una cuya amorosa magia no podría salvarla, de todas maneras, del trágico desenlace que había iniciado su marcha con los gritos de una mujer suplicando clemencia e iba a determinar el futuro de Juanjo cuando lejos, muy lejos: en otro país, en otra provincia y en otra ciudad, se viera obligado a matar para conservar la vida y completar así la misión, que en nombre de un amor que sin querer reconocérselo había guardado muy en lo profundo al decidir seguir a sus hermanos y hacer la revolución, se había autoimpuesto.

Teodoro Ayala, un pelirrojo tan delgado y alto que a los quince años ya superaba el metro ochenta de estatura y que durante el resto de su vida a partir del día en el que ingresó a la escuela César Vallejo respondió al apelativo de: Fideo con Tuco, no se había visto llamado a participar en ninguna otra actividad que no fuera la de conseguir una vida digna para Susana, su hermanita, como él la llamaba y para su madre.

—La veo pasar y tiemblo. —Se animó a confesarle una vez Juanjo a su amigo.

El menor de los Samudio no perdía ninguna de las oportunidades que se le presentaban para hacer las tareas de la escuela o cualquier otro asunto que le permitiera entrar en la casa en donde vivía la razón de sus desvelos.

—Y cuándo le vas a decir que estás enamorado. —Lo incentivó su amigo—. Si te dice que sí vamos a ser cuñados.

El día en que Susana cumplió los trece, por fin se lo dijo y ella lo aceptó con un tímido sí. Todo el mundo recibió la noticia con una sonrisa, pero Teodoro, el Fideo con Tuco, Ayala los apretó a cada uno en uno de sus brazos y dijo:

—Por fin somos cuñados, causa.

La historia de amor entre Juanjo y Susana estuvo plagada de interminables paseos por el barrio sin soltarse ni un instante de las manos. Salían a tomar un helado o una Coca Cola los domingos y siempre que podían se escapaban al centro para ver alguna película.

Agazapado como un Otorongo que acecha a un ciervo, el deseo sexual estaba cada vez más presente. Susana apenas permitía distraídos roces. Había tomado la firme determinación de aceptar el consejo de sus padres y de los curas y las monjas del colegio: debía llegar virgen hasta la iglesia para poder lucir con toda dignidad su vestido de novia largo y blanco.

Juanjo no presionaba a su enamorada. La creía la futura madre de sus hijos y con sus rechazos le demostraba su virtud.

—Para solucionar estos problemas se inventaron los chongos —dijo el hermano mayor de Esteban Quispe, un morocho, bajito y tartamudo que con los años iba a convertirse en un hábil periodista.

—Y esos qué son. —Se interesó el Fideo con Tuco.

—Puticlubes, pendejo, prostíbulos —respondió el hermano mayor mientras dejaba caer su pesada diestra sobre la colorada cabeza del muchacho.

Una semana después de la instructiva charla en lo de los Quispe los tres amigos se armaron de valor tomándose un par de litros de cerveza y se treparon a una combi blanca que por cinco soles prometió llevarlos hasta la esquina de Bauzate y Meza, frente al famoso mercado mayorista de verduras a cielo abierto cuya merecida reputación lo calificaba como: violento, sórdido, pobre, pero siempre vital, en La Parada, nombrado así, por ser el destino final de los camiones que llegaban a abastecer el Mercado Central.

En sus años captando posibles clientes como aviso humano con un cartel con los precios colgado de los hombros en los que repetía una y otra y otra vez:

—Pase, patrón. Qué anda buscando rubiecita. Qué necesita amigo, le consigo lo más barato.

Juanjo Samudio iba a pasar muchas veces por allí y hasta que se perdió en la selva para sumarse a la militancia férrea, violenta y siempre clandestina de Sendero Luminoso cada vez que se sabía con los bolsillos más pesados de lo habitual buscaba refugio dentro de ese enorme edificio de cuatro pisos que ocupaba buena parte de una manzana y que en los años cincuenta fuera una residencia que hospedaba gustosa a los viajeros provincianos recién llegados.

Se aturdía con el olor a perfume infame y a orines impregnado en alguna de las ciento veinte habitaciones.

En realidad lo que Juanjo no conseguía dominar era el impulso de volver. Desde la tarde en que entraron de a uno, con la cabeza gacha para esquivar la vergüenza y una mujer, con sus labios rojos hasta lo imposible que fumaba con una larga y delgada boquilla, los recibió —con un marcado acento del Río de la Plata como escapada de las letras de un tango— obligándoles a comprar bebidas que les quemaron la garganta y les revolvieron el estomago.

Juanjo siguió con la vista a sus amigos mientras eran tragados por el pasillo que conectaba con las habitaciones de la mano de las opulentas y poco creíble rubias que la mujer les había asignado sin dejarlos elegir.

—Para vos tengo algo especial —dijo mostrando una sonrisa que hizo crecer todavía más el miedo que Juanjo luchaba por disimular.

Tendrían que pasar algunos años para que el hijo menor de Edelmira Zapata y Arsenio Samudio despejara por fin la X de ese trato preferencial.

Reunidos frente a una fogata en el corazón de la selva, pero un poco apartados del resto del grupo, los Samudio tomaban chicha y recordaban.

—Y quién va a ser si no yo, tu hermano preferido —ironizó Luis Antonio sin dejar de reírse—, o es que te pensaste que fue por tu descomunal atractivo.

—Tratamelo bien al pibe —dijo sin disimular el tono imperativo la mujer de los intensos labios rojos—. Mirá que es nuevito y queremos que vuelva a buscar más.

La muchacha que tenía enfrente hizo un esfuerzo por mirarlo a los ojos y sonreír apenas. En ese momento Juanjo supo o creyó saber que no debería haber una mujer más hermosa en todo el Perú. Siempre le había otorgado esa cualidad a Susana, su primer amor, su primera novia y la persona con la que había imaginado terminar sus días rodeados de hijos y muchos, muchos nietos.

—Soy Helena. —Se presentó la muchacha que debía tener, poco más o menos, los mismos dieciséis años que Juanjo, cuando ambos quedaron solos en la habitación.

—Hola, yo me llamo Juan José —respondió el tembloroso cliente—, pero todos me dicen Juanjo.

—Hola Juanjo.

Aunque de regreso al barrio los amigos, más ebrios que otra cosa, detallaron con lujo de detalle cada medida de sus compañeras y dejaron claro que habían desempeñado un papel que hubiera enorgullecido al veneciano autor del libro: «Historia de mi vida». Juanjo y la jovencita de baja estatura, con la piel y el pelo lacio del color de la noche, con los ojos rasgados que recordaban a las esmeraldas no hicieron otra cosa más que tirarse en la cama y charlar hasta que los impiadosos manotazos en la puerta quebraron el hechizo

—Volviste pibe —exclamó la mujer de labios rojos siempre con su boquilla entre los dedos—, parece que se portó la Helenita. Te vamos a tener que cobrar más caro —carcajeó la mujer con una risa aguda, larga y desagradable.

Cuando satisfecho, sonriente y feliz Juanjo abandonaba por segunda vez en una semana la habitación del San José la muchacha lo detuvo.

—Me llamo Carmen —dijo—. Mi verdadero nombre es Carmen Palomino

—¿Qué carajo te importa si escucho o no escucho, imbécil? —respondió mirando fijo el hombre que vestía pantalón, camisa y zapatos negros y no soltaba por nada del mundo a la mujer.

—Carmen… ¿Eres tú? —preguntó Juanjo conmocionado un segundo antes de que un puño cerrado encontrara su ojo izquierdo.