A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 27

  •  
  •  
  •  
  • 55
  •  
  •  
    55
    Shares

—Ahí va cuñado —gritó el Fideo con Tuco abriéndose paso para quedar en la primera fila del espectáculo que tenía como uno de los protagonistas a su amigo.

Juanjo se giró en la dirección que le indicaban las palabras.

En un mundo perfecto el arma blanca, un cuchillo tipo Bowie, hubiera terminado sus piruetas calzando dentro de la mano amiga de quien lo precisaba para defenderse y, una vez ya en poder del arma podría haberse enfrentado de igual a igual con El Cuervo y después de tres o a lo sumo cuatro movimientos, dar por terminada su participación en el incidente; consiguiendo además del aplauso y los vítores de toda la concurrencia, que Carmen lo abrasara con apasionado agradecimiento.

En cambio, el cuchillo con una hoja ancha que superaba los veinticinco centímetros de largo fue a dar contra las destartaladas baldosas produciendo un ruido seco que no hizo más que arrancar una carcajada de triunfo en los labios del hombre que vestía pantalón, camisa y zapatos negros.

—¿Qué pasó Batman, te falló Robin o me parece? —Se burló El Cuervo avanzando hacía su adversario, sin abandonar la risa y pateando a su paso el abandonado cuchillo.

El breve momento de desconcierto fue bien aprovechado por Carmen. Se trepó a la espalda del Cuervo con la agilidad de una gimnasta y rodeándole el cuello con los brazos apretó con la decisión de la muerte escapándosele por los ojos que segundos antes se anegaban de lágrimas.

—Te dije que lo dejarás —chilló la mujer.

En dos zancadas quien había conjugado muchas veces en primera persona el verbo matar durante sus años en las filas de Sendero Luminoso, se adueñó del cuchillo que daba la impresión de estar dormido y que en un gesto de respeto nadie se había acercado ni siquiera para observarlo, tal vez, por temor a que se despertara.

—¿Qué mierda te pensas que haces, estúpida? —interrogó con verdadero desconcierto El Cuervo que como si se tratase de una prolongación de su mano no soltaba su arma.

Tiró la cabeza atrás con violencia y de inmediato la presión ejercida por Carmen se desvaneció.

Ante más murmullos de asombro de la concurrencia el Fideo con Tuco corrió en su ayuda y la acompañó fuera del teatro de operaciones dejando en su retirada un rastro de sangre que emanaba de una nariz que, sin duda, había sido vencida.

Concentrados, los hombres sostenían sus cuchillos con firmeza, de la misma forma en la que se sujeta un martillo. Ambos habían colocado sus pulgares alrededor del mango, para así asegurar el cuchillo en la mano, con las puntas en dirección al cielo oscuro.

El hombre que vestía pantalón, camisa y zapatos negros supo, después de ejecutar la danza defensiva que había ido perfeccionando con paciencia y años, gracias a un buen número de encuentros similares a este, que su oponente se movía como un curtido peleador: hacia adelante, hacia atrás y otras veces en círculo hacia la derecha o la izquierda.

Se movía siempre en alguna dirección.

El Cuervo no tuvo más remedio que reconocer que ese hombre pequeño no sólo manejaba con destreza los puños. Le quedó más que claro que conocía de sobra el arte de protegerse y que no iba a resultar nada fácil hacerlo sangrar.