A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 40

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—Quedate tranquila piba, todo va a salir bien.

Malena Soriano apretó la mano de su compañera de cautiverio.

Durante los años, —más de diez si el dolor de cabeza no le impedía hacer bien los cálculos—, en los que con el propósito de hacer que el negocio funcionara había tenido que: compartir la enorme cama, además de sin atrasarse un segundo pagar, en concepto de protección el quince por ciento de la recaudación obtenida; tanto ella como todas las chicas habían sido blanco de la furia del guardia civil.

Una noche de julio, Pedro Barrios Montoya, frustrado por la ausencia de la rigidez que necesitaba, salió del baño envuelto en la enorme y gruesa bata azul almirante que le rozaba los tobillos.

La argentina, todavía desnuda, se había sentado al borde de la cama y se distraía encendiendo un cigarrillo.

El cachetazo la tiró al suelo haciendo que golpeara la cabeza contra la mesa de luz.

—¿Pará, qué hacés? —alcanzó a preguntar la mujer antes de que la zurda de Barrios Montoya la obligara a pararse tirándole de los pelos hasta que el dolor le arrancó furiosas y gruesas lágrimas.

—La culpa es tuya —sentenció el policía.

El feroz golpe a quemarropa con el puño cerrado en el estomago, la hizo desparramarse de espalda sobre la cama revuelta. Sin ofrecer tregua alguna el gordo asió el tobillo izquierdo de Malena buscando arrastrarla otra vez a una posición que le resultara más apta para continuar el castigo.

La mujer no pudo contra la férrea voluntad de un ego humillado. Fue a dar contra las tablas lustradas del piso y entonces, lo vio.

—¡Ay! La puta que te parió. Hija de mil putas.

El grito y los insultos fueron la coda de la última vez, o al menos eso creyó la argentina, que el guardia civil iba a maltratarla.

Los movimientos bruscos habían provocado que el débil nudo del cinturón de la bata cediera para convertir la prenda más en una especie de capa que en cualquier otra cosa.

La mujer estiró la mano y en cuatro movimientos consiguió llevar a cabo su revancha.

El primero lo ocupó para hacerse con el encendedor que había caído apenas debajo de la cama, el siguiente fue para encender la llama y los dos últimos los utilizó para incorporarse levantando el tronco como si estuviera haciendo un ejercicio abdominal y llevar el calor justo debajo de los testículos de su ofuscado agresor.

Las dos mujeres incomunicadas, ya que el policía había tenido la precaución de llevarse allí a donde fuera el aparato telefónico color verde musgo, permanecían encerradas en el departamento.

Malena no se atrevió a ofrecer ninguna otra opinión y aceptó en silencio ver convertido su único espacio de paz y privacidad en un aguantadero.

Una vez que la hubo curado: sellando la herida detrás de la cabeza —tarea que fue de todo excepto sencilla debido al espeso y largo cabello de la muchacha—, valiéndose de La gotita, que ya usara repetidas veces en el pasado como reconstituyente de alguna de las chicas que no había podido o no había sabido salir indemne de las peticiones del cliente de turno, preparó café con leche.

—Tomate una de estas —sugirió Malena dejando al lado de la taza una pastilla blanca y redonda que tenía una ranura al medio como la cabeza de un tornillo—, te va a hacer bien, yo sé porque te lo digo.—Se señaló el lado izquierdo de la cara que de a poco iba dejando ver un oscuro moretón.

—Gracias.

María Elena probó el café, se quemó, lo sopló como lo hacía cuando se lo preparaba su abuela y unos minutos más tarde, ya había vaciado la mitad de la taza y dado cuenta del analgésico.

—No te puedo creer nena todo lo que me contás —comentó Malena Soriano después de enterarse de que la chica sentada frente a ella, no era otra que la novia de Javier Palomino y que los tipos que un tiempo atrás habían andado por el San José, no eran otros más que el padre y el tío postizo de María Elena.

—¿No es extraño que nadie note su ausencia, que nadie venga a buscarla? —preguntó la hija del Cuervo.

—Lo sería si no hubiera cometido el error de darles la noche libre a las chicas y pedirles que por nada del mundo me fueran a molestar cuando volvieran de la pelea.

María Elena pensó en Javier y se entristeció. Lamentaba que por su culpa se hubiera empañado su gran noche.

—Qué por tu culpa ni qué carajo —comentó Malena levantándose en dirección a la cocina—. Si hay algún culpable acá, no es otro que ese gordo inmundo.

El plan del mayor Barrios Montoya no tenía desperdicio, al menos no lo tenía en su cabeza.

Él había perdido una importante suma y si Rojas quería volver a abrazar a su hija tendría que pagarle el doble como rescate, tan claro y sencillo como sumar dos más dos.

El amanecer de un domingo limeño ajeno a la tormenta que los tres hombres buscaban atravesar ilesos, se dejó ver sin que tuvieran un rastro que los llevara a la hija, a la sobrina y a la novia.

Eran conscientes de que donde estuviese no la dañarían.

Los tres tenían claro que para Barrios Montoya, María Elena no era otra cosa más que algo que le sería útil para hacer un trueque.

Cansados de andar sin rumbo, cerca de las ocho de la mañana el Dodge polara RT se estacionó de mala manera sobre el puente de acceso al gimnasio. A ninguno le hizo falta abandonar el vehículo para comprobar que el portón había sido forzado. Los amigos echaron mano a las armas de fuego.

—Quedate acá— ordenó Garrido a su pupilo que hacía esfuerzos titánicos por no caer desmayado sobre el cómodo asiento de atrás.

El Cuervo empujó con fuerza una de las hojas del portón la cual dejó escapar el clásico sonido de lamento que prorrumpía cada vez que unas manos lo tocaban como si quisiera así hacer notar lo bueno que sería que alguien lubricara sus bisagras.

Los amigos apuntaron los revólveres con dirección a las penumbras.

Mario Garrido regresó al Dodge. Encendió las luces altas.

El río luminoso desembocaba en el centro del cuadrilátero. Allí, abandonado, lo mismo que un niño perdido en medio del bosque, los esperaba un teléfono verde musgo.

César Enrique Rojas se acercó a recoger el pedazo de papel, —uno de los panfletos amarillos en donde dos siluetas intercambiaban golpes, que servían como promoción del Garrido boxing club—, que había debajo del aparato.

Las luces del gimnasio se fueron prendiendo una a una parpadeando su fluorescencia como les gustaba hacerlo.

Escrito con la desprolijidad más atribuida a los médicos que a un policía el Cuervo pudo leer:

«Estén muy atentos al timbre del teléfono. Tendrán noticias mías.»