A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 31

  •  
  •  
  •  
  • 46
  •  
  •  
    46
    Shares

—No puedo pedirle eso.

El enorme y pesado puño apretado de Mario Garrido cayó con fuerza sobre el vidrio que protegía la labrada tapa de madera del escritorio que junto con un archivero y dos sillas, además de la que él ocupaba, constituían todo el mobiliario de la oficina que gobernaba el gimnasio desde el fondo del cuadrado y amplio salón.

—Estaría traicionando su confianza en mí —continuó argumentando el entrenador, ahora de pie y paseándose por el reducido espacio como si esto le ayudara a ordenar mejor sus ideas—, por no decir nada de sus años de sacrificios y de sus sueños por alcanzar una vida mejor.

—¿Y qué hacemos entonces?— preguntó en un tono no menos beligerante su amigo y socio de tantos años— ¿volvemos a lo de antes, vamos lo reventamos y nos olvidamos de todo lo que nos hemos roto el alma para llegar hasta acá?

—Dejame aclararte tío —dijo siempre con la voz rebosante de cólera, mientras detenía su nervioso andar, sacudiendo en alto el dedo índice como un profesor experto en su materia—, que no tendría el menor inconveniente en cargarme uno o varios picoletos si con eso no le jodo la vida a un chaval que llegó hasta nosotros en busca de refugio y esperanza.

—Sí muy lindo, muy poético lo tuyo —ironizó El Cuervo—, pero si te meten adentro otra vez ¿cómo carajo vas a hacer para seguir refugiando y ofreciendo esperanza a nadie?

César Enrique Rojas se apoyaba en la pared pintada de verde claro y movía los brazos levantando las palmas hacia arriba como si el gesto le resultara útil para enfatizar sus palabras. Aunque en el fondo de su ser compartía los sentires de su amigo, nada ni nadie volvería a mantenerlo alejado de su hija, nada ni nadie lo volvería a empujar dentro de una celda. El trabajo en el gimnasio, la sociedad que habían construido y todas las enseñanzas sobre pugilismo que recibía día a día de Mario, de a poco iban dejando sin aire al Cuervo y nada más era él, César Enrique Rojas, quien se despertaba cada mañana

La puerta se abrió.

—Será posible —reclamó una muchacha cuyos ojos verde azulados confesaban mucho más enojo que cualquier palabra—, desde arriba y me imaginó que desde todas partes se oyen sus gritos. No puedo trabajar si se siguen ladrando de esa manera.

Los hombres sorprendidos guardaron el mismo silencio que dos compañeros de escuela reprendidos por pelear en medio del patio.

—No estamos peleando hija —buscó aclarar César Enrique Rojas.

—Lo disimulan bastante bien, entonces.

—¿Y cómo va el asunto de las elecciones? —preguntó Mario Garrido con el objeto de cambiar de tema.

—Ganó, por lo menos en la primera vuelta, García Pérez, —informó con seriedad la muchacha de cabello castaño claro que lucía en una gruesa y larga trenza hasta la cintura—. Si termina ganando, será el más joven de todos los presidentes civiles que hemos tenido, tiene apenas treinta y cinco años.

—¿Y eso es bueno o malo? —repreguntó Garrido nada más que por hacer conversación.

—Espero que sea algo bueno —dijo María Elena dejando ver esa sonrisa que siempre la igualaba con la imagen de su madre.

—Ya me imagino sobre qué escribirás la próxima nota —comentó el padre que volvía a teñir de serenidad su tono.

—Te imaginas bien.

—Si ya prácticamente te estoy viendo sacarle humo a la Olivetti —dijo Mario quien gracias a la visita de la chica por un breve momento se había olvidado del problema en el que estaban hasta el cuello.

—Eso nada más va a ocurrir si ustedes dejan de aturdir a medio barrio.

—Quedate tranquila hija.

—De todas maneras si se les ocurre seguir con los gritos —dijo María Elena ya con la mano sobre el picaporte lista para cerrar e irse—, me los voy a perder porque me estoy yendo a buscar a Javier.

Al escuchar el nombre ambos quedaron inmóviles por un segundo.

—Y con el permiso de quién —bromeó su padre.

La chica que apenas un par de semanas antes había organizado un gran baile en las instalaciones del Garrido boxing club para celebrar su cumpleaños número veinticuatro y que en los dos últimos años, —una vez que hubo decidido que su paso por el periodismo sería como agente libre—, había viajado a la Argentina para seguir al detalle la asunción presidencial de Raúl Alfonsín, se había internado en la selva buscando contar al mundo la masacre de Quinuas y por estos días trabajaba en un reportaje sobre las elecciones presidenciales, sonrío antes de contestar.

—Antes que nada necesito que alguno de ustedes me preste el auto.

—Ahí la tenes a la freelance —comentó el padre volviendo a sacar punta a la ironía con la que tanto disfrutaba.

Mario Garrido buscó en el primer cajón del escritorio y antes de que su amigo pudiera objetar le lanzó un llavero a la chica.

—Eso sí —dijo en su mejor tono severo—, ni un solo raspón por que los pongo a lavar los baños hasta el año 2000.

Un par de años de bonanza habían conseguido que el Español cambiara su destartalado Fiat 600 por un Dodge polara RT del 75 del color de la yema de huevo.

—Anda con veinte ojos hija —agregó el padre.

—Sí, voy a estar atenta, le digo y nada me va a pasar.

—¿Van a la casa del pueblo? —se interesó César Enrique Rojas.

La Casa del Pueblo es el nombre con que se identifica a la sede central del partido Aprista.

—Así es.

—Y decile a Javier que mañana lo quiero acá a primera hora para entrenar y que si te pasa algo lo mato.

Los amigos salieron de la oficina siguiendo los pasos de la muchacha que ya se había perdido escaleras arriba en busca de su Reflex Olympus. Enfrentaban un problema serio, que tenía como actor protagónico a un mayor de la Guardia Civil Peruana, un personaje alto de espeso cabello negro que compartía algunas canas con el tupido bigote y llevaba con soltura un abultado abdomen.

Algunos años atrás y unos veinte kilos menos cuando el alférez Pedro Barrios Montoya egresó del Centro de Instrucción de la Guardia Civil Mariano Santos Mateo y fue retratado montando con gallardía un caballo negro, se había prometido respetar hasta la muerte el lema de la institución que tantas veces habían gritado a centímetros de su oído:

«El Honor es su divisa».

Ese domingo 14 de abril de 1985 mientras hundía su pie derecho en el acelerador de un Peugeot 504 blanco intentando no perder de vista a la muchacha de cabello castaño claro que lucía en una gruesa y larga trenza hasta la cintura; Barrios Montoya se lamentó, como tantas otras veces en el pasado, de haber faltado a su promesa y como si hubiese alguien sentado a su lado que pudiera escuchar pronunció en voz alta:

—Qué joder, a veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer.