A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 26

  •  
  •  
  •  
  • 41
  •  
  •  
    41
    Shares

—Así que andás con ganas de jugar a ser Batman —dijo divertido el hombre que vestía pantalón, camisa y zapatos negros y que sin esperar a que Juanjo se recuperara lo pateó con precisa furia entre las piernas poniéndolo de rodillas.

—Dejalo Cuervo —suplicó Carmen—, por favor déjalo. Él no tiene nada que ver.

La mujer paseó la mirada a izquierda y derecha, buscaba ayuda. Un socorro que de ninguna manera iba a recibir.

Carmen Palomino, Helena para todos en el San José, sabía en lo más profundo que nadie iba a atreverse a enfrentar al Cuervo.

—Esa es la mejor postura para los imbéciles que se quieren sentir héroes —comentó el hombre que vestía pantalón, camisa y zapatos negros—, de rodillas.

Juanjo Samudio lo dejó hablar y esperó con la cabeza baja y sin cambiar su prosternada posición.

—¿Con eso tuviste suficiente Batman? —Se burló el Cuervo, acercándose.

Cuando Juanjo lo tuvo donde quería, cruzó los brazos formando un X sobre el pecho y se impulsó para asestar un cabezazo en el mentón del Cuervo. La sorpresa consiguió que el tiempo se detuviera por unos segundos para el hombre que vestía pantalón, camisa y zapatos negros. Juanjo otra vez de pie lo golpeó dos veces en el estomago con una combinación de izquierda y derecha que obligó al Cuervo a llevarse las manos a la zona maltratada, desprotegiéndose la cara, la cual no demoró en saber cómo se sentía ser martillada por unos puños pequeños, pero hábiles.

El Cuervo se desplomó sobre la vereda en donde cada vez se reunía más gente. De a poco la pelea quedó enmarcada en un improvisado campo de batalla circular formado por toda clase de transeúntes.

Juanjo pretendió, sin conseguirlo, montarse a horcajadas de su contrincante. El Cuervo rodó sobre sí mismo y en un pestañeo volvía a estar de pie. El tiempo de las bromas y las ironías había quedado atrás.

El destello de la ancha, afilada y experta hoja de un cuchillo provocó un murmullo de asombrosa alarma entre la concurrencia. No fueron pocos los que rogaron en silencio por la aparición de las luces rojas que coronaban los techos de los vehículos policiales, pero como suele ocurrir, rara vez se encuentra un policía cuando se lo necesita y menos aún teniendo en cuenta la zona de la ciudad en donde la pelea se disputaba.

—Para Cuervo —suplicó Carmen con un alarido— lo vas a matar.

Juanjo se movía como el sobreviviente que era. Los cuidados de doña Rosa María y las analgésicas horas de sueño habían producido el efecto buscado. No resultaba nada imposible que su vida terminara frente al San José de un minuto para el siguiente, pero si ese hombre que vestía pantalón, camisa y zapatos negros iba a convertirse en el artífice de poner el punto final en la última página de su destino, él, Juan José Samudio, lo haría sudar sangre antes de que consiguiera agregar una muesca más en el mango del cuchillo.

Continuará…