A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 32

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—Buenos días.

—Buenos días —respondió Mario Garrido sin dejar de barrer la amplia vereda ese lunes por la mañana.

—¿Usted es el encargado?

El Español se detuvo, apoyó las dos manos en la punta del palo del escobillón y les dedicó a los hombres una mirada poco interesada. No podía ni siquiera atreverse a imaginar que esas cuatro simples e inocentes palabras iban a abrir una puerta que traería de regreso la violencia a los días mansos de esta especie de familia que había conformado con César y María Elena.

—Soy el propietario… Uno de los dueños en realidad —se corrigió Garrido —¿Puedo ayudarlo en algo?

Mario Garrido se dirigió al visitante inesperado —un personaje alto de espeso cabello negro que compartía algunas canas con el tupido bigote—, como si hubiera llegado sin la compañía de los dos hombres, que también vestían de traje oscuro con zapatos de un lustroso negro, aunque a diferencia de quien llevaba la voz cantante, carecían del abultado abdomen.

—Permítame presentarme —dijo ofreciendo su diestra—, soy el mayor Pedro Barrios Montoya y desde hace unos días estoy al frente de la comisaría del distrito.

—Encantado —respondió el entrenador sin demasiado entusiasmo en la voz, pero apretando con firmeza en su saludo —. Usted dirá en qué puedo serle útil.

—Por ahora, en nada —respondió el guardia civil dejando al descubierto una amable sonrisa—. Hemos salido con los muchachos a recorrer la calle y a que todo el mundo sepa que estamos para lo que se necesite.

Garrido escuchaba mientras iba de a poco dando la bienvenida, desde el portón de entrada, a los pupilos que se disponían a enfrentar una nueva semana de entrenamiento. Por un momento pensó en preguntarle por qué no vestían uniforme, pero un segundo más tarde decidió que le importaba poco y nada cualquier respuesta que un miembro de la benemérita pudiese ofrecerle.

—¿Le molesta si pasamos a curiosear un poco? —dijo el mayor que sin esperar respuesta dio los pasos que restaban entre la ahora limpia vereda y el corazón del gimnasio.

Garrido hizo un gesto con la mano abierta que invitaba a pasar y entró detrás de ellos arrastrando el escobillón que no se demoró en entregar al pupilo más cercano.

—Ve a lavarlo bien y después limpia el cuadrilátero —ordenó.

El policía del tupido bigote comentó que en sus tiempos como cadete en el Centro de Instrucción de la Guardia Civil Mariano Santos Mateo —pronunció cada una de las palabras como un alumno que repite un verso que ha debido aprender de memoria por lo que teme apresurarse y quedar empantanado a medio camino del final—, había disfrutado de la práctica del arte de las narices chatas, terminó la frase con una breve risa, al parecer muy conforme con la metáfora que había elegido utilizar para referirse al deporte de contacto que algunos llaman la dulce ciencia.

El sonido de las pisadas sobre los escalones metálicos, que comunicaban la vivienda de la planta alta con el gimnasio, hizo que los recién llegados cambiaran el foco de atención. Uno de ellos, el más bajo de los subalternos, no pudo evitar que un silbido de admiración lo pusiera en evidencia.

La mirada de Barrios Montoya lo convirtió en estatua de sal.

—Buenos días.

—Muy buenos días señorita —devolvió el saludo el mayor.

María Elena besó con afecto a su tío elegido y saludó con un movimiento de la mano a los cuatro muchachos que habían hecho un alto en sus actividades con intención de admirarla, como solía ocurrirle allí adonde fuera.

—Vamos —gritó como un sargento de infantería Garrido—, nadie les indicó que descansaran. Ya todos saben lo que tienen que hacer.

—No vuelvo a almorzar hoy —anunció la muchacha —. Con esto de que el domingo hay elecciones, estoy hasta arriba de trabajo.

—Me imagino, nena —ahora Garrido hablaba con los decibeles propios del cariño—. Y tú papá ¿por dónde anda?

—Llamó hace un rato, anoche a última hora se acordó de que hoy tenían varios vencimientos y dice que está en medio de terminar esos trámites.

—Qué suerte que él se ocupa de todo el papelerío…

—Siempre es conveniente contar con aliados —interrumpió Barrios Montoya.

El Español centró su atención en los lacayos que se mantenían un par de pasos por detrás de su superior y cruzaban los brazos por delante del cuerpo con las piernas separadas, ninguno movió un musculo.

—Me voy a ir yendo —María Elena abrazó a su tío y le sonrió a todos los demás antes de encaminarse a la salida.

A escasos tres pasos de alcanzar la vereda la interceptó un hombre que la envolvió con sus brazos para hacerla dar varias vueltas antes de besarla. Tanto los policías como los aspirantes a púgiles supieron en ese instante cómo era ser sacudido por una descarga de la más pura envidia.

—Javier, niñato, deja en paz a mi sobrina y vete a cambiar—ordenó Garrido una vez más con la voz escupiendo autoridad —. Es la tercera vez en este mes que llegas tarde. Me voy a cansar un día de estos y te voy a meter un buen par de patadas en el culo.

—No lo retes tío —intercedió la muchacha con todos los colores trepados a sus mejillas.

—¿Es qué acaso no sabes la que nos estamos jugando? ¿Cuántas oportunidades te crees que vamos a tener, pedazo de gilipollas? —siguió a grito pelado el entrenador ignorando las suplicas bien intencionadas de la enamorada jovencita.

Javier atravesó el salón a paso lento, seguro. El poco más de metro ochenta y los noventa kilogramos le daban el porte de un peso pesado —no siempre había sido así—, y la cabeza rapada a cero que mostraba unas cuantas cicatrices lo presentaban como alguien de cuidado.

Cuando llegó hasta donde los policías y su entrenador lo esperaban dejó caer unos desabridos buenos días antes de seguir en dirección a sus compañeros.

—Bueno, lo dejamos trabajar tranquilo —anunció sin sacarse la estudiada sonrisa de los labios Barrios Montoya.

Los hombres se volvieron a dar la mano. Los acompañantes inclinaron la cabeza a modo de despedida como si obedecieran al movimiento de las manos del mayor que manejaba sus hilos.

—Ah, pero qué cabeza la mía —dijo el gordo cuando ya había dado unos cuantos pasos y antes de girar sobre los talones para quedar por segunda vez de frente con El Español.

Se desabrochó con paciencia el saco para buscar algo en el bolsillo interior derecho. Garrido pudo ver bajo el sobaco izquierdo la culata de un revólver.

—Le dejo mi tarjeta —ofreció alargando el brazo en toda su extensión—. Cualquier cosita que necesite no dude en llamarme. Para eso estamos los guardias civiles.

—Muy amable mayor —agradeció Garrido—, lo tendré en cuenta.

—Hágalo mi amigo, hágalo y por favor déjele mis saludos al señor Rojas —hizo una pausa para llevarse el dedo índice izquierdo a la sien y ahí se demoró, lo que al Español le resultaron interminables segundos— ¿cómo era que lo apodaron en El Sexto? —repitió el gesto y la pausa— ah, sí, pero qué cabeza la mía…, es que estoy con mil cosas. El Cuervo… ¿no es verdad?