A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 43

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—Si se te pasa por la cabeza hacer o decir alguna idiotez —dijo el Cuervo en voz baja—, te abro en canal.

Rodrigo Baca Contreras sentado en el asiento del acompañante—, al cual había accedido unos metros antes cuando el Dodge polara RT advertido del peligro inminente, se había detenido para permitir que el policía cambiara lugares con César Enrique Rojas— asintió con la cabeza sin dejar de observar de manera alternada cada uno de los pasos que el hombre alto que vestía el mismo uniforme que él jurara honrar, —a quien había reconocido de inmediato—, daba en dirección del vehículo y el mango del cuchillo que como salido de la galera de un mago, ahora amenazaba con rajarlo de la cabeza hasta los pies.

—Buenas noches —el policía se llevó la mano derecha hacia la gorra en el clásico saludo marcial— Van a tener que dar media vuelta caballeros…

—Sí, sí, ya lo creo oficial —respondió Mario Garrido con su mejor voz de entre alarmado y resignado por una postal que se repetía un día sí y al siguiente también en las calles limeñas.

Aunque tendrían que transcurrir unos cuantos meses antes de que la capital se viera en la obligación de acatar el toque de queda, la circulación vehicular no era densa y ese hecho sin ninguna duda había que atribuírselo a que no resultaba nada poco frecuente verse sobresaltado por el estruendo de bombas o el estallido de vidrios y mucho menos todavía automóviles que se incendiaban despacio en la mitad de las avenidas.

La sirena desesperada de una ambulancia que se acercaba, aunque sabía que nada podría hacer, obligó al policía a agacharse un poco con el objeto de ser escuchado.

Fue entonces cuando la sorpresa hizo que su gesto severo se relajara en una sonrisa de autentica alegría.

—¡Eh, Rodriguito, causa! —dijo— ¿Qué andás haciendo?

—Y acá me ves Carlos —respondió inclinándose un poco hasta tocar el hombro de Garrido y estirando el brazo para estrechar la diestra de su compañero—, estábamos reunidos en lo de Laura festejando su cumpleaños y me avisaron que mi tía Emilia, la hermana de mi mamá, seguro que te acordás de ella, de la última Nochebuena; no se sentía bien, así que los amigos se ofrecieron para llevarme dejando a las chicas solas para que continuasen con la reunión…

Carlos, el policía, miró a los hombres dentro del auto y un segundo más tarde volvió a sonreír.

—Bueno, andá tranquilo, entonces —anunció—. No te demoro más y espero que no sea nada lo de tu tía. Que tengan buenas noches, dentro de todo, caballeros.

Los hombres agradecieron y el Dodge amarillo de a poco hizo marcha atrás.

Carlos Gorriti Tapia se quedó un momento acompañando el auto con la mirada. Era posible que hoy fuera el cumpleaños de Laura, la novia de su amigo desde los tiempos en que se habían conocido en la Escuela de la Guardia Civil y Policial, pensó, pero por lo que sí se hubiera atrevido a apostar la mitad de su sueldo, era la absoluta certeza de saber que Rodrigo no tenía ninguna tía, ni Emilia ni con ningún otro nombre. El compañero y amigo sabía después de muchas horas de guardias y charlas compartidas que el guardia Baca Contreras apenas si había tenido una madre.

Corrió hacia su auto. No respondió a las requisitorias de su compañero e identificándose por la radio pidió comunicarse con el mayor Barrios Montoya.

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