A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 41

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—¡Eh! ¿Qué te pasa, acaso estás con ganas de tirar la puerta?

Carmen sobresaltada por esa voz, que tantas veces le había susurrado al oído lo que debía hacer, se giró.

Pedro Barrios Montoya subía sin apuro los escalones. Su tono afable y la enorme sonrisa le daban el aspecto de un hombre feliz cuyas intenciones no iban más allá de poder disfrutar de un domingo apacible.

La chica de pueblo, a la que la vida había convertido en amante profesional, no pudo dejar de imaginarse cómo sería verlo rodar por la escalera y hasta sonrió en su interior al contemplarlo desnucado con la cabeza apenas apoyada sobre el primer escalón  con los ojos bien abiertos, todavía llenos de perplejidad y asombro.

Nada más tomaría impulso y con los brazos estirados y las palmas hacia adelante lo empujaría. Todo habría terminado.

La calle se encontraba tan desierta como podía esperarse para ese día en esas horas. El gordo llevaba ocupadas las manos cargando bolsas y le iba a resultar imposible aferrarse a las barandas.

—¡Eh Helenita, mi vida! ¿No me escuchas lo que te estoy diciendo?

El aliento a cigarrillo, tan cerca de su cara, sacó del ensueño a la muchacha quien sacudió la cabeza como si eso la ayudase a regresar al presente.

—Llamo y llamo, pero Malena no responde —explicó Carmen Palomino—. Como no atendía el teléfono, vine.

—Se debe haber quedado dormida —comentó el policía mientras apoyaba con cuidado una de las bolsas, de las que sobresalían entre varios paquetes: dos enormes botellas de Inca Kola, en el piso y se dedicaba a hurgar en el bolsillo derecho del pantalón.

—Anoche después de la pelea —siguió diciendo Barrios Montoya mientras mostraba un llavero que movió divertido haciendo que el manojo de llaves tintineara—, se me ocurrió venirme para acá…

—Ah, entonces debe haber cambiado de idea porque a nosotras nos dijo que quería estar sola y que no la molestásemos por nada del mundo.

El policía introdujo la llave en la cerradura con la seguridad de quien repite un acto mil veces antes realizado.

—Y sí, así fue la cosa nomás Helenita —se agachó para alcanzar la bolsa con las botellas—. La pasamos bárbaro, ni sé cuántas botellas de esas que le gustan nos terminamos. Ya sabés como soy yo.

—Me imagino, me imagino.

—Hasta que la jefa vuelva a estar en condiciones, quedás a cargo del negocio —dijo el gordo con el tono que emplean los buenos amigos— Ah y si pasa el Fideo con Tuco ni una palabra—la voz mutó a la complicidad divertida con cada silaba.

Carmen no daba crédito a lo que oía, pero después de todo qué tenía ella que meterse en la vida de nadie y mucho menos en la de Malena.

Empezó a bajar sin ni siquiera decir: hasta luego.

Un grito que pronunciaba su nombre y la instaba a buscar la ayuda de su primo, la detuvo como si sus piernas hubieran perdido la capacidad de enfrentar otro peldaño.

Vio rebotar sobre los escalones, las botellas llenas de líquido amarillo en dirección a la vereda y antes de que pudiera hacer nada una mano enorme que olía a cigarrillo le tapó la boca.

—Tenías que venir a golpear la puerta justo hoy, puta de porquería.

Los golpes en la puerta hicieron que las mujeres, que habían estado pasando el tiempo envueltas en una charla como dos amigas de la infancia que han vuelto a reunirse después de un largo tiempo  sin saber nada la una de la otra, se callaran.

Malena fue la primera en pararse y no se demoró en insultar por lo bajo al descubrir la llegada del guardia civil.

María Elena decidida buscó en el cajón de los cubiertos el cuchillo más grande. Con un gesto que imitaba el estar empuñando un revólver, la argentina la desalentó, mientras se pegaba a la madera para intentar seguir la conversación. El sonido de la llave girando en la cerradura la acobardó por un segundo. Cuando el picaporte descendió, Malena lo agarró con fuerza y abrió la puerta.

—Rajá Carmen, buscá a tu primo —gritó.

La puerta volvió a cerrarse de un tirón desde afuera y la llave las convirtió una vez más en prisioneras.

—La puta madre, la puta madre, la puta madre —repetía la mujer que había quedado arrodillada detrás de la puerta como si esas palabras fueran una clase de mantra que hiciera posible que salieran de allí sanas y salvas.

María Elena se acercó y la ayudó a incorporarse. Las mujeres se abrazaron y ahora era el turno de la periodista de pronunciar palabras de sosiego.

Barrios Montoya hizo que la muchacha sintiera la presión a la altura de los riñones del Llama Scorpio, calibre 38 que siempre lo acompañaba.

—Ni se te vaya a ocurrir gritar Helenita —dijo el policía liberando la presión de la mano sobre la boca y nariz de la muchacha.

La asustada Carmen movió la cabeza de izquierda a derecha un par de veces y ese gesto consiguió que el arma desistiera, al menos por ahora, de convertirla en un blanco fácil.

—Vamos a entrar —gritó Barrios Montoya—. No vayan a hacer nada estúpido porque Helenita se muere.

La llave repitió la operación de girar dos veces dentro de la cerradura, el picaporte siempre obediente destrabó el pestillo.

—Empuja la puerta con el pie —ordenó el policía a su nueva rehén.

A nadie en la habitación le asustaban las armas de fuego, pero ninguna quería comprobar si el gordo con bigotes cumplía o no con sus amenazas.

Después de transformar un par de vestidos en trozos de tela útiles para inmovilizar a Malena y a su huésped, que quedaron atadas y amordazadas, el guardia civil sin dejar de apuntar a la más requerida de las chicas del San José, le sugirió que entrase las bolsas. Las botellas ya habían sido tomadas como botín por algún caminante.

—Ni se les ocurra dar un paso más —ordenó con su estudiado acento de mando el policía que había entrado al San José por el frente.

Carmen caminaba a su lado, en silencio, con la certeza que en cualquier momento una bala podría complicar esa vida a la que se había acostumbrado con sus días malos y otros peores como debían serlo, después de todo, cualquier vida que anduviese por ahí.

El miedo se le salía por los ojos.

Los hermanos Pacheco Aguirre, —los gigantes con las cabezas enormes y rapadas que daban la impresión de no necesitar de un cuello y estar pegadas en medio de los anormales hombros—, la conocían y habían visto muchas veces esos aterrorizados ojos. Fue en respuesta a ellos que abandonaron el juego de dados con el que se entretenían cuando el guardia civil apareció haciendo a la mujer a un lado y dejando al descubierto el arma.

—Rubén andá a traer a todas las chicas —ordenó moviendo el arma en dirección al mayor de los hermanos.

El aludido dedicó una mirada a Carmen que ella agradeció con una sonrisa apenas visible y se perdió por el pasillo.

—Sin hacer estupideces Rubén —dijo Barrios Montoya elevando la voz—. Con seis balas me alcanza y me sobra para hacer un desastre y la primera se la come tu hermanito.

Ricardo, el hermanito, podría haberlo matado sólo con una mano, pero prefirió esperar su turno.

—Ahora vas a ir a llamar por teléfono al gimnasio Helenita.

El policía empujó con rabia a la chica haciendo que trastabillara unos cuantos pasos y por ultimó cayera de rodillas. El menor de los Pacheco Aguirre intentó acudir en su ayuda.

—Quedate quieto Ricardito…

Barrios Montoya, sin abandonar el estado de alerta, se acercó a Carmen. Apoyó el caño del revólver en la nuca e hizo algo de presión. La mujer gritó llevándose las manos a la cabeza.

—Dale, aparatosa de mierda —dijo entre risas—. Levantate y anda a hacer lo que se te ha ordenado.