A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 34

  •  
  •  
  •  
  • 53
  •  
  •  
    53
    Shares

—Se ve que era grande el camión que te pasó por encima, chaval —comentó Mario Garrido.

—Hasta donde me acuerdo fueron dos, señor —respondió el muchacho—. Y sí, eran grandes.

—Se llama Javier —dijo María Elena fungiendo como presentadora oficial—. Nos encontramos a unas cuadras, justo buscaba el gimnasio.

Javier Palomino había llegado hasta el Garrido boxing club siguiendo el rastro que le marcara un panfleto en donde dos siluetas intercambiaban golpes.

Nada conocía, en el momento en que dobló por la mitad el cuadrado de papel de color amarillo con letras negras que había tomado del mostrador de la farmacia, sobre John Graham Chambers y aquel a quien llamaron el Marqués de Queensberry, John Sholto Douglas.

En sus noches de desvelos; noches, convertidas en pesadillas —en los raros lapsos en los que el sueño lo vencía—, sobre el gastado colchón que el patrón había accedido a acomodar en la piecita del fondo, no tanto por sus buenos sentimientos como por la posibilidad de descontar cinco soles cada mes del sueldo del muchacho; sólo alcanzaba a ver a su abuela que con un gesto severo lo reprendía por haber abandonado a Carmen.

—¿Puedo ayudarte? —ofreció la muchacha de enormes ojos turquesa.

—La verdad que sí —aceptó Javier, bajándose la capucha de su campera bordó—. Estoy bastante perdido.

María Elena había aparecido como por arte de magia cargando una bolsa con papas, cebollas, un paquete hecho con papel de diario, que sin duda envolvía huevos, y otra de la que sobresalían largas piezas de pan junto a una botella de vino; al lado de la bicicleta de reparto que ahora se desplazaba lento siguiendo los erráticos pasos de su jinete dedicado a encontrar una dirección indicada con letras negras en un pedazo de papel cuadrado de color amarillo.

—Estoy buscando este lugar —dijo Javier deteniéndose y mostrando la publicidad que la muchacha conocía tan bien.

—Te acompaño —volvió a ofrecer María Elena—. Queda a pocas cuadras, es el gimnasio de mi tío.

—Muchas gracias. ¿Te ayudo con las bolsas?

—Está bien, puedo sola —declaró la siempre independiente hija del Cuervo Rojas—. Además, se te complicaría con la bicicleta y ya bastante peso cargas con el bolso ese en la espalda.

Javier le contó que trabajaba como repartidor de una farmacia.

Durante unos cinco minutos caminaron en silencio.

La chica no preguntó por el estado de la cara de su nuevo amigo y Javier pretendió no escuchar las bocinas —unas en fa y otras en si bemol, según le había enseñado una simpática y anciana profesora de piano que cada semana ponía en su mano dos soles como propina por haber llevado sus medicamentos—, que saludaban la exuberancia de quien lo acompañaba.

En las pocas cuadras que compartieron Javier no pudo dejar de imaginar a la madre que recibiría los comestibles y hasta llegó a disfrutar con el sabor de la comida casera. En su mente se dibujó una larga mesa cubierta con un mantel a cuadros rojos y blancos; que protegía una enorme mesa alrededor de la cual la numerosa, alegre y siempre unida familia de la chica que ahora compartía sus pasos se encontraba cada día.

Añoró los tiempos en los que Carmen y él se acomodaban codo a codo para formar parte también de numerosos, alegres y siempre unidos almuerzos y cenas.

—¡Cuidado! ¡El semáforo está en rojo!— Le advirtió María Elena sujetándolo del brazo

—¿Qué te pasa sos daltónico, infeliz? —gritó sacando la cabeza por la ventanilla el acompañante de un repartidor de bebidas que un segundo antes había hecho rugir la bocina de su camión.

Se miraron primero con cara de susto hasta que la risa los desbordó.

—Así que te interesa convertirte en boxeador —dijo Mario Garrido.

Entrevistador y entrevistado, se habían quedado solos en la oficina. La misma en la que en un par de años el entrenador dejaría caer su pesado puño apretado sobre el vidrio que protegía la labrada tapa de madera del escritorio como una forma de descargar la impotencia que le provocaba saber que tanto trabajo podía quedar desecho por la ambición de un advenedizo.

—No sé si convertirme en boxeador —reconoció Javier—, preciso aprender a defenderme —apuntó con los dedos índice a su destruía cara.

—Me parece un buen comienzo —comentó el entrenador.

No hubo necesidad de gastar más palabras para que ambos supieran que se llevarían bien.

La puerta se abrió.

—El almuerzo estará listo en un rato —anunció María Elena— ¿Te quedas a comer con nosotros? —invitó la muchacha con sus brillantes ojos fijos en un titubeante Javier.

—Bueno, no sé…

—Claro que se queda —terminó la frase Mario Garrido—, donde comen tres, comen cuatro.