A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 46

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—¿Qué estás haciendo infeliz?

La respuesta a tan sorprendido interrogante no surgió de los labios de quien al reconocer el auto blanco en el que tantas veces en el pasado había viajado, se hizo con el revólver 357 y en dos movimientos —tan llenos de una agilidad que impidieron a Garrido poner alguna objeción—, ya había salido del Dodge polara RT y tenía en la mira a Barrios Montoya.

El mismo Barrios Montoya que una vez que identificó al Cuervo, saliendo del edificio en el que vivía, lo había seguido despacio como un jaguar solitario y oportunista que sabe esperar el momento hasta tender la emboscada.

Detenido e impaciente frente al semáforo vio a Rojas: cruzar la calle esquivando a una bicicleta y a un maltratado Fiat 600 azul. Lo siguió con la mirada nerviosa mientras daba pasos largos, hasta que por fin la luz verde le permitió hundir el pie en el acelerador.

Cruzó el Peugeot delante del reluciente auto amarillo, ocupando el espacio que acababa de dejar libre un Renault 6 celeste.

Lo que vino después fue una mezcla agitada de sorpresa y desconcierto.

—Tirá el arma por la ventana —ordenó El Cuervo— Hacelo despacio y tranquilo, muy despacito, no vaya a ser cosa que me ponga nervioso y se me escape un tiro.

Una caravana formada por varios autos y una camioneta Chevrolet C1404 de impecable verde claro y las llantas blancas, que llevaba muebles atados con una soga en la parte de atrás, pasaron a buena velocidad sin prestar más atención que una mirada distraída.

Eran tiempos de armas y desidia.

—Yo no me haría tanto el machito —ironizó Barrios Montoya sin ni siquiera pensar en abandonar su lugar detrás del volante— ¿O será que valoras en tan poco la vida de tu hermosa chibola?

La detonación fue menor que el estrepito de los insultos del guardia civil sumado a la explosión de la ventanilla que desparramó sus restos sobre el asfalto.

El cartucho que apenas excedía las tres pulgadas de diámetro había rozado el hombro del policía, antes de quedar incrustado en el tronco de un Tulipán africano que observaba en silencio desde la vereda; dando así inicio a los acontecimientos que iban a llevarlo a estar con las muñecas atrapadas en sus propias esposas, colgando con los brazos estirados hasta el límite de un gancho que en los días de rutina solía soportar el peso de una bolsa de entrenamiento, alimentando un charco de agua sangrienta bajo sus pies y cada vez más y más alejado de la módica fortuna con la que planeaba nacer de nuevo.

Repleto de adrenalina y sin fijarse en la sangre que había teñido la manga de su camisa y menos aún en el dolor que experimentaba, Pedro Barrios Montoya bajó del Peugeot dispuesto a contraatacar. Nada pudo hacer, frente a las tres trompadas con las que Mario Garrido, harto de todo, lo dejó fuera de combate.

—Yo me encargo del Peugeot —dijo El Cuervo con la seguridad propia de un guerrero que ha liderado muchas batallas—. Nos encontramos en una hora a más tardar en el gimnasio.

—¿Y conmigo qué van a hacer? —preguntó el rehén devolviendo la Mágnum a su dueño.

—Chaval —respondió Garrido acercándose y pasando una mano por el hombro del muchacho—, en principio te va a tocar colaborar para tirar al gordo este dentro del baúl y luego nos vamos por un par de pizzas para terminar el recorrido en lo de tu noviecita.

 Rodrigo Baca Contreras, a pesar de todo lo vivido había dejado de lado el temor a lo que pudiera pasarle y devolvió el comentario con una especie de sonrisa de agradecimiento al tiempo que se agachaba tomando de los tobillos el cuerpo desmayado de su, hasta ese día, oficial superior.

Mario Garrido recogió el Llama Scorpio, calibre 38 del guardia civil que había caído al suelo.

Después de guardar el arma en el bolsillo del pantalón y una vez que el cuerpo del gordo de espeso cabello negro que compartía algunas canas con el tupido bigote se sumiera en las tinieblas del amplio baúl, Garrido preguntó:

—¿Y entonces chaval, qué te parece el plan?

Ante el asentimiento con la cabeza de Rodrigo el entrenador comentó con el gesto de un gato que regresa victorioso de la cacería:

—Después de todo, nunca viene mal conocer en dónde vive la novia de un amigo.