A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 45

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—Es en ese edificio —indicó Rodrigo Baca Contreras—, el de la puerta grande pintada de verde oscuro.

El Cuervo abandonó el auto que se había estacionado en la mitad de la cuadra siguiente.

Durante el breve trayecto que tuvo que recorrer entre el Dodge y el edificio que el policía, que habían tomado como rehén, había señalado como el único domicilio que conocía de su superior, César Enrique Rojas, por primera vez desde que sus ojos vieron con espanto alejarse a María Elena, tuvo que reconocer que si en lo que se habían metido salía mal, en el mejor de los casos tanto él como su amigo se iban a perder detrás de los barrotes de algún calabozo. Una celda fría, oscura que olería a muerte, orina y sudor.

Una mazmorra que una vez que hubiese sido sellada no volvería a abrirse nunca más.

Llegó hasta la puerta que buscaba.

Recorrió la lista de apellidos escritos con esmerada paciencia y lapicera negra al lado de cada uno de los veinticinco botones del portero eléctrico, no aparecía ningún Barrios Montoya.

La esperanza, volvió a invadirlo al comprobar que el número 17 carecía de todo identificador.

La puerta se abrió con un crujido.

La mujer de edad imprecisable, alta, dueña de un pelo rubio intenso y largo hasta los hombros, le dedicó una breve mirada como si esperara encontrar a una persona conocida y obsequiarla con una sonrisa. Al comprobar que el hombre del traje negro no era más que otro extraño pasó a su lado ignorándolo.

El Cuervo consiguió con un movimiento de su pie izquierdo que la puerta volviera a impedirle entrar.

Se encontró con un salón rectangular lúgubre de paredes revestidas hasta la mitad con machimbre de pino barnizado y el resto pintadas de un gris claro que no había conseguido ganar la batalla contra la suciedad del diario vivir. Se encontró además, con tres macetas grandes y descascaradas decoradas con unas cintas de un color similar al que mostraba la puerta, cuyas plantas de hojas grandes, tenían todo el aspecto de estar siendo protegidas por unas amorosas manos.

Un pasillo amplio era el único camino para elegir.

 Optó por las escaleras, a mano izquierda, descartando a los dos ascensores del lado contrario.

El departamento 17 lo esperaba en el tercer piso girando hacía la derecha. No se preocupó en encender la luz del pasillo. Los gritos de una pareja que se reclamaban las mutuas torpezas cometidas junto con el esfuerzo de una trompeta que se empeñaba en escupir sonidos más cercanos a los rebuznos que a cualquier nota musical, lo acompañaron en la verificación de los enormes números dorados hasta llegar a su destino.

Por debajo de la puerta diecisiete no había señales de que alguna luz estuviera encendida. Pegó la oreja a la madera y tampoco alcanzó a oír nada. El llevar el ojo a la cerradura le proporcionó un tercer fracaso.

Como todo el resto, la puerta no mostraba evidencias de calidad y El Cuervo supuso que un buen par de patadas serían suficientes para romper con esa barrera que tenía enfrente. Estaba, por supuesto, el asunto no menor de no saber con exactitud si el número diecisiete, escondería detrás el mundo del mayor de la Guardia Civil que había decidido entrar en sus vidas para quebrar esa tranquilidad que se habían forjado a partir, entre otras cosas, de los billetes que aportara el Rengo Ludueña.

La luz del pasillo llenó el espacio sacándolo de su mundo de conjeturas y elucubraciones.

—Mamá, mamá —gritó una voz de niña.

La oscuridad regresó para hacerse luz un segundo más tarde, otra vez.

—¿A quien busca, señor? —preguntó una voz de mujer que sin ningún problema podría haber trabajado como locutora de radio —. ¿Quién lo dejó entrar?

César Enrique Rojas se giró para quedar cara a cara con dos bellezas.

La primera no podía tener más de seis o siete años y llevaba el cabello recogido en dos colas con unas cintas que a simple vista eran de la misma especie que decoraba las macetas de la planta baja. Vestía un pantalón de jean y una remera amarilla estampada con Mickey y Minnie.

La luz se apagó por tercera vez y demoró otro par de segundos en volver después de que la niña anunciara:

—Voy yo.

La segunda compartía los ojos grandes y oscuros de la niña, pero el pelo, corto por encima de los hombros, no era del color de la noche por haber sido teñido asemejándose al cobre. La madre vestía pantalones cómodos y anchos tipo joggings de color gris claro y una camiseta blanca y larga en la que podía verse una imagen de la torre Eiffel.

Ambas llevaban zapatillas idénticas de tipo náuticas: negras con cordones blancos.

—Buenas tardes —sonrió César Enrique Rojas antes de verse atrapado por la oscuridad del pasillo y tener que fingir un sobresalto cuando el ruido de vidrios rotos les indicó que la pelea de los vecinos iba tomando más y más temperatura—. Una señora salía y me atreví a pasar. No sé si estoy en el lugar correcto —repitió la sonrisa como disculpándose—. Me dieron esta dirección para ubicar al mayor de la Guardia Civil Barrios Montoya.

—Así es —respondió la madre señalando la puerta del departamento 17— vive acá, pero hace un par de días que no lo veo.

—Es verdad —comentó la hija—, cuando él está en su casa siempre se escucha la música de un señor que canta.

—Es fanático de Sinatra —completó la idea la madre—. Quiere dejarle algún mensaje…

—No, no hace falta —dijo El Cuervo—. Vuelvo mañana a ver si tengo más suerte, pensé que hoy, domingo, podría encontrarlo.

Se despidió y caminó hasta el ascensor con cuatro ojos oscuros clavados en la espalda.

—Muchas gracias Gorriti —dijo Barrios Montoya hablando por la radio del auto—. Quédese tranquilo que yo me ocupo.

No era de extrañar que Rojas y Garrido estuvieran organizando un contragolpe. Lo que no podía responder el policía era cómo habían dado con el rastro de su ayudante. De todas maneras poco importaba. Él tenía en su poder a la muchacha y eso le aseguraba jugar con ventaja.

Deslizó un casete en el estéreo.

Hizo girar la llave durante la introducción y aceleró con calma el Peugeot 504 blanco acompañando a La voz mientras cantaba:

«And now, the end is near. And so I face the final curtain…»

—No me cabe en la cabeza lo que me cuenta.

—Cada palabra es la pura verdad chaval.

Mario Garrido no encontró inconveniente alguno en relatar al muchacho, —que después de todo había estado en el momento correcto en el lugar equivocado y sin lugar a dudas desconocía los proyectos turbios de su jefe—, la historia que los había traído hasta aquí.

En los minutos en los que ambos conversaban como dos viejos amigos a pesar de que el entrenador de boxeo tenía siempre sobre la pierna izquierda el 357 Magnun; Rodrigo Baca Contreras, que había repasado por ordenes del mayor los prontuarios de quienes estaban al frente del Garrido boxing club y que como todos los que la hubieran visto se había deslumbrado tanto por la belleza como por la simpatía de la chica, que ahora sabía se llamaba: María Elena, supo que él tenía que hacer algo al respecto.

No era ninguna noticia nueva el asunto de la corrupción que crecía dentro de la institución como un árbol que recibe los cuidados necesarios que lo harán desarrollarse fuerte y derecho, pero ahora se le presentaba la oportunidad de dejar de ser parte de ese tronco y hasta de sus ramas.

—Los voy a ayudar —prometió el muchacho—. Es lo que se debe hacer.

—Toda ayuda nos es muy bienvenida, chaval.

En el mismo momento en que El Cuervo abandonaba el edificio. Pedro Barrios Montoya, siempre con la compañía de Frank desde los parlantes, se detenía a metros de la gran puerta verde buscando dónde estacionar.

—¿Y este cabron qué mierda hace acá? —se preguntó en voz alta.