A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 24

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—Estuvo genial el viaje en helicóptero papi —dijo el niño sin ocultar su excitación, apretando la mano del hombre sentado a su lado.

—Me imagino que sí —comentó el padre sonriente y ya mucho más tranquilo—. Ha sido toda una aventura.

—Y qué te parece —exclamó Yoli desde el asiento del acompañante—, ya me gustaría a mí poder contar una historia así.

Los cinco: María, Guillermo y Esteban en la parte de atrás; Yolanda, y Darío, quien se encargaba del volante viajaban en un Ford Falcon Futura pintado para fungir como taxi que en las puertas y en la tapa del baúl se identificaba en amarillo con el 007, número que no pasó inadvertido a los ojos del niño, quien no demoró en relatar la última y más reciente salida al cine junto al abuelo Ramón, en la que ambos disfrutaron de «En la mira de los asesinos».

Esteban, que ya se trepaba para acomodarse sobre el reluciente tapizado color café con leche del largo asiento trasero, no tuvo oportunidad de ver las miradas que se intercambiaban sus padres y sus flamantes tíos.

El taxi giró a izquierda y derecha mucho más de lo que el recorrido lo hubiese necesitado. El espejo retrovisor se mantuvo vacio durante todo el trayecto.

El helicóptero Sikorsky S-76 identificado como miembro del Comité Internacional de la Cruz Roja había aterrizado a unos cinco kilómetros de la Laguna del Rosario, cuando las primeras sombras saludaban a la noche de ese miércoles de principios de julio. El Falcon Futura, sin importarle en absoluto el baño de tierra que lo cubría, permaneció expectante con los faros encendidos a pocos metros. La mujer y el niño bajaron con apenas un bolso no demasiado abultado como único equipaje.

Guillermo corrió al encuentro de su familia. La aeronave volvió a estar en el aire un minuto después.

Los relojes daban las diez de la noche cuando el Tano y su amigo riéndose e intentando que las cajas con las pizzas no fueran a dar a la acequia regresaron al auto. Esteban dormía con la cabeza apoyada en el regazo de su madre.

La cena fue rápida, sobre la infatigable mesa de la cocina. Durante la primera media hora la charla giró en torno de aquellos temas que estuvieran lo más alejado posible de la realidad de la que ahora, por honrar una vida de amistad, Darío y su pareja formaban parte.

Pero, todos lo sabían aunque nadie se atreviese a pronunciar las palabras en voz alta. María Alejandra Jones Aguirre con su aspecto más cercano al que podía esperarse de una empleada de oficina o de una maestra; con su poco más de metro sesenta de estatura y un cuerpo delgado que daba la impresión de no poder hacer frente a una ráfaga del célebre y característico viento mendocino en agosto, sin perder el equilibrio; con su voz suave de timbre cálido y amigable, se había atrevido a despertar al gigante.

Y como todos sabían aunque nadie se atreviese a pronunciar las palabras en voz alta: el sueño del gigante siempre debe ser preservado, de lo contrario se debe aprender a lidiar con su furia.

La hija del coronel Sean Edward Jones, había mirado a los ojos a la muerte. Con movimientos seguros había estrellado y convertido en un arma la botella de cerveza que hervía sobre aquella desvencijada mesa en un mugriento bar en El Líbano hasta donde el equipo de la G. S. O. U. que integraba María persiguiera a Jean Baptiste Bourdeu, el señor de la guerra que alimentaba los arsenales de uno y otro bando conocido como La Daga.

La escaramuza le dejaría el imborrable recuerdo de una cicatriz que partiendo desde el pómulo izquierdo, a un centímetro escaso del ojo, le atravesaría para siempre la mejilla para ir a terminar a la altura del mentón y en sus oídos quedaría retumbando una amenaza pronunciada en inglés con fuerte acento de los nacidos a orillas del Sena.

Una amenaza que tanto ella como el resto de los integrantes del equipo decidieron desoír, hasta que un día la noticia se desparramó por el mundo como el agua que ha conseguido destruir el embalse que la contiene: Jean Baptiste Bourdeu, el señor de la guerra conocido como La Daga había dejado atrás su alojamiento en el bloque A de la cárcel de La Santé, en Paris.

Al cabo de menos de dos años la amenaza dejó de serlo y aquella noche de miércoles de principios de julio de 1986 María Alejandra Jones Aguirre era la única que seguía con vida.