A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 38

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—¿Decime, vos sos siempre así de pelotudo o estás terminando un curso acelerado?

La mano abierta sacudió la cara de la mujer como única respuesta. El certero e inesperado cachetazo hizo que se tambaleara hasta caer sentada sobre el piso de madera del departamento que había mandado edificar, al que se accedía por una recta escalera que bordeaba el costado e iba a desembocar en lo que alguna vez fuera una abandonada terraza que acumulaba objetos en desuso cubiertos de mierda de palomas en lo más alto del edificio que albergaba el negocio al que algunos identifican como el más antiguo del mundo.

Inmune a todos y cada uno de los insultos que recibía Pedro Barrios Montoya acortó la distancia con un par de pasos agiles.

—¿Con quién carajo te crees que estás hablando?

Descargó toda la rabia en una patada que obligaría a la mujer a llevar anteojos oscuros por varias semanas sin conseguir, de todas maneras, ocultar la inflamación y el color azul violáceo que le invadiría el lado izquierdo de la cara.

Malena Soriano lamentó haber rechazado la invitación a cenar que le hiciera Teodoro y lamentó mucho más todavía la excursión que organizara Carmen con todas las otras chicas a quienes por supuesto, se ofrecieron a escoltar los hermanos Pacheco Aguirre, —los gigantes con las cabezas enormes y rapadas que daban la impresión de no necesitar de un cuello y estar pegadas en medio de los anormales hombros— con destino al Coliseo Amauta y con la finalidad de alentar a Javier en la pelea.

La posibilidad de tener unas horas de soledad la sedujeron mucho más que cualquier exquisita comida que el mejor restaurante de Miraflores pudiera ofrecerle.

El plan incluía, entre otros placeres, recluirse con su radiograbador estéreo disfrutando de Stan Getz en compañía de João y Astrud Gilberto.

El agua a la temperatura justa la esperaba en la bañera.

Acomodó el balde con hielo en el que descansaba una botella de Champagne Bollinger Special Cuvee Brut sobre la pequeña mesa metálica con ruedas en la que Teodoro siempre le llevaba el desayuno cuando ella aceptaba —y lo hacía cada vez menos— compartir su cama la noche anterior.

Se desnudó sin apuro arrullada por los tímidos acordes de The Girl From Ipanema mientras cantaba bajito, primero a la par de la susurrante voz de João en un fonético, descarado portugués y un minuto más tarde, con la soltura que brinda la gracia de haber disfrutado hasta los doce años,—cuando todo se oscureció—, de la compañía y el infinito cariño de una abuela que sólo le hablaba en esa lengua, se plegó a los versos en inglés entonados con delicadeza por la mujer que según contaba la leyenda había ido al estudio de grabación en su rol de esposa del guitarrista y a instancias de este, Astrud cantó unas estrofas y gustó tanto su voz que, a pesar de no tener experiencia previa, grabó el disco que Malena había escuchado tantas y tantas veces.

El contraste entre la calidez del agua y el burbujeo helado de la bebida hizo que se olvidase, aunque sea por un momento, de esa vida de comercio ruin en la que no había tenido más remedio que sumergirse cuando veinticinco años antes llegara a Lima siendo una más de las niñas que habían sido cazadas, en su caso en la jungla de Buenos Aires, por las redes que buscaban presas con las que alimentar los burdeles del sur del mundo.

Hasta que su cuerpo se negó a florecer había estado a salvo.

Le asignaron el mantener limpias las habitaciones y los baños.

Con los sentidos siempre con la guardia alta, se concentró en absorber las reglas del juego hasta que llegara el momento de poder romper todas y cada una de ellas.

La primavera, que se había hecho esperar, llegó hasta ella dotándola de esas formas que despiertan en muchos hombres y no pocas mujeres, el hambre por las caricias y así, ya no se encontró arrodillada frente a un inodoro soportando los vapores de la lavandina, aunque tendrían que quedar atrás un buen puñado de mañanas y tardes con sus noches hasta que Malena consiguiera volver a estar de pie.

Acompañada por la música dedicada a Heloísa Eneida Menezes Paes Pinto quien con su forma de caminar hacía que el mundo entero se llenase de gracia y luego por esa canción que intentaba convencer a Doralice de la tontería que suponía amar a alguien, la botella se volvió un insignificante pedazo de vidrio.

Malena hundió la cabeza hasta quedar tapada por el agua que inundó los cerámicos de color beige del piso.

—Puede ser que no me dejen nunca en paz, la reputísima madre que los re parió a todos.

Gritó como si aquel que estaba haciendo que el teléfono repicara sin descanso pudiera oírla, mientras por su parte João afirmaba:

«Meu sabiá, meu violão e uma cruel desilusão. Foi tudo o que ficou, ficou pra machucar meu coração …»

—Hola ¿Quién habla? —preguntó desnuda y formando a sus pies un charco que debería secar rápido antes de que la perentoria voz del otro lado estuviese frente a ella.

Cuando, quince minutos más tarde, abrió la puerta vestía unos vaqueros cortados con tijera y una amplia remera del color de la yema del huevo. A las apuradas había cepillado su cabello para recogerlo en una cola de caballo.

Al recibir noticias de lo que el inoportuno visitante tenía en mente, no pudo menos —y siempre fiel a su estilo— que preguntar:

—¿Decime, vos sos siempre así de pelotudo o estás terminando un curso acelerado?