A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 4

La mañana en la que Enrique Balbuena descubriría cómo era eso de que una bala te golpeara el cuerpo, detuvo el 404 frente a la casa de los Rinaldi.

La construcción se ajustaba con exactitud a las señas que recibiera para dar con ella.

Cumplía una promesa hecha a Aitana, su esposa, aunque la desagradable visita pendiente no lavaría la culpa de la injusta bofetada que pusiera en práctica.

El peón de taxi cuya meta diaria se centraba en superar una cuota mínima y así conseguir un estipendio digno para mantener a la familia, esperaba que el trámite fuera breve: pagar por el espejo dañado de la bicicleta, dar los buenos días y hasta luego. No contaba con que, a punto de bajar del Peugeot, apareciera en el sendero de piedras incrustado en medio del jardín que conectaba los escalones de acceso a la casa con la angosta vereda, el desagradable patriarca de la familia.

Dejó deslizar un poco los anteojos de sol y se concentró en la escena.

Rinaldi, desnudo excepto por la sunga amarilla, iba flanqueado por dos tipos robustos y trajeados, uno de marrón, el otro de gris. Ambos rubios con el cabello, bien a la moda, hasta los hombros.

El taxista se paró junto a la puerta del lado del conductor e hizo una seña levantando un poco la mano izquierda: un tímido y torpe saludo. El dueño de casa le clavó los ojos. Desde el otro lado de la calle, mientras el tráfico se ponía más y más denso, era imposible que Balbuena pudiese notar el terror en ellos.

Un Chevy 230 azul oscuro con una franja blanca ancha que lo atravesaba de punta a punta de manera longitudinal encendió el motor.

Balbuena dudó en si caminar o no los pocos pasos que separaban el taxi del reluciente Chevrolet, y decir, una vez frente al grupo, algo así como:

—Disculpame, necesito hablar con vos.

Eligió quedarse quieto como viendo una película, aunque desconocía como aquel que ingresa en la sala, ya oscura, con la proyección iniciada, que sería una de persecución y tiros.

Pensó en subir al taxi, poner primera, acelerar y así dar por terminado el asunto. Ya vería después qué le decía a Aitana.

En el momento exacto en el que Rinaldi era empujado dentro del Chevy la película se tornó en cámara lenta y los pocos segundos en los que todo se definió duraron una vida.

Los niños mojados y perseguidos por dos mujeres llegaron hasta la vereda.

—No se lleven a mi papá —suplicó el más alto—, por favor no se lo lleven.

El del traje marrón con un pie dentro del auto del lado del acompañante se giró para verlos. Levantó la pistola que antes se había incrustado en la piel del padre y gritó:

—¡Bang!

Giacomo y Donato no se movieron como si el alma se les hubiese vuelto de piedra. El alarido de las mujeres: un unísono imperfecto, fue todo lo que se oyó antes de la acelerada en fuga del Chevy azul oscuro con una franja blanca ancha que lo atravesaba de punta a punta de manera longitudinal.

El recuerdo de las palabras pronunciadas por Josecito marcaron los sucesos que vendrían.

—Y sí carajo —dijo—, a veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer.