A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 42

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—Bueno, ya está bien de los puñeteros monólogos —dijo Garrido acercándose al hombre en estado de inconsciencia —. Vamos a volver a entrar al trapo de una puta vez.

El agua fría hizo que Barrios Montoya resucitara abriendo con dificultad el ojo izquierdo, que parpadeó un par de dolorosas veces. El compañero de al lado no pudo seguirlo, la inflamación descomunal del parpado se lo impidió.

—Se están cavando su propia fosa.

Las palabras abandonaban con dificultad los labios maltratados  del prisionero que sólo cubría su desnudez con unos slips rojos, los cuales se mantenían adheridos a la enorme cintura por la pericia de un elástico negro y grueso sobre el que podía leerse en letras blancas: Calvin Klein.

Si me muero, ellas se mueren —sentenció el gordo, con las muñecas atrapadas en sus propias esposas, que colgaba con los brazos estirados hasta el límite de un gancho que en los días de rutina solía soportar el peso de una bolsa de entrenamiento.

—Asqueroso, hijo de puta. No te lo voy a volver a repetir: si les pasa algo —gritó saliendo de su letargo Javier e incorporándose como si la campana para enfrentar un nuevo round acabara de sonar—, te juro que te voy a matar con mis propias manos.

—A ver chaval…

El entrenador —que daba la impresión de estarse divirtiendo bastante apuntando el poderoso chorro que dejaba escapar la manguera en la dirección del hombre que habían cazado siguiendo el rastro que se iniciara con una llamada telefónica—, hizo una seña a su amigo y el agua se interrumpió. Dejó caer la manguera, como una serpiente moribunda, sobre el suelo de cemento pulido.

—Entiendo que estés preocupado —Mario Garrido se había acercado hasta la silla plegable en donde los huesos cansados del boxeador que por meritos propios aparecía por esas horas en todos los suplementos deportivos de los diarios que se distribuían en la capital peruana, se acomodara —, quiero a María Elena como no se puede querer más a alguien y te prometo que la vamos a traer de regreso, pero este mundo —señaló hacía Barrios Montoya y el charco de agua sangrienta que se había formado bajo sus pies—, no te pertenece —apoyó con cariño una mano amiga sobre el hombro del muchacho—. Para atravesarlo y lidiar con él estamos nosotros…

—No puedo quedarme sin hacer nada, Mario —interrumpió Javier—.Si a ella le pasa algo, me mato. Se lo juro

—Nada de esto hubiera ocurrido… —balbuceó el cautivo que seguía la charla con el interés de quien disfruta del último capítulo del culebrón que no se ha perdido nunca durante un año a la misma hora— si simplemente te hubieras tirado a la lona como arreglamos.

—Cerrá la puta boca, malparido —dijo el Cuervo un segundo antes de sumar otro tajo a los muchos que ya adornaban el desnudo cuerpo del corrupto miembro de la benemérita peruana.

—Hola primo.

La voz de Carmen llegaba temblorosa, débil y mezclada de lágrimas desde el otro lado de la línea.

—Hola, hola, hola, Carmen —respondió elevando la voz con cada palabra Javier— ¿Estás bien?

—Javiercito, mi boxeador preferido —ironizó Pedro Barrios Montoya que había arrancado el tubo de la mano de la muchacha un segundo antes—. Veo que estás de telefonista…

—¿Qué hiciste con María Elena, cabrón?

—Quedate tranquilo que mientras me den lo mío, la muñequita no sufrirá daño alguno.

El guardia civil se rió como si hubiera hecho una buena broma. Soportó sin inmutarse un nuevo aluvión de insultos y amenazas de muerte. Suspiró cansado a través de la línea y acto seguido dijo:

—Escúchame bien Javiercito, esto es lo que vamos a hacer.

—Frena —ordenó César Enrique Rojas abandonando el Dodge polara RT del color de la yema de huevo antes de que su amigo hubiera podido pisar el pedal.

El Cuervo cruzó por el medio de la calle entre bocinas recriminatorias y una breve pero nutrida variedad de insultos.

El hombre por poco dejó caer las cajas que acababa de comprar en Pizza Hut cuando lo chocó de frente.

El Cuervo se desabrochó el saco dejando ver la culata del revólver que llevaba atravesado en el cinturón.

—Te vas a venir conmigo sin hacer escándalo —propuso pasándole el brazo por encima del hombro y terminando la frase con una sonrisa de amigo del alma.

—Espere, qué le pasa, está loco —protestó el interceptado—. Estoy de franco y además mi novia me espera y se va a preocupar…

—Más se va a preocupar si la dejas viuda antes de tiempo.

El Cuervo enterró la punta del cañón en el costado del hombre que tras sentir la presión sobre su camisa azul, lamentó haber prestado oídos al comentario de Laura sobre con qué necesidad tenía que llevar su arma reglamentaria para ir hasta la pizzería y volver.

Rodrigo Baca Contreras creyó estar dando el gran paso cuando una mañana de viernes, de la que aún no se había cumplido un año, fue llamado a la oficina del nuevo jefe. Allí se encontró con un cabo que debía tener sus mismos años.

—Pase, pase, con confianza Baca Contreras —respondió el mayor cuando después de golpear un par de veces la puerta de la oficina entró y pidió permiso.

La propuesta le había parecido del todo interesante. Trabajar codo a codo y de esa manera progresaría mucho más rápido dentro de la fuerza. Un avance que sin lugar a dudas le sería útil para por fin concretar el proyecto de formar su propia familia con Laura.

—Agarre, no sea lenteja pe —dijo Barrios Montoya cuando le extendió el primer sobre—. Y vaya haciendo planes de futuro tranquilo nomás que habrá muchos más como este.

Se paró firme con los pies separados. Las cajas de pizza fueron a dar contra el asfalto. Incrustó un codazo preciso en el sorprendido estomago de Rojas, quien dejó caer el revólver al compás de un largo insulto.

Rodrigo Baca Contreras corrió atropellando a una mamá joven que empujaba un cochecito.

—Perdón, perdón —dijo tambaleándose antes de colisionar de llenó con una chica rubia, flaquita que no supo en qué momento las copas de vino blanco acompañadas por el enorme vaso de Coca Cola, quedaron cada uno por su lado desparramados en la vereda.

Garrido atento a todo y sin esperar la reacción de su amigo había puesto primera dado la vuelta a la manzana con la colaboración de semáforos que no enrojecieron y cuando el lame botas de Barrios Montoya se acercaba a la esquina, la trompa del Dodge asomó como queriendo decir: no tiene caso correr.

Ante la mirada atónita de los paseantes domingueros Cesar Enrique Rojas lo alcanzó con una certera patada.

—Parece que estás muy apurado, Batman.

Desde su sitio detrás del volante El Español abrió la puerta de atrás del auto largo y amarillo que al recién capturado guardia civil se le representó como la boca de un animal famélico, haciendo en ese instante que se arrepintiera de la cabeza hasta los pies por haber aceptado convertirse en uno de los hombres de confianza del mayor Barrios Montoya.