A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 35

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—Hay que joderse, qué lo parió —dijo Malena Soriano no con poca ironía en cada palabra—. Así que ustedes, par de giles —dedicó una mirada lenta y escrutadora a quienes tenía enfrente y antes de volver a hablar apoyó los codos sobre el mostrador cruzando los dedos de las manos con los pulgares debajo del mentón—, han venido a llevarse a la Helenita.

Llenó el espacio con una risa tan espontánea que los clientes se giraron más curiosos que de costumbre.

Los amigos habían decidido visitar el San José como muestra del respeto y afecto que ambos le profesaban a Javier. Se aceptaban como perros viejos por lo que prometieron regresar triunfantes de la faena que enfrentarían.

—Sigue entrenando chaval—Le había dicho Mario—. Sigue entrenando, enfócate en lo que tenemos por delante, que todo lo demás lo arreglaremos nosotros.

Una vez que Mario Garrido hubo pronunciado el salvoconducto que le proporcionara su pupilo, entraron a un espacio sumido en la penumbra que con habilidad quebraban unos veladores dispersos cada tanto y cuyas tulipas blancas se teñían unas veces de rojo, otras de azul, según la lamparita que les hubiera tocado en suerte.

Conocedores del aspecto de Malena Soriano por boca de Javier y sabiendo además, que en muy contadas ocasiones abandonaba su puesto de vigía detrás de la barra, los amigos fueron en esa dirección sin dudar.

César Enrique Rojas vestía en la manera habitual que adoptara para su nueva vida y el entrenador había cambiado sus acostumbradas prendas deportivas por un traje gris oscuro, al que acompañaban una camisa blanca lisa y una corbata negra.

—Hay que joderse, qué lo parió —repitió la mujer.

—Si el asunto es el dinero —comentó Rojas al mismo tiempo en el que Malena se secaba con delicadeza las lágrimas, de la risa, con un pañuelo blanco que dejaba ver la M y la S bordadas en una esquina—, venimos preparados para hacerle una oferta…

—Qué oferta ni qué carajo —gritó la mujer—. La Helenita firmó un contrato y lo va a respetar.

—Vea mi buena señora —dijo Garrido con toda la galantería de la que pudo echar mano—, sabemos de buena fuente que la muchacha no está a gusto aquí…

—¿Y a mí qué mierda me importa? —Lo interrumpió la mujer.

En ese momento una lámpara similar a las que había desparramadas por doquier, aunque un poco más pequeña, encendió la luz roja que descansaba bajo su tulipa. Malena levantó el tubo del teléfono negro con un incongruente disco blanco rodeado de números que tenía a su derecha:

—Lo escucho.

Las mismas dos palabras que un rato antes pronunciara el entrenador de boxeo deben haber llegado hasta sus oídos porque después de colgar el teléfono la mujer oprimió uno de los tres botones, el negro, que había en un tablero de madera justo debajo del estante en donde se ubicaba un moderno equipo de música con bandeja gira discos y doble casetera.

—¡Hacé lo que te estoy ordenando! —aulló una voz borracha desde las penumbras del fondo del salón.

La voz de Camilo Sesto se elevó desde los parlantes que se distribuían llenando hasta el último rincón con música, la cual también podía disfrutarse en las habitaciones si el cliente así lo deseaba.

«Y ya no puedo más, ya no puedo más. Siempre se repite esta misma historia. Ya no puedo más, ya no puedo más. Estoy harto de rodar como una noria.»

Se quejaba el cantautor alicantino en el momento en el que hizo su ingreso Teodoro Ayala, metro ochenta de estatura, pelirrojo, siempre delgado y vistiendo a lo Tony Manero.

Caminó dos pasos en dirección al mostrador, observó a los hombres elegantes que daban la impresión de estar conversando lo más animados con Malena.

Reconoció en el menos corpulento, el que usaba traje negro, al mismo hombre que tiempo atrás le había comprado un 38 Smith & Wesson Special.

El Fideo con Tuco se ufanaba siempre de ese sexto sentido que le permitía conocer a una persona con haberla tratado aunque tan sólo fuera por dos minutos y el tipo decidido que había elegido sin titubeos el revólver, no se ajustaba en lo absoluto a la clase de especímenes que mendigaban una caricia en el San José.

—¡Eh, Fideo con Tuco —gritó la misma voz borracha al reconocerlo—, me imagino que me estás buscando a mí: tu vendedor estrella!

Teodoro Ayala paseó la mirada de izquierda a derecha hasta dar con la voz que lo reclamaba, no era otro más que El Mentira, un vendedor de poca monta que se había ganado el mote además, de por la escasa distancia que separaba el suelo de su cabeza; por ser un hábil contador de anécdotas poco creíbles que lo tenían siempre como victorioso protagonista.

Mucho habían cambiado las cosas desde aquella tarde en que él junto a sus amigos medio borrachos, entraron de a uno, con la cabeza gacha para esquivar la vergüenza y una mujer, con sus labios rojos hasta lo imposible que fumaba con una larga y delgada boquilla, los recibió —con un marcado acento del Río de la Plata como escapada de las letras de un tango— obligándoles a comprar bebidas que les quemaron la garganta y les revolvieron el estomago.

Así como Juanjo Samudio había vuelto sin confesarles a sus amigos, entre los que se encontraba el hermano de su novia, su descubrimiento del amor a primera vista y su certeza de que se trataba de algo tan real como lo serían después las balas, la sangre y la muerte que debería enfrentar en la selva; así también entró por segunda vez Teodoro Ayala al célebre lupanar.

—¿Así que vos querés ir a una de las piezas conmigo?

Malena Soriano dejó escapar su característica risa.

—Sí, por qué ¿no se puede? —preguntó el muchacho sin amedrentarse—. Plata tengo —sacó del bolsillo del pantalón un montón de billetes bien acomodados en un fajo.

—Rajá de acá pendejo pelotudo.

—¿A usted le parece que esa es una respuesta adecuada a mi pregunta? —exclamó el Fideo con Tuco después de haber regresado el dinero al bolsillo— ¿Acaso no es ese su trabajo?

La mujer volvió a reír.

—¿Sabés una cosa coloradito? Me caés bien después de todo —dijo la mujer poniéndose en punta de pie y estampando en la mejilla del muchacho la roja señal de sus labios—. Parece que tenés claro lo que querés y eso no es poco.

Durante los días que siguieron Teodoro no faltó una sola de las noches. Se ubicaba en la mesa que tenía más cerca de la barra y pedía una cerveza y otra y otra más. Los ojos siempre fijos en la mujer de labios rojos hasta lo imposible que fumaba con una larga y delgada boquilla.

—Sabés una cosa coloradito, ya me cansaste —anunció la mujer argentina, la vigésima noche antes de agarrarlo de la mano para perderse juntos en el pasillo que daba a las habitaciones.

Cuando poco más de un año después los dueños del prostíbulo, —una familia japonesa que por un lado añoraba cada día un poco más a su Yokohama natal y, por el otro estaba harta de lidiar con la policía, los jueces y los más encumbrados del poder político de turno—, decidieron convertir en efectivo todos sus negocios, Malena Soriano supo que ese era su momento.

—No te das cuenta coloradito —dijo tirada en la cama al lado de Teodoro, sin dejar de mirar como el humo de su Benson & Hedges llegaba hasta el cielo raso—, esto está todo armado y funciona solo. Es mi oportunidad para pasar, de una buena puta vez, al frente.

El Fideo con Tuco escuchaba las argumentaciones de la mujer con la misma atención que le estaba prestando a la lluvia que golpeaba las ventanas. Ella necesitaba dinero, él podía dárselo, a eso se resumía todo.

Los gritos desde el fondo trajeron de regreso al presente a Teodoro Ayala, quien instintivamente se llevó la mano a la culata que ocultaba bajo la axila izquierda.

Los dos amigos tomaron buena nota del gesto.

—¿A dónde carajo te crees que vas reventada? —vociferó para que no quedara nadie sin oírlo el Mentira— A mí me vas a respetar o es que acaso no sabes quién soy.

El desaforado discurso terminó con una cachetada que desparramó a la chica sobre el piso ajedrezado de baldosas.

Ahora le tocó el turno al botón rojo. Unos segundos más tarde los dos guardianes de cabezas enormes y rapadas que daban la impresión de no necesitar de un cuello y estar pegadas en medio de los enormes hombros irrumpieron, sin saber que caminaban hacían el inicio de una batalla.

—Nos gustaría poder estudiar ese contrato del que habla señora —solicitó César Enrique Rojas.

—Como verán —Malena soriano estiró un brazo en dirección al tumulto y a los gigantes rapados—, no tengo tiempo para perder en sus boludeces y además, como también podrán ver —agregó ahora indicando las diminutas mesas en donde algunos hombres fumaban, otros disfrutaban del Whisky o el coñac— la Helenita no sólo está ocupaba si no que tiene bastante laburo todavía por terminar.

La propietaria dando por zanjado el asunto descolgó otra vez el tubo y marcó un número.

En un movimiento rápido el Cuervo cobró vida. Agarró con fuerza un buen puñado de los cabellos castaños con reflejos rubios de la mujer y estampó la cara sobre el mostrador dos veces en un segundo.

—Soltá, la re mil puta madre que te parió —exigió, sin éxito, Malena.

Como una prolongación de la mano apareció la ancha, afilada y experta hoja de un cuchillo, que fue a posarse debajo del bonito collar que lucía Malena Soriano.

—Hacé que traigan a Helena porque te rebano el pescuezo, puta de mierda.