A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 29

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—Llegaron una hora antes, mis bellezas.

Venancio Ludueña había abierto la puerta con la sonrisa expectante de quien ha imaginado disfrutar de una gran noche de amor alquilado, fiel a una rutina que había dado inició poco tiempo después de que la traición perpetrada y un innegable talento para las finanzas le abriera las puertas a una nueva existencia.

Ni en sus pesadillas más escalofriantes se hubiera atrevido a imaginar ni por un segundo que iba a recibir una patada en el pecho que lo tiraría de espaldas sobre el lustroso piso de parquet del departamento con enormes ventanales que miraban al parque El Olivar.

—¿Así que ahora sos Ricardo Pizarro Andrade huachafo hijoeputa?

El dueño de casa se apoyó sobre los codos antes de levantar la cabeza con los ojos repletos de perplejidad. Intentó hablar de nuevo, pero la suela del zapato negro que le cruzó la cara de izquierda a derecha, se lo prohibió. El tabique crujió como la madera vieja que se consumía despacio en el rustico, enorme y recto hogar a leña revestido en piedra que con eficacia calefaccionada la estancia.

La sangre pronto encontró la camisa, a penas estrenada, que no volvería a verse blanca.

El Rengo Ludueña se cubrió la cara con las manos antes de gritar.

—Tengo lo tuyo —explicó entre lágrimas.

El taco del zapato negro se incrustó entre las piernas del caído provocando que otro agudo grito recorriera hasta el último rincón de esos opulentos quinientos metros cuadrados.

—Tendrías que habérmelo dado hace nueve años y cuatro meses, rengo traidor de mierda —El Cuervo apretó más fuerte su pisada.

—Para Rojas —suplicó Ludueña— llévate todo. La caja fuerte está en mi estudio al final del pasillo —levantó a duras penas el brazo derecho extendiendo un dedo índice que chorreaba sangre.

—Parate de una puta vez —ordenó El Cuervo que ahora empuñaba un 38 Smith & Wesson Special, tanto o más brillante que sus zapatos.

—Rojas, causa, corré eso para otro lado que se te puede escapar un tiro.

—Más quisieras cabrón, pero ni en pedo te la voy a hacer tan fácil.

Ludueña se irguió todo lo que se lo permitía el dolor.

—Dejame ponerme algo para cortar el sangrado.

Sin pronunciar palabra el intruso caminó un par de pasos hacia atrás —siempre con la vista fija en el hombre que lo privara de la alegría de contarle un cuento a María Elena antes de dormir, de acompañarla en el primer día de clases y de tantos otros breves instantes irrepetibles—, hasta alcanzar uno de los almohadones grises con rayas negras como barrotes, de unos cuarenta centímetros por lado que ajenos a todo dormían sobre el sofá de cuero oscuro, de cuatro cuerpos.

—¿Qué vas a hacer?

Un gesto con la mano armada fue lo único que el Rengo obtuvo como respuesta. Avanzó por el pasillo y al llegar al baño se hizo con una toalla con la que buscó poner fin a la hemorragia sin poder sacar de sus pensamientos que de haber tenido que hacerlo él también hubiese elegido uno de sus almohadones como un improvisado silenciador para la treinta y ocho.

Ocupado en esos asuntos el Rengo Ludueña quien llevaba años perfeccionando el arte de encarnar a Ricardo Pizarro Andrade: un asesor financiero con el toque de Midas, un hombre viudo que no había tenido descendencia, que había sufrido un accidente al caer de un caballo; no se percató a tiempo de la ráfaga de aire frió que entró por las ventanas inundando todo su reino a veinte pisos de altura —donde él, Ricardo Pizarro Andrade, era el monarca absoluto—, con el debido permiso de aquel que no sólo había venido buscando un dinero que por propio derecho le pertenecía.

El estudio del Rengo al final del pasillo, como todo en ese departamento, merecía aparecer en las revistas de decoración.

—Movete mierda —gritó el Cuervo clavándole con fuerza el caño del revólver a la altura del omoplato derecho—. Quiero estar lejos para cuando lleguen tus amiguitas.

Ludueña avanzó hasta la pared detrás del escritorio de roble, retiró con cuidado el cuadro que mostraba a dos caballos en plena pelea y con idéntica precaución lo apoyó sobre el escritorio. Hizo girar la rueda de la caja fuerte empotrada dos veces a la derecha y una en sentido contrario, después de un breve chasquido la puerta se abrió.

Los ojos del Rengo buscaron la mirada de ese que una vez se deslumbraba con todo a su paso en el hotel Crillón y soñaba con festejarle a su hija un cumpleaños inolvidable. Nada de eso había en las negras pupilas que encontró. Uno a uno fue acomodando sobre el escritorio los fajos de billetes.

El Cuervo los distribuyó con paciencia, sin dejar de apuntar, entre los bolsillos del pantalón, el saco y por último los interiores y exteriores del largo sobre todo.

—Movete —ordenó

Los hombres desanduvieron en fila india el pasillo.

El Rengo no pudo reprimir un escalofrió que lo recorrió de sur a norte. Nunca llegaría a saber si había sido el frió o el miedo lo que le provocara el temblor.

—Espero por tu bien, que en estos años —dijo El Cuervo con tono solemne parado siempre detrás de quien en poco menos de una hora ya se había arrepentido hasta los huesos de su acto de traición—, hayas aprendido a volar, pedazo de mierda.