A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 36

  •  
  •  
  •  
  • 48
  •  
  •  
    48
    Shares

—Sacale las manos de encima, infeliz —sugirió con total tranquilidad Teodoro Ayala, quien había desenfundado el Llama Martial calibre 38 que lo acompañaba desde que tomara la decisión de cruzar a la vereda de enfrente de la legalidad.

El Cuervo, con la tranquilidad de saber que su amigo estaría en ese instante apuntando a la frente del pelirrojo con la temible 357 Magnun, que hasta esa tarde nunca abandonara el estuche original con que El Español la comprara, volvió a tirar del cabello de Malena que chorreando sangre por la nariz no dejaba de acordarse de todos y cada uno de sus antepasados.

Cuando consiguió que estuviera otra vez de pie, la empujó con furia hacía atrás y en el mismo momento en que varias botellas —que ajenas a todo— se estrellaban contra el piso, saltó hacia el otro lado y usándola como escudo dejó que la hoja de su cuchillo encontrara por segunda vez el largo y hermoso cuello de la propietaria.

Los hombres —que buscaban calmar sus ansias entre las piernas de alguna mujer, no importaba cuál—, se levantaron despacio procurando en lo posible ni siquiera respirar y con esa misma lentitud alcanzaron la puerta de salida; no poco agradecidos de que los recibiera un picaporte y no tuvieran que valerse de la cerradura eléctrica para ser libres.

El último en conseguir la libertad, un barrigón de piernas largas y flacas, que usaba unos gruesos anteojos negros de carey dejó la puerta entre abierta antes de alejarse a paso firme más que arrepentido de haber rumbeado hacia el San José como una forma distinta de festejar el número redondo que alcanzara su edad el día anterior.

—Todo esto es por tu culpa asquerosa —gritó El Mentira con la voz borracha antes de patear con toda la violencia de la que fue capaz a la jovencita que permanecía de cara a las baldosas blancas y negras—. Mirá todo el desastre que armaste…

«Vivir así es morir de amor, y por amor tengo el alma herida. Por amor no quiero más vida que su vida. Melancolía.»

Confesaba Camilo Sesto desde los parlantes cuando uno de los dos gigantes rapados hizo girar al Mentira agarrándolo del hombro con fuerza y sin darle tiempo a nada lo golpeó, con la certeza que da la repetición incansable, en la nariz.

Ninguno del resto de los participantes en la escena, todos compenetrados con su rol, se inmutaron por los gritos del petiso quien después de doblarse a causa del dolor recibió un rodillazo entre las piernas y un tercer golpe que lo obligaría a besar las baldosas que convertían a hombres y mujeres que las pisaban en las piezas de un juego.

—Baja el arma, chaval —propuso Mario Garrido sin dejar de tener en la mira en ningún momento al Fideo con Tuco.

—No bajo una mierda.

—¡Váyanse de acá! —ordenó Malena Soriano cuando un grupo de mujeres aparecieron en el pasillo que conectaba el salón principal con las habitaciones y la escalera a los otros pisos— quédense en las piezas. Esto no es un problema suyo.

—Pero mío sí.

La voz de Carmen llegó un segundo antes que su cuerpo.

Ningún hombre que la tuviese cerca y, menos aun si solo disimulaba su absoluta y despreocupada desnudez con una bata corta de seda roja con encaje negro que no cumplía el cometido de privar a nadie del esplendor de su figura, hubiera quedado indiferente.

—Me cago en la leche —dijo Garrido, sin poder reprimirse—, si Cristóbal Colón te viese diría: «Santa María, qué pinta tiene esa niña».

La ocurrencia del Español con el agregado de la sonrisa de Carmen hicieron que Rojas relajara el puñal por un segundo o tal vez dos. Malena no necesitó más: enterró el taco aguja de diez centímetros en el lustrado y negro zapato izquierdo del Cuervo y giró en redondo, el golpe que asestó a Rojas con la mano abierta, no fue de los mejores, pero le proporcionó un blanco a Teodoro que no desaprovechó.

—¿Sos loco o nada más gilipollas? —rugió El Español.

La munición que escupiera el revólver del Fideo con Tuco terminó con la vida del equipo de música por lo que Camilo Sesto ya no pudo seguir acompañando a los presentes en la habitación.

Los gigantes rapados corrieron a reunirse con los demás y por un breve momento intentaron atacar uno a Garrido y su álter ego buscó medirse con Rojas.

Los poco más de ocho gramos del proyectil de la 357 encontraron el hombro derecho del primero de los mastodontes y lo detuvieron en seco. El Cuervo saltó con facilidad la barra y como lo haría tiempo después contra Juanjo Samudio blandió el cuchillo, en cuya impaciente hoja rebotaban los colores que dejaban escapar las lámparas; invitando al otro a la pelea.

Teodoro Ayala aceptó la desventaja y llevando en cámara lenta el arma al suelo la pateó en dirección del Español.

—Muy bien, chaval —comentó con sorna Garrido— por fin usaste lo que tienes sobre los hombros.

Carmen descubrió a Pilar a quien todos llamaban Jessica y corrió en su ayuda. El Mentira aprovechó el revuelo para tambalearse camino de la salida y la libertad. Al pasar cerca de Ayala dejó escapar un:

—Después nos vemos Fideo, espero que no sea nada.

—De alguna manera tenemos que arreglar esto.

César Enrique Rojas, El Cuervo, pronunció estas palabras con la guardia en alto.

—Nosotros no nos vamos, sin llevarnos a la muchacha —sentenció.

—Me parece que a la muchacha me la voy a llevar yo.

A nadie le resultó desconocida la voz que acababa de apoderarse de la escena. Todos, sin excepción, la asociaron de inmediato con un mayor de la Guardia Civil, un personaje alto de espeso cabello negro que compartía algunas canas con el tupido bigote y llevaba con soltura un abultado abdomen.