A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 39

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—¿No pudiste hacer las cosas como es debido? —preguntó el hombre que vestía pantalón, camisa y zapatos negros sin dejar de caminar de un lado para otro, igual que un maestro que va de aquí para allá al frente de su clase cuando despliega sus saberes— ¿No pudiste quedarte tranquilo y hacer el trabajo por el que cobras un suelto todos los meses?

Después de unos cuantos pasos, César Enrique Rojas, se detenía como si esperase que alguno de sus cuestionamientos cambiara de estado para dejar de ser retóricos.

—¿Acaso te costaba mucho andar derecho?

De haber estado consciente el interlocutor tal vez hubiera podido argumentar a su favor, pero todo el entrenamiento de Pedro Barrios Montoya no había podido contra el miedo convertido en furia y dolor de un hombre que alguna vez, —tantos años hacia el pasado, tantos que daba la sensación de ser otra vida, la de alguna otra persona—, había sido un hombre bueno, abatido y desesperado que no encontró más salida que la del delito.

—Estos hijos de cien mil putas no saben quién es Pedro Barrios Montoya—rugió hundiendo el pie derecho en el acelerador del Peugeot 504 blanco.

Cuando había visto salir volando del cuadrilátero los miles de soles apostados por el rival de Palomino, se levantó como si una bomba hubiese estallado debajo de su asiento.

No prestó atención a los festejos por la hazaña boxística que acababa de producirse y aprovechó el revuelo para colarse en los vestuarios a paso decidido.

Sabía que ella estaría allí y sabía además que el reloj no era su mejor aliado.

—¿Qué hace usted acá? —interrogó María Elena, conocedora de la calaña del imprevisto visitante.

Se puso de pie abandonando el banco de madera que la había recibido para que pudieran esperar juntos el resultado de la pelea.

Barrios Montoya no pronunció palabra, prefirió que el revólver que apareció en su mano hablara por él.

—¿Está loco? ¿Qué le pasa?

—Venga conmigo señorita —solicitó con toda la amabilidad que podía exhibir un hombre armado—. No haga que las cosas se salgan de control.

—No pienso ir a ningún lado —respondió la periodista con voz serena—, y le sugiero que se vaya antes de meterse en serios problemas.

La muchacha volvió a sentarse sin apartar la vista del mayor.

—Se lo pedí por las buenas, pero como usted prefiera.

Pedro Barrios Montoya se abalanzó sobre María Elena quien lo esquivó poniéndose de pie y saltando en la dirección opuesta a la de los casilleros metálicos que dividían en dos el recinto. El guardia civil mentó a la madre que la chica jamás conoció y fue a dar con la cara sobre el entrepiso áspero.

A pesar de haber quedado encajado debajo del largo y angosto banco de madera, se levantó en un segundo, con el tiempo justo para evitar que la hija del Cuervo, —el afligido padre que sin medir las consecuencias iba a rastrearlo hasta darle caza—, alcanzara el pasillo y pudiera pedir auxilio.

La puerta del vestuario no obedeció la orden impartida por el picaporte para dejar pasar a la muchacha, se encontraba demasiado hinchada y prefería moverse con lentitud. El policía se valió de la gruesa trenza de color castaño claro que llegaba hasta la cintura. Tiró de ella con la fuerza que regala la rabia. No se preocupó por el chillido femenino. María Elena cayó golpeando la cabeza contra el cemento.

Uno de los siempre brillantes zapatos, el izquierdo, del enorme personaje de espeso cabello negro que compartía algunas canas con el tupido bigote y llevaba con soltura un abultado abdomen encontró con facilidad el cuello de la muchacha y se apoyó sobré él buscando inmovilizarla.

Un ínfimo hilo de sangre que apareció, esparciéndose con paciencia sobre el suelo desde el costado derecho de la cabeza de María Elena, quien después de pestañear apretando los ojos como si buscara despertar de un mal sueño se desmayó, fue la prueba que decidió al policía a abandonar la tarea de presionar.

—Pero la puta madre que día de mierda que estoy teniendo —dijo pensando en voz alta.

Consultó su reloj.

Habían pasado cinco minutos. En cualquier momento Palomino y todo su sequito entre los que se encontraban El Cuervo y su amigo estarían allí. Revolvió los cajones de uno de los armarios metálicos hasta dar con las vendas que se emplean para las manos de los boxeadores y como pudo se las arregló para ponerle fin a la hemorragia que en pocos segundos tiñó también las telas blancas.

No podía demorarse limpiando la mancha. Alzó a la chica y al grito de permiso, permiso se ha desmayado; llegó hasta la calle. Agradeció la algarabía que lo convertía en uno más y rechazó un par de ofrecimientos de socorro.

—¡Eh!—gritó una voz a su espalda, la voz del Cuervo.

—No hay tiempo de esperar una ambulancia cabo —dijo al muchacho que tras reconocerlo se puso a sus órdenes— la llevo en mi auto. Ocúpese de detener al hombre del traje negro, él lastimó a la muchacha.

—Lo que ordene, mi mayor —por poco gritó el imberbe cabo antes de cuadrarse en vano porque Barrios Montoya ya no lo oía.

La visión de su hija en manos del policía, primero desconcertó al hasta ese momento eufórico padre y futuro suegro, pero un segundo más tarde activó todos los trucos que el Español le había enseñado para mantenerse vivo en sus años de cautiverio.

María Elena Rojas no cruzaría las puertas de un hospital, en su lugar ocuparía una camilla el imberbe cabo que sólo había cometido el error de recordar aquello que aprendiera sobre la verticalidad del mando.

—Deténgase, señor, por favor —solicitó el cabo cuando César Enrique Rojas, sorteando personas, llegó frente a él—. Va a tener que acompañarme.

—¿Dónde se llevó a mi hija?

Frente a la palabra hija el muchacho quedó tan desconcertado como pudiera estarlo alguien que al salir de su casa una mañana descubre que los semáforos de la esquina dan tres luces celestes.

—Señor, tengo órdenes de llevarlo al destacamento —informó el imberbe cabo con el tono más autoritario al que pudo apelar.

—Qué destacamento ni que mierda —dijo El Cuervo haciéndolo a un lado como si corriera una silla.

El muchacho trastabilló, se recuperó y lanzó un golpe que encontró la desprevenida cara de Rojas a la altura de la nariz.

Como iba a ocurrir en un futuro cercano cuando El Cuervo tuviera que aguantar los golpes y la pericia con el cuchillo de Juanjo Samudio, los que iban abandonando el coliseo junto con algunos paseantes aburridos formaron un círculo, pero el cabo no había tenido que sobrevivir en la selva y mucho menos conocía el olor de la sangre. Era un acomodador profesional de papeles, en el lugar equivocado y el momento correcto.

La pelea se movió hasta llegar al borde de la calle y un preciso golpe de derecha en el estomago hizo que el cabo fuera a dar de cara contra el asfalto en el preciso instante en que una camioneta VW azul, tipo furgón, buscaba hacer marcha atrás para volver en paz a casa, eso no iba a suceder.

El mayor Barrios Montoya podría haber hecho uso de la baliza y hasta de la sirena, pero descartó la posibilidad. Encendió la radio.

—Tendrán que pasar muchas noches —decía la voz exaltada que llenaba el auto por los cuatro parlantes— para que este veterano comentarista vuelva a vivir, con la ropa puesta, una experiencia como la que nos ha ofrecido la pelea de fondo, esta noche, hoy, aquí en el Coliseo Amauta.

Insultó con ganas a los responsables de su desdicha y al encontrar, por fin un teléfono público se detuvo dejando el auto en marcha y la puerta izquierda abierta.

Ninguno de sus laderos levantó el tubo del otro lado. Fue entonces, cuando pensó que Malena podría ayudarlo. De los breves días en que la argentina accediera a saciar sus apetitos sólo le quedaban, además de imborrables imágenes, las que muchas veces lo visitaban tanto en el sueño como en los desvelos, una serie de números que no demoró en marcar.

—Es que nadie va a atender los teléfonos…

El sonido del tono se interrumpió y volvió a intentarlo.

—Hola ¿Quién habla?

La voz de la mujer fue música para los desquiciados oídos del policía.

—Soy yo —dijo—. Esperame, voy para allá. Estoy en problemas.