A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 25

mafia
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—Más alto papi.

El niño estiró las piernas, el columpio se elevó una vez más gracias al feroz impulso dado por su padre

—Más alto papi, más alto —pidió, con la voz rebosante de alegría, para conseguir concretar su trigésimo viaje.

—Si llegás más alto, vas a tocar las nubes con la punta de las zapatillas —exageró el padre, no menos feliz que su hijo.

Si por Esteban hubiera sido la noche lo habría encontrado volando sobre el columpio, pero el hombre —que diez años atrás renaciera como: Robert Maxwell— después de consultar su reloj, sujetó con fuerza la cadena y esperó hasta que la nave espacial que el niño comandaba se detuviera por completo, confirmándole así que ninguna felicidad es infinita.

—Un ratito más —rogó el niño consciente de que no tendría éxito con su pedido.

—Hicimos un trato antes de salir.

—Ufa, sí ya sé pero..,

—Qué te ha dicho siempre papá sobre cumplir con tu palabra.

—Está bien, está bien —Esteban saltó del columpio.

El hombre y su hijo abandonaban la plaza tomados de la mano en dirección a la calle Gutiérrez. Según el cálculo hecho por el padre tenían tiempo más que suficiente para llegar justo cuando el asado, que había prometido preparar el Tano, estuviese a punto. El plan de volver caminando, se enfrentaría, conociendo a Esteban y su curiosidad todo terreno, a pausas fuera de programa.

La chica, bonita, de grandes ojos marrones, de unos veinte años que sentada a lo indio sobre el pasto amarillento se apoyaba en el añoso aguaribay emplazado en el centro de la plaza cantaba:

—«…me falta algo para ir pues caminando yo no puedo…»,

La canción inauguró la que prometía ser la primera de las muchas y breves interrupciones del movimiento de padre e hijo.

Ninguno podía ni siquiera llegar a imaginar que durante la próxima hora todo sería correr y correr.

Un flaquito, rubio de rulos desprolijos, dibujaba a su lado acordes grandes y oportunos con una guitarra española, mientras el sombrero de copa —que habían dejado como si estuviese allí olvidado a medio metro del infaltable equipo de mate que viajaba con ellos cada fin de semana— esperaba la compañía de algunos australes.

—Andá llevale —dijo Salerno poniendo sobre la palma abierta del niño un billete con el retrato de Bernardino Rivadavia doblado. Esteban no demoró en cumplir la misión.

—«Tengo que conseguir mucha madera…»

La chica, bonita, de grandes ojos marrones dejó ver una sonrisa agradecida.

«…con mi balsa yo me iré a naufragar…»

El flaquito, rubio de rulos desprolijos, sumó su voz de tenor para zambullirse por debajo de la melodía en tesitura de contralto y construir así un intervalo de tercera hasta la última nota.

Los paseantes aplaudieron unos con tibieza y golpes escasos y otros con alegre fervor.

Esteban estuvo de acuerdo en corear con ellos:

—Otra, otra, otra…

Como respuesta la guitarra del flaquito, rubio de rulos desprolijos, desgranó un arpegio lento tensionando el fresco aire del domingo al mediodía durante ocho compases.

—«Como decía un catalán, voy tratando de crecer y no de sentar cabeza… » —cantó la chica, bonita, de grandes ojos marrones con un matiz susurrante que parecía decir: vengan, acérquense.

Una figura tan flaca como larga que usaba un traje rojo, negro y amarillo con una peluca hecha con lanas gruesas de diversos y brillantes colores, la nariz grande y roja distintiva de los de su oficio que completaba el atuendo con unos zapatos enormes y desteñidos ganó ahora la atención de Esteban.

—« Aun resuenan los acordes, de una guerra en si bemol sin ninguna melodía…» —seguía entonando con elegancia la chica bonita, de grandes ojos marrones apoyando su talento en las seis cuerdas que sin ninguna duda la conocían como nadie.

—Mirá papi —invitó el niño—. Mirá el payaso.

Cuando Guillermo giró en la dirección que le había sugerido su hijo, el payaso se hizo con tres pelotas —una roja, una negra y otra amarilla—, grandes como pomelos. Los precisos malabares hicieron que la chica y el flaquito perdieran algo de público.

Las pelotas volaban cada vez más alto y el payaso sin dejar de caminar provocaba un paso sí y el otro también, exclamaciones y aplausos. Como si no tuviera rumbo fijo, torció los zapatones en dirección a Guillermo y Esteban que felices y ajenos a lo que vendría se demoraban escuchando las canciones.

El experto bufón del traje rojo, negro y amarillo con una peluca hecha con lanas gruesas de diversos y brillantes colores, su característica nariz grande y roja y unos zapatos enormes y desteñidos, sin menguar en sus movimientos, bajó la cabeza, le sonrió a Esteban y un segundo después dijo en perfecto español con el acento inconfundible de las tierras que en el siglo XVI conquistara Hernán Cortés:

—Buenos días señor Maxwell

El hombre calvo transformó en una especia de vincha los anteojos de sol que siempre usaba.

—¿Vos quien mierda sos? —preguntó acercándose tanto a la nariz de plástico que las pelotas se desparramaron después de rebotar sobre las baldosas al perder el impulso que las mantenía volando.

—Yo te las traigo —ofreció Esteban sin dar tiempo a nada antes de correr para el lado de la fuente.

Iba a ser testigo de cómo unos chicos más grandes que pasaban improvisaron con la roja un torneo de pases.

La negra cayó en las fauces de un Rottweiler que iba llevando a la rastra a una gordita con equipo de gimnasia azul con una ralla blanca ancha al costado del buzo y el pantalón, que reprendió al animal con poco éxito mientras luchaba por no soltar la correa que había enrollado en su mano y se arrepentía de haberse propuesto para pasear a esa mole con escasas ganas de obedecer órdenes.

La amarilla desapareció de su vista y Esteban no tuvo más opciones que volver derrotado junto a su padre y el payaso. Le gustó mucho verlos hablar como si fueran amigos.

El payaso después de identificarse como un miembro de la misma organización que integraba Salerno indicó al antiguo subcomisario que se fijara con cautela en el hombre que, vistiendo un sobretodo gris, simulaba estar muy interesado en estudiar el monumento que homenajeaba a San Martin y a O’Higgins.

—Tenemos pruebas que lo identifican como un colaborador frecuente de La Daga —continuó informando el mexicano que por no faltar a la palabra que estaba a punto de empeñar no podría disfrutar de otro lunes sobre la ciudad que apenas conocía—. No se haga problema, busque a su esposa y tome precauciones. Yo le cubriré la espalda.

—Muy agradecido hermano —dijo Salerno —y perdoname por lo de antes.

Los hombres se estrecharon la mano ante la divertida mirada de Esteban que pidió disculpas por no haber podido recuperar las pelotas.

—No pasa nada wey —dijo el payaso tranquilizándolo—, tengo más.

Metió la mano derecha en el bolsillo del traje y aparecieron otras tres pelotas de los mismos colores aunque ahora del tamaño de las naranjas.

—Qué capo—declaró el niño repitiendo una frase que siempre decía su padre, sonriendo al ser izado hasta los hombros de este.

—Vamos campeón, que se enfría el asado.

—Chau —saludó Esteban con la mano antes de volver a aferrarse al cuello de Guillermo y dejar descansar la cara sobre la cabeza desnuda del hombre que ahora corría como en sus mejores años de entrenamiento en la base del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos en Quantico; en Arlington, Virginia frente al Pentágono.

Guillermo no pudo ver al espía del sobretodo gris ponerse en movimiento en el instante en que descubrió que Esteban y él se alejaban. Tampoco pudo ver cómo el payaso le cortó el impulso enfrentándolo con su acto de pelotas voladoras y mucho menos pudo socorrer al hombre que después de varios minutos de una lucha cuerpo a cuerpo terminó tiñendo con su sangre de payaso las baldosas de la plaza.

Para cuando el del sobretodo gris se deshizo del cuchillo abandonándolo en un canasto de basura; padre e hijo habían fracasado tres veces en dar con un teléfono público que estuviera en condiciones de transmitir un mensaje.

—¡Eh! ¿Por qué no mirás la luz antes de cruzar, infeliz? —gritó alguien con justa razón desde una camioneta.

Un segundo después, del otro lado de la calle, y mientras bajaba a Esteban para probar suerte por cuarta vez con un nuevo teléfono público giro la cabeza para ver alejarse a una camioneta blanca, Toyota de doble cabina y pronunció a media voz:

—M 462013… Qué los re parió, otra vez estos…