A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 37

  •  
  •  
  •  
  • 49
  •  
  •  
    49
    Shares

—Tendrán que pasar muchas noches —dijo la voz exaltada tras el micrófono— para que este veterano comentarista vuelva a vivir, con la ropa puesta, una experiencia como la que nos ha ofrecido la pelea de fondo, esta noche, hoy, aquí en el Coliseo Amauta.

Unos minutos antes, micrófono en mano el relator hacia partícipe, a voz en grito, de cómo el árbitro se había visto obligado a bajar del cuadrilátero con el objeto de realizar la cuenta hasta diez que le exigía su profesionalismo.

—Señoras y señores, damas y caballeros —siguió diciendo el hombre encargado de describir con palabras la escena para todas aquellas personas que no habían tenido la fortuna de estar presentes allí, en ese momento histórico para el boxeo del Perú—, lo que parecía ser un combate con sabor a nada entre los representantes de dos gimnasios locales, el primero cuyo timón está a cargo  del célebre y nunca olvidado: el expreso de Chincha y su rival regenteado por, un hasta hoy ignoto entrenador, Mario Garrido, se convirtió según se iban sumando los asaltos en una lucha de gladiadores hasta que en el cuarto, sí oyeron bien señoras y señores, damas y caballeros —repitió la voz enfatizando cada palabra—, en el cuarto asalto Javier «El hacha» Palomino dijo basta asestando un mortífero, último y definitivo uppercut de izquierda…

La voz tomó aire en una pausa breve que para muchos oyentes duró lo mismo que el diluvio universal, aunque para el enfurecido conductor que desobedeció la orden roja del semáforo hundiendo el pie derecho en el acelerador de un Peugeot 504 blanco, de la misma forma en que lo hiciera un par de meses atrás cuando se había dedicado a ser la sombra de una mujer joven con el cabello castaño claro largo hasta la cintura; la interrupción le dio el tiempo exacto para por poco gritar:

—Estos hijos de cien mil putas no saben quién es Pedro Barrios Montoya.

—…O tal vez sería más apropiado decir señoras y señores, damas y caballeros un hachazo de izquierda que hizo que la esperanza del gimnasio Mauro Mina saliera despedido del ring para ser atajado por el público y obligar al ilustre y no menos célebre don Ismael Echevarría a bajar e iniciar una cuenta que bien podría haber llegado de haberlo querido el árbitro hasta mil o quien sabe hasta cuándo.

—Esto lo podemos solucionar en un pestañeo—dijo el obeso mayor de la Guardia Civil, un personaje alto de espeso cabello negro que compartía algunas canas con el tupido bigote.

Los involucrados habían abandonado el San José, que de a poco, y con el total desconocimiento de lo que había ocurrido por parte de los nuevos inquilinos de besos de alquiler, se recuperaba para tener una noche, dentro de todo digna de sus estándares.

El grupo que ocupaba la mesa sobre la vereda de la pizzería que debía al menos el sesenta por ciento de sus ingresos diarios a los famélicos expulsados de las camas turbulentas en la esquina de Bauzate y Meza y Pisagua no daba en lo absoluto una imagen de beligerancia. Cualquiera que pasara por allí y sin duda se detuviera a contemplar la belleza de la única mujer sentada con tres hombres que vestían trajes elegantes, podría confundirlos con amigos que, después de un largo día de trabajo en la oficina, han decidido salir a cenar.

Ante la atenta mirada de todos Barrios Montoya desplegó su estrategia. La cual iba a desembocar en que el enorme y pesado puño apretado de Mario Garrido golpeara con fuerza sobre el vidrio que protegía la labrada tapa de madera del escritorio que junto con un archivero y dos sillas, además de la que él ocupaba, constituían todo el mobiliario de la oficina que gobernaba el proyecto de su vida: El Garrido boxing club.

—Es un asunto más que complicado —sentenció Mario cuando el lunes siguiente de las elecciones y ahora mucho más calmo, comunicó la noticia a su pupilo.

—Ese hijo de puta no nos va a dejar nunca en paz —dijo Javier recordando que no fue otro más que Barrios Montoya quien hizo posible que lo usaran como bolsa de entrenamiento—. ¿Usted que dice Mario, me tiro nomás en el cuarto?

—Por un lado, no puedo aconsejarte eso —dijo incorporándose para salir de detrás del escritorio que ahora lucia una fisura en el vidrio que servía para defender a la labrada tapa de madera—, pero por el otro hablamos del futuro de tu prima…

—Y entonces —lo interrumpió Javier.

—Te propongo que hagamos esto —dijo sin dejar de caminar de un lado a otro por el breve espacio que ofrecía la oficina—. Por tu lado no bajes los brazos y entrénate como si no hubiera un mañana…

—Como le aconsejó Apollo a Rocky en la tres —comentó Javier—, eso me gusta.

—Exacto, chaval.

—¿Y Carmen?

—Ahora llego a Carmen.

Garrido recuperó su sitio detrás del escritorio y apoyó los codos sobre el mueble antes de hablar.

—Mira chaval, no cabe duda que para esta gentuza mal que nos pese, tu prima representa una inversión y al parecer lo que obtendría Barrios Montoya con las apuestas en tu contra representa mucho más.

Javier lo miraba y escuchaba con la misma atención que había puesto a cada una de las palabras del Español desde el primer día en el que llegara acompañado por María Elena.

—Por las averiguaciones que hemos podido llevar adelante —usando el plural incluía en el asunto al Cuervo y eso sin duda tranquilizaba al muchacho— con la administración de la Soriano las cosas han cambiado bastante…

—No me va a decir ahora que ya no es una casa de putas.

—En resumidas cuentas sí, pero las muchachas no están allí en contra de su voluntad.

El entrenador volvió a ponerse de pie y reanudó los breves paseos alrededor del exiguo espacio.

El estrépito de un grito que provenía del gimnasio detuvo los nerviosos pasos de Garrido e hizo crecer la impaciencia de Javier.

—Será posible atado de gilipollas.

El entrenador llegó en dos zancadas hasta el banco en donde un flaquito que daba la impresión de poder ser arrastrado hasta por el impulso de la más suave de las brisas quedara aprisionado con una barra que con tres discos de veinte kilogramos de cada lado le oprimía el pecho.

—Cuántas veces les tengo que decir que no entrenen sin el respaldo de un compañero.

Sin necesidad de recibir ayuda alguna el Español izó los ciento cuarenta kilos hasta el soporte.

—Y tú, niñato del demonio —gritó el entrenador bajando la cabeza consiguiendo así clavar sus ojos furiosos en los del muchacho que todavía en la misma posición no se había atrevido a intentar moverse—, en cuanto te hayas recuperado, desaparece de por vida de aquí.

—¡Eh! Mi amigo qué son esos gritos —reclamó una voz familiar desde el portón de entrada.

Esta vez vestido con el uniforme que lo identificaba como un oficial de alto rango de la Guardia Civil, el mayor Pedro Barrios Montoya caminó con paso ágil hasta donde se desarrollaba el conflicto.

—Si ha venido a buscar imbéciles —comentó con buen tono El Español—, aquí no me cabe duda que hallará varios para poder llevarse.

Tanto al jerarca como a sus subalternos les resultó divertida la ocurrencia del entrenador.

—Hoy no he venido con ese cometido —respondió todavía con risa en los labios el obeso de bigotes—, pero mañana quién sabe…

—A qué debemos entonces el honor de su visita —quiso saber sin preocuparse por disimular su antipatía Javier Palomino.

—Si no recuerdo mal tenemos un negocio pendiente —respondió el mayor con cara de piedra—. He venido, como ya podrán imaginarse, en busca de una respuesta.