A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 30

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—Es hermosa papá.

—Hay que hacerle algunos arreglitos—reconoció César Enrique Rojas —, pero de a poco la vamos a ir dejando en condiciones.

Padre e hija contemplaban desde el otro lado de la calle, apoyados en la más reciente adquisición de la familia: un Renault 12 rojo, la casa de dos plantas con el enorme salón al frente que se erguía a poco menos de un kilómetro de esa vereda en donde una década hacia adelante en el tiempo El Cuervo no tendría otro remedio más que el de estrangular a una mujer de baja estatura, con la piel y el pelo lacio del color de la noche, con los ojos rasgados que recordaban a las esmeraldas y cuando un inesperado desconocido acudiera a rescatarla, no tendría otro remedio más que hacer valer sus puños y por último su cuchillo.

—Sos el mejor papá —María Elena se colgó del cuello de su padre antes de llenarlo de ruidosos besos.

—Hubiera sido lindo que la abuela estuviese con nosotros para poder compartir esta alegría.

—Está con nosotros —sentenció la jovencita sin dejar de abrazar a su padre—, siempre será así.

El botín recuperado había puesto en movimiento un plan que de haber tenido éxito, hubiera significado un nuevo comienzo, la posibilidad de dar el tiro de gracia en la nuca del Cuervo y quedarse nada más con la vida apacible que siempre había querido tener.

—He estado leyendo las noticias —comentó María Elena— y no encontré ni media palabra referida a lo tuyo, papá.

—Mucho mejor —respondió César Enrique Rojas—, mientras menos ruido de haga mejor.

La historia que María Elena había escuchado —sentada en la cocina en donde tantos días, tantas tardes y noches la abuela Josefina y ella lo extrañaron— contaba los padecimientos de un hombre que había estado en el lugar correcto en el momento equivocado y que no encontró a nadie que se interesara en sus palabras de inocencia hasta que alguien revolviendo expedientes olvidados en enormes, sucias y añejas estanterías había dado con el caso del interno 679 en El Sexto. Según supo María Elena, con la cara cada vez más llena de llanto, ciertos vicios de procedimiento hicieron que César Enrique Rojas recuperara la libertad y fuese compensado con un resarcimiento económico por parte del Estado.

—Lo que sí sale es lo del tipo ese que una vez estuvo por casa. Ese que le costaba caminar y arrastraba una pierna.

El Cuervo se acarició el mentón con el pulgar y el índice como si ese movimiento lo ayudara a pensar mejor.

—Ah, sí —dijo por fin después de varios segundos—. Ludueña, el Rengo Ludueña justamente.

—Ese, ese mismo.

El Cuervo consultó su reloj.

—Y qué dice.

—Parece que se suicido…

—¡Eh! Qué tremendo —El Cuervo se llevó las manos a la cabeza antes de abrir grandes como dos monedas de quinientos soles de oro los ojos— y contame más, qué fue lo que pasó.

—El diario dice que se llamaba Ricardo Pizarro Andrade —empezó a relatar la muchacha—, que era un muy requerido asesor financiero—María Elena hizo una pausa para imitar aunque sin proponérselo el mismo gesto que hiciera su padre usando el pulgar y el índice—, ah y además decía que había quedado viudo, que no tenía hijos y alguna otra cosa más, pero la nota estaba acompañada por varias fotografías y te aseguro que era ese Ludueña que una vez, hace como diez años, estuvo en la casa.

—Y te acordás de él después de tantos y tantos años.

—Las ventajas de tener memoria fotográfica —comentó divertida la muchacha al mismo tiempo que presionaba un botón imaginario en su sien izquierda— y te digo más me quedo grabada la frase que dijo la abuela cuando ustedes se fueron esa tarde.

—Ah sí. No me digas nada, no me digas nada…

María Elena rió por adelantado.

«No me gusta nada ese, no parece trigo limpio». Repitieron padre e hija al unísono.

En los pensamientos del hombre que no había tenido otro remedio, más que el de acostumbrarse a dormir con una faca debajo de la almohada, el mismo hombre que había elegido no recurrir nunca al uso de pastillas para conciliar el sueño y de esa manera lograr huir, aunque sea por algunas horas, de la prisionera realidad a la que la traición lo había empujado; se dibujaba una vida llena de cotidiana rutina. Una sucesión de hechos que se repetirían un día sí y el siguiente también.

Esas horas en las que se le permitía salir al patio supo aprovecharlas para caminar bordeando el perímetro, hasta que su paso se fue haciendo más firme y más seguro permitiendo que sus piernas corrieran como si de esa manera pudiesen dejar atrás, aunque sea por algunas horas, la prisionera realidad a la que la traición lo había empujado; de a poco fue incorporando las lagartijas y los ejercicios abdominales. En el patio del Sexto nació su interés por las pesas y fue esa misma pasión por las barras, las mancuernas y los discos de veinte kilogramos lo que lo acercó a las entrañas de muchas batallas a mano limpia o con improvisados puñales que no siempre los guardias se ocupaban en desarticular.

El Cuervo no hablaba mucho, nada había que decir. Sólo le quedaba esperar. Soportó las bienvenidas que todos los recién llegados disfrutaban sin apenas intentar defenderse, no sabía cómo. Durante los primeros seis meses pasó dieciocho noches en la enfermería y aunque esposado al camastro, agradeció no tener que horrorizarse con los gritos de quienes en cada una de esas noches estarían desempeñando su rol de maltratado.

—Si sigues así tío —le dijo El Español cuando apareció otra vez en el comedor después de su última visita a la enfermería, todavía con los ojos de un mapache, no llegas a fin de año.

Mientras El Cuervo aceptaba la mandarina que su interlocutor le ofrecía levantó los hombros en un clásico gesto de impotencia.

—Si tú quieres tío —empezó diciendo El Español— puedo ayudarte, por un precio claro.

—Mi familia no me visita —explicó sin entrar en mayores detalles—, no tengo dinero para pagar nada.

—No todo en la vida son las pesetas tío.

El Cuervo ya había tenido en estos meses que representar el papel de novia de alguno de los otros reclusos en todas y cada una de las dieciocho oportunidades en las que terminó siendo huésped de la enfermería, pero no tenía intenciones de adoptar la posición del perrito por voluntad propia.

—Tranquilo tío que no eres mi tipo —rió El Español leyendo el mensaje que transmitía la cara de Rojas.

—¿Entonces?

El Español habló, el machucado preso escuchó y unos minutos más tarde habían cerrado un trato.

Para cuando seis años después de aquel mediodía, El Español se preparaba para cruzar hacia la libertad, los dos hombres se abrazaron como los hermanos en los que se habían convertido.

El Cuervo sabía por boca de su amigo que no regresaría a Madrid.

—Allí nadie me espera —le había dicho una vez.

En los sueños de ojos abiertos de Mario Garrido, el enorme madrileño que había llegado a Perú siguiendo un cálido amor y terminó padeciendo una década en la cárcel por matar a un hombre a la salida de un bar, aparecía de manera recurrente un gimnasio de boxeo en donde salvaba de la calle, el delito, y la muerte a todos aquellos que le dieran una oportunidad.

—Y quién te dice tío, me cae en las manos un próximo campeón mundial de los pesados —dijo entre risas El Español—. Ah y no te olvides que hay una deuda pendiente entre nosotros.

—Cuándo sea y dónde sea.

—Nos vemos afuera, tío.

Una bocina aguda y molesta que se repitió tres veces interrumpió la charla familiar, pero puso sonrisas en las caras de ambos.

—No me explicó cómo hace para acomodarse detrás del volante —comentó el padre cuando su amigo se bajaba de un Fiat 600 gris.

—Hola tío Mario —saludó la muchacha abrazando a ese gigante que vestía como de costumbre uno de sus tantos equipos Adidas de campera y pantalón.

—Hola, mi princesa —Mario la levantó para hacerla girar varias veces.

—¿Y qué te parece? —preguntó El Cuervo.

Mario Garrido, el Español, miró la casa y dijo:

—Una maravilla.

—El salón es tuyo —dijo el Cuervo—. Ah me olvidaba —mintió buscando algo en el bolsillo interno izquierdo de su infaltable traje negro—, esto también es tuyo.

El Español aceptó el sobre color madera doblado en dos sin hacer preguntas.

—Ya tengo casi listos los bocetos para el cartel que me pediste, tío —anunció con orgullo la muchacha.

—Seguro que serán geniales, mi princesa.

Seis meses de arduo trabajo fueron necesarios para que los Rojas se mudaran a la casa y tres más iban a pasar antes de que el enorme cartel en donde dos púgiles supervisados por la mirada atenta de un árbitro daban la bienvenida al: Garrido boxing club, estuviese colgado sobre la entrada.

Todo transcurría así como los hombres lo soñaran desde los tiempos en que las horas, los días, las semanas, los meses y los años morían con lentitud sin que ambos dejaran de cuidarse las espaldas y forjaran una reputación de sangre y muerte.

Esa vida, la de la sangre y la muerte les resultaba ahora tan ajena como puede serlo una arado para una mariposa. Aunque César Enrique Rojas y Mario Garrido no habían perdido la costumbre de mirar sobre el hombro porque eran más que consientes de que a pesar de todos sus esfuerzos, más tarde o más temprano les sería imposible torcer la férrea voluntad del destino.