A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 44

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—Lo hiciste muy bien chaval.

Mario Garrido pronunció estas palabras con los ojos fijos en el espejo retrovisor, El Cuervo no compartía su sonrisa.

—Hay que joderse —siguió con el mismo tono jocoso—, si que saben mentir bien ustedes los picoletos, sí señor.

El Dodge polara RT del 75 frenó ante el semáforo en rojo.

—Allá —señaló estirando el largo y huesudo dedo índice derecho César Enrique Rojas—. Allá, por fin, hay un puto teléfono público.

—Joder tío. Espero que este si funcione.

El auto del color de la yema de huevo avanzó despacio buscando un hueco en donde poder estacionarse.

La voz de Javier dijo: hola, en la mitad del primer tono de llamada.

—¿Alguna noticia? —preguntó el padre de su novia sin preocuparse en explicar porque no había cumplido su promesa de comunicarse cada media hora.

El boxeador relató el breve contacto con Carmen y a continuación repitió las instrucciones impartidas por Barrios Montoya.

—¿Tu prima llamó desde el San José? —volvió a interrogar El Cuervo.

—No tengo idea —respondió el muchacho—, pero supongo que sí.

—No te duermas —conminó Rojas—. Estate muy atento. Te vuelvo a llamar.

El silenció colmó la línea.

—¿Hasta cuándo va a durar esto? —preguntó Malena Soriano.

—Lo que tenga que durar —Barrios Montoya acercó el vaso con agua hasta los labios de la mujer—, ellos eligieron el camino largo y empinado, ahora que se jodan.

El mayor de la Guardia Civil, que en pocas horas más colgaría de un gancho en medio del Garrido boxing club, repitió la operación de llenar el vaso y esta vez fueron los labios de María Elena los que agradecieron el gesto.

La muchacha no traslucía temor de ninguna clase. Esa aptitud despertaba una sincera admiración en el policía que había sido testigo, en un buen puñado de ocasiones, de cómo los huesos más duros de roer terminaban contando hasta el nombre del perro que tuvieron a los seis años.

Pedro Barrios Montoya había revisado varias veces los expedientes que el paso por El Sexto de sus dos contrincantes había generado. No le resultaban desconocidas sus batallas de espalda contra espalda para conseguir paz, pero sobre todo respeto.

Había realizado un buen trabajo detectivesco antes de elegir a Javier Palomino como el medio para conseguir el dinero que, según sus cálculos, lo ayudaría a dar el salto definitivo.

No le cabían dudas sobre los buenos pasos dados por los dos amigos y el honesto trabajo que realizaban al frente del gimnasio, aunque esas investigaciones nada dijeron sobre un tal Ricardo Pizarro Andrade que al parecer había decidido poner fin a su desesperación buscando el asfalto desde un piso veinte, abandonando el departamento con enormes ventanales que miraban al parque El Olivar.

Sus pesquisas lo habían llevado a conocer que las posibilidades de que fuera Palomino y no otro, quien se alzara vencedor del combate que se desarrollaría en el Coliseo Amauta, sería su oportunidad para apostar en contra y así, una vez con los bolsillos llenos, salir para siempre de ese mundo que no le había regalado más que miserias y muerte.

—Ahora tengo que salir por un rato —anunció como un padre al que no le queda otro remedio más que dejar a sus hijos solos—. Las voy a desatar y si todo sale bien en una o dos horas todo esto no será más que un recuerdo.

Primero le tocó el turno a la dueña del San José de mover piernas y brazos a su antojo. Aunque su temperamento le decía que lo insultara y buscara la manera de escapar, prefirió mantenerse sumisa. Desconocía cuál había sido la suerte de Carmen.

María Elena dejó que el gordo le aflojara las ataduras de los tobillos que la mantenían con las piernas acalambradas.

Esperó que estuviera detrás de la silla y cuando pudo sentir que la presión en las muñecas iba desapareciendo se puso de pie de un salto a pesar del hormigueo que le pinchaba debajo de las rodillas.

En dos segundos llegó hasta el cajón de los cubiertos y recuperó el enorme cuchillo que antes Malena la había disuadido de usar.

Giró y lo arrojó en la dirección de Barrios Montoya. La suerte, otra vez en su contra, quiso que fuera a encontrar blanco en el respaldo de la silla.

—Yo te voy a sacar las ganas de joder.

El cachetazo de Barrios Montoya la dejó aturdida y los tres o cuatro golpes siguientes la convirtieron en un peso muerto que el guardia civil arrastró hasta el baño para volver a aprisionarla.

Cuando la puerta de la calle quedó cerrada desde afuera Malena lloró apoyada en la puerta del baño sin dejar de preguntar entre sollozos:

—¿Estás bien, piba? Decime algo, por favor.