A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 33

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—Vamos, una más compañero —pidió Garrido—. Una más y me olvido de todas tus llegadas tarde.

El entrenador acompañó el movimiento de la barra. Javier completó con éxito la última serie de quince repeticiones de press de banca.

—¿Quién lo hubiera dicho hace unos años cuando apareciste en la puerta hecho una pena.

Javier se sentó en el banco con las piernas para el costado.

—Nunca voy a poder agradecerles lo suficiente —dijo por fin, una vez que se hubo recuperado del esfuerzo—, tanto a usted como a César.

—No tienes nada que agradecer, chaval —el entrenador apoyó con afecto su mano sobre el hombro derecho del muchacho—. Al contrario, nosotros seremos los agradecidos, porque cuando todo haya terminado, como premio a tu empeño, a tu dedicación y valor el Garrido boxing club aparecerá en el mapa de todo el mundo.

—Le juro que voy a ganar entrenador.

—No hace falta que me jures nada —sonrió Garrido—, con que ganes es suficiente.

Javier también se permitió sonreír y ese temible gesto con el que la vida lo había acostumbrado a transitar los días se diluyó por un momento.

—Ahora a la ducha y después seguro que ya tienes planes con mi sobrina, pero nada más que besos y poco más hasta la pelea.

—Por ese tema ni se preocupe—explicó Javier —. Ella es mucho más severa que usted en cuanto a respetar el entrenamiento.

El boxeador cansado caminó unos pasos y se detuvo en seco como si una fuerza sobrenatural lo hubiera pegado al piso.

—¿Qué pasó, otra vez no trajiste toallas? —preguntó con sorna Garrido.

—Entrenador tenga cuidado con el tipo ese que vino más temprano.

—¿Qué tipo? —se interesó el malogrado boxeador acercándose a su discípulo más prometedor.

—El gordo de los bigotes…

—¿Acaso lo conoces?

—Me ducho y le cuento mientras comemos algo ¿Le parece?

—¿Y María Elena?

—La llamo a donde está trabajando y le aviso —respondió Javier—. Ella entenderá, ella siempre me entiende.

—No te preocupés pibe —dijo la mujer de labios rojos que fumaba con una larga y delgada boquilla, con un marcado acento del Río de la Plata que Javier había escuchado en las películas que a veces veía con su abuela—, nos va a venir de diez alguien que nos ayude con la limpieza y de paso no tendrá que hacer gastos ni en techo ni mucho menos en comida.

—Es que yo no quiero que nos separemos —musitó la jovencita de baja estatura, con la piel y el pelo lacio del color de la noche, con los ojos rasgados que recordaban a las esmeraldas.

—Te prometo que será por poco tiempo prima —aseguró Javier—, hasta que pueda conseguir algún trabajo y podamos estar juntos los dos para siempre como quería la abuela.

Carmen lo abrazó por largo rato.

—Bueno, bueno che —dijo la mujer agarrando con fuerza el brazo de la muchacha— ya esta bueno de tantas despedidas que adentro hay mucho que hacer.

En los seis meses que siguieron quien iba a descubrir un futuro destilando al extremo la técnica del: jab, el uppercut y el cross, abrió puertas de taxis, descargó camiones en el mercado, lavó veredas, paseó jaurías enteras, apiló ladrillos hasta que le sangraron las manos; sin dejar de aceptar en silencio: los gritos, los insultos y las patadas que el patrón de turno ofrecía con el claro objetivo de hacer valer el gasto de las escasas monedas con las que cada semana premiaba su mudo e incansable esfuerzo.

—Tu prima no te puede atender —dijo con su marcado acento del Río de la Plata la mujer de labios rojos que fumaba con una larga y delgada boquilla desde detrás de la barra, elevando el tono por encima de la música que llenaba el local con voz de mujer—, está con un cliente.

—¿Con un cliente? —repitió el muchacho volviendo en pregunta la frase.

«Ven a mis brazos y olvidalo todo, ven por favor, no te das cuenta que yo sin tu amor no puedo vivir. Yo trataré de hacerte feliz y olvidar.»

Cantaba Eva Ayllón para acompañar a las chicas que convivían en un ecosistema con el aroma de la noche que se empeñaba en no reconocer que a pocos pasos, las calles se derretían bajo la furia del impiadoso sol del mediodía.

—Así es pichón —comentó la mujer con los codos apoyados sobre el mostrador mientras movía el índice izquierdo buscando que Javier acortara la distancia que los separaba—. Ya no es más Carmen, Carmen se fue, se murió —dijo entre grandes nubes de humo que hicieron toser al chico y una risa tan poco creíble como sus enormes pestañas—. La bautizamos Helena y está siendo todo un suceso en la casa.

La escena que se desarrolló a continuación no pudo haber durado más de diez minutos aunque Javier la padeció con la lentitud de algo tan interminable como los mismos cuatrocientos veintiséis kilómetros que los trajeron hasta la capital con los pocos ahorros que les heredara su abuela y una dirección escrita en un papel por las manos engrasadas de Aurelio, el carnicero gordo que hacia malabares con sus tres o cuatro pelos buscando cubrir una calva que ganaba terreno un día sí y el siguiente también, y que siempre se deshacía en sonrisas para Carmen clavándole los ojos negros, bizcos y pequeños.

El hotel se llama San José, seguro que necesitan a alguien como Carmencita —les había dicho Aurelio, el gordo carnicero, la tarde misma en la que los primos volvieron del cementerio para encontrarse solos en un mundo en el que ya nadie volvería a contarles historias antes de dormir—. Cada tanto cuando voy a Lima paso y saludo a los amigos del lugar —relataba sin dejar de mirar a la muchacha—. Pregunten por Malena Soriano, díganles que los manda Aurelio, el carnicero de Huancavelica, seguro que se acuerda de mí enseguida.

Dicho esto el gordo hundió la mano en el bolsillo derecho del pantalón hasta que un billete que se había preocupado en doblar varias veces sobre si mismo apareció en la punta de sus dedos.

—Tomen esto —dijo extendiendo la mano en dirección al muchacho—, les va a hacer falta.

—Gracias, pero no podemos aceptarlo —respondió Javier.

—Pero por favor no me hagan cumplidos —sonrió el gordo Aurelio—, cuando vaya a visitarlos a la capital me lo devuelven, ya encontraremos la manera ¿no es así Carmencita?

La muchacha dejó escapar un escuálido sí antes de bajar la vista buscando el piso de tierra de la casa en donde habían nacido y en la que habían visto morir a la familia hasta que sólo ellos ocuparon los espacios de la desvencijada mesa con la abuela siempre feliz en la cabecera.

Javier gritaba el nombre de su prima y alcanzó a llegar hasta el pasillo que conectaba con las habitaciones, pero los gigantes que aparecieron: ambos con las cabezas enormes y rapadas que daban la impresión de no necesitar de un cuello y estar pegadas en medio de los enormes hombros lo levantaron uno de cada lado agarrándolo por las axilas para arrastrarlo por unas escaleras angostas cuyos escalones se quejaban después de cada pisada, hasta un pequeño cuarto en el segundo piso que apestaba a querosén y dos o tres olores más que el aterrado muchacho —quien no dejaba de aullar clemencia—, no consiguió identificar.

Allí, con un foco sucio y desnudo que colgaba del techo como testigo privilegiado lo golpearon con la misma furia con que Javier un tiempo después —y siempre recordando este episodio— castigaría la bolsa en el Garrido boxing club.

—Así que este es el famoso primo de la Helenita —dijo un tipo alto de espeso cabello negro con un enorme bigote y una barriga de experto bebedor de cerveza que acababa de entrar unos segundos antes de que Javier perdiera la conciencia.