A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 23

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—Buenas —saludó Guillermo entrando en la cocina.

—¡¿Eh, qué hacés?! ¿Cómo dormiste, qué tal el colchón? —Lo interrogó su amigo que se había puesto de pie dejando el mate cebado sobre la mesa.

—Supongo que bien, aunque más que dormir me desmayé —confesó Salerno retribuyendo el abrazo con palmadas en la espalda, con el que lo recibió el Tano.

—Y me imagino después de todo el trajín del viaje y la tremenda mamúa que nos pescamos —comentó divertido el Tano—. Vení tomate un mate —ofreció.

—Che, antes que nada muchas gracias por todo.

—Que gracias ni que nada, dejate de joder, querés —Darío Mancinelli pasó el mate recién cebado—. Guarda que está para pelar chanchos…

—Hace una vida que no tomo mate — dijo Salerno antes de disfrutar del caliente sabor que como tantas otras cosas se había obligado a no añorar—. Está de primera.

—Y sí… A la Yoli le gusta así y yo ya me acostumbré.

—Quién te ha visto y quién te ve Tano, qué lo parió.

—Si no lo puedo creer ni yo, me imagino vos —dijo con el mismo tono divertido mientras volcaba más agua sobre la yerba.

—Che y la Yoli, ¿duerme?

—Ni a palos —declaró con orgullo— con toda la farra y el chupi de anoche, igual a las diez ya me estaba rompiendo con esto y con lo de más allá. Acá entre nosotros —miró para todos lados y bajó el tono antes de proseguir— no podía con su genio, necesitaba comentar la bomba que nos tiraste anoche, otra historia de película la de tu mujer y tu pibe, qué lo parió.

Salerno terminó otro mate al mismo tiempo que movía la cabeza para asentir.

—Che, eso les iba a decir… —hizo una pausa para también recorrer el espacio con la mirada—, la Yoli está o salió.

—Fue hasta lo de doña Encarnación, una vecina, a colocar una inyección

—Ah, mirá —dijo Salerno—. Buen laburo ese.

El Tano exprimió las últimas gotas del fondo del termo.

—Sí, además la Yoli tiene una mano —alabó el fotógrafo sin ocultar su orgullo—. Ya debe estar al caer, iba a pasar a comprar un poco de fiambre y pan para hacer sánguches.

—Che Tano, fuera de joda —dijo Salerno—, me alegro mucho de que por fin hayas sentado cabeza. Además flor de mina te fuiste a conseguir.

—La semana que viene, el miércoles para ser más exactos, —precisó el fotógrafo levantando el índice izquierdo— se cumplen cinco años desde la noche que nos conocimos y de lo juro flaco —apoyó el codo en la mesa para así poder recostar la cabeza en la mano abierta— todas las mañanas cuando me afeito pienso: hoy se aviva y me pega un boleo en el orto. —Se rió hasta ahogarse—, pero no, pasa un día y otro día y otro más y nada. Es de fierro la petisa. Encontré a una persona que me ha hecho ser mejor cada día. No sé qué haría si me faltara.

—Cuidala entonces, boludo —aconsejó Salerno con acento paternal—. Me imagino me largaste la joda, —comentó bajando la voz y mirando hacia la puerta entreabierta de la cocina.

—Un poco largué sí —confesó Darío con la misma voz tenue de su amigo—, pero siempre estoy recolectando datos y cualquier cosa que pueda serle útil a alguno, no te voy a engañar flaco con los casamientos y cumpleaños no se puede vivir.

—¿Cómo andan esos amigos?

Yolanda entró en escena con una sonrisa llevando un maletín de cuero negro tipo carpeta que colgaba del hombro con una tira gruesa del mismo material. En la mano izquierda una bolsa de red azul con manijas plásticas al tono dejaba ver varios paquetes envueltos en el papel grisáceo típico de los almacenes, una bolsa de nylon con bollos de pan y una botella de Coca Cola.

Los aludidos se pararon al unísono.

—Dejame que te doy una mano —dijo Salerno.

—Muchas gracias.

—¿Y cómo anda doña Encarnación?

Yolanda estampó un beso rápido en los labios de su pareja y otro fue a parar a la mejilla derecha de Salerno.

—Ahí anda la pobre —empezó a relatar—, tirando. No da más del ciático. Le puse un Celestone.

—Con eso seguro que va a repuntar —pronosticó el fotógrafo,

—Esperemos —comentó la mujer—. Me lavo las manos rápido y vuelvo, Si quieren ir haciendo los sanguchitos, no me ofendo para nada.

—Como no, como no —respondió primero Salerno haciendo una seña con la cabeza a su amigo invitándolo a poner manos a la obra.

Con la bandeja lista sobre la mesa y cuando los tres tuvieron los vasos llenos de gaseosa Guillermo Salerno, el mismo que ahora respondía entre otros muchos nombres a Robert Maxwell dijo hablando en plural:

—Como ya les adelanté anoche, un poco borracho: necesito pedirles que cuiden de mi familia.

—Contá con nosotros —respondió Darío Mancinelli sin dudarlo.

—Sí, claro —ratificó Yolanda un segundo más tarde.