A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 28

  •  
  •  
  •  
  • 27
  •  
  •  
    27
    Shares

—Si se puede evitar la pelea o correr, hay que hacerlo —aleccionaba Orlando con la voz de la remembranza—. Pero si de todas maneras, no te queda otra opción más que la de pelear: esquiva siempre, todo el tiempo. Tu vida dependerá de eso y no te olvides por nada del mundo de controlar el brazo con el que te estén atacando…

Aun en ese momento, en donde todo podía cambiar de estado si cometía un error por pequeño que fuese, las palabras de su hermano mayor le llegaban tan claras como en aquellos días en que los varones Samudio solían jugar usando palos a los que les quemaban la punta hasta convertirla en un tizón.

Se ejercitaban en cómo desenvainar y sostener los pretendidos cuchillos de las formas más cómodas y seguras posibles, desarrollando así, cada uno su propio estilo de pelea.

Esas prácticas fueron tantas y tan divertidas que las habilidades de los hermanos para enfrentar un ataque crecieron como lo hace el árbol que recibe todos los cuidados necesarios.

A los consejos de Orlando, mientras tal como lo había aprendido Juanjo mantenía el cuerpo detrás del cuchillo, con los hombros encogidos, la cabeza inclinada y el brazo extendido, de tanto en tanto, en un ángulo de cuarenta y cinco grados con el único objetivo de proteger a toda costa: la cara, el cuello y el torso; se le sumaba en el recuerdo los reclamos de su madre:

—Pero cómo puede ser posible —gritaba Edelmira Zapata, siempre mucho menos enfurecida de lo que el volumen de sus palabras pretendía transmitir, sin dejar de fregar las ropas que habían quedado marcadas con lo que sus hijos llamaban: las negras rayas de la muerte.

—¿De qué carajo te reís? —dijo El Cuervo dando un paso al costado, antes de girar los noventa grados que lo alejarían del brazo armado de su oponente.

Veinte años antes de que una minúscula mueca que evocaba los chispazos de tiempos pasados, irrecuperables y felices se dibujara en los labios de Juanjo Samudio, el hombre que vestía pantalón, camisa y zapatos negros también sonreía.

El Mercedes Benz 250 SE negro, lo esperaba tal como se lo habían prometido.

—Veo que me hiciste caso —le había dicho unos días antes el Rengo Ludueña al verlo aparecer en el lugar de la cita luciendo lo que iba a convertirse en su marca registrada.

—Me queda bien ¿no? —pronunció en una tímida mezcla de afirmación y pregunta.

—Te queda bacán, bacán.

—Espero que sirva porque con este gasto —confesó el recién llegado sin dejar de mirar con fascinación a diestra y siniestra, mientras se pasaba los dedos por las solapas del saco oscuro— me quedé misio, pero misio de pies a cabeza.

—Quedate tranquilo —comentó Ludueña haciéndole un gesto para que ocupara la silla que tenía frente a él.

Venancio, el Rengo Ludueña, había fijado su base de operaciones en el colosal e incólume edificio pintado de color mostaza que gobernaba la esquina de la Avenida Colmena y Rufino Torrico y su debilidad dentro de ese lujoso espacio era el restaurante Sky Room. La leyenda, que él mismo se había encargado de fomentar, decía que en sus tiempos como conserje del Crillón había recibido abultadas propinas de María Félix, Debbie Reynolds, y hasta de John Wayne.

—Ah, no te vayas a olvidar de la gorra —dijo inclinando un poco el cuerpo hacia adelante con aires de misterio en la voz—, es fundamental para hacer el trabajo.

—Ustedes están seguros de que esto va a salir bien —siguió diciendo con timidez el recién llegado.

—Seguros, seguros nada más estamos de dos cosas: de que de los cuernos y de la muerte no se salva nadie.

El Rengo se rió con entusiasmo de sus propias y sabias palabras. Mientras usaba un pañuelo para secar las lágrimas que la desmesurada risa le provocara; César Enrique Rojas, El Cuervo, permaneció en silencio sopesando si debía o no participar en ese asunto.

—Bueno, qué decides—dijo el Rengo como si hubiera podido oír el sonido de los pensamientos de Rojas—. No te pongas espeso, que no tengo todo el día.

—Gustarme, lo que se dice gustarme, no me gusta la idea—respondió por fin el interpelado—, pero la semana que viene mi María Elena cumple cinco y no tengo china ni para una velita.

—Quedate tranquilo causa. —Lo alentó el Rengo—. Cuando terminemos con esta chamba le vas a poder festejar el cumpleaños todos los días a tu chibola, si se te da la gana y vos solo vas a tener que hacerla de chofer, el cuerpito lo ponemos nosotros.

La conversación se interrumpió por la llegada del mozo con una bandeja cargada de varios platos.

—Me tomé el atrevimiento de pedir para los dos —declaró Ludueña mientras desplegaba una enorme y blanca servilleta de hilo para colocarla sobre sus piernas.

Si en el momento en que se agachó cerca de la rueda delantera izquierda del Mercedes, fingiendo atar los cordones de unos zapatos negros y relucientes —que tan solo en las cuatro cuadras que había tenido que caminar desde su casa todavía le hacían ver las estrellas—, no hubiera encontrado debajo del guardabarros, fijadas con una buena cantidad de cinta aisladora, el manojo de llaves; tal vez hubiera podido abrazar y besar muy fuerte a María Elena y tal vez hubiera podido cantar a dúo con la abuela Josefina una desafinada versión del feliz cumpleaños que la niña hubiera aplaudido con alegría para saludar sus primeros cinco años.

El llavero cumplió la promesa de estar donde debía iniciando así con la cuenta atrás que lo llevaría desde las sucias y húmedas entrañas de un calabozo del Palacio de Justicia en donde un alférez y un capitán, demorándose antes con un teniente de la Guardia Republicana lo usarían como bolsa de entrenamiento para obligarlo a dar nombres que jamás pronunció, —a pesar de estar de acuerdo con sus captores en que el Rengo y los demás lo habían traicionado—; hasta una cárcel de varones ubicada en la cuadra trece de la Avenida Alfonso Ugarte, en pleno centro de la ciudad, conocida como El Sexto.

César Enrique Rojas fue tragado por la unidad penitenciaria un 9 de agosto de 1966, y de allí nunca salió.

El hombre cuyo sueño más ambicioso se resumía en formar una gran, solida y feliz familia había empezado a morir cuando el médico del Instituto Nacional Materno Perinatal le informó que su esposa no sería de la partida en el regreso a casa.

Con la compañía férrea de su madre y con la niña en sus brazos volvió a la barriada para enterarse de que su empleo en la carpintería había sido devorado por hambrientas y enormes llamas. Anduvo de aquí para allá dando tumbos y para cuando la suerte quiso cruzarlo con el Rengo la propuesta de manejar el auto que sacaría a la banda de la ciudad cargando bolsos repletos de soles fue una tenue luz al final del maloliente, angosto y largo túnel en que se había convertido su vida.

Nueve años pasaron desde aquel martes nublado en el que César Enrique Rojas se convirtiera en el interno 679 engrosando la población de El Sexto. Cuando la mañana del día que los libros de historia recordarán como el Limazo cruzó otra vez el portón de la entrada —vistiendo pantalón, camisa y zapatos negros—, ya no quedaba nada en su ser del que fuera César Enrique Rojas. Fue nada más El Cuervo quien se detuvo unos segundos para mirar hacia el cielo limpio y disfrutar del aire de la libertad.

Mientras el recién liberado abrasaba a su hija, una esbelta niña con los ojos turquesa y el cabello castaño claro que heredara de una madre a la que no pudo disfrutar; en el barrio Caja de Agua, levantado en los terrenos desérticos al norte de la Gran Lima, la familia Samudio llora la muerte de su patriarca quien fuera arrojado en la puerta de la casa desde un auto blanco que no demoró en acelerar y perderse para siempre.