A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 47

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—La puta madre, la puta madre, la puta madre, la puta madre, la puta madre.

Javier Palomino se golpeaba la frente con las palmas mientras no dejaba de repetir las tres palabras en fila india como si esa fórmula pudiera producir el conjuro que pusiera un punto final a todo y los hiciera volver a los tiempos de incierta, pero tranquila normalidad.

El timbre del teléfono vino a interrumpirlo desde la oficina. Mario Garrido, El Español y César Enrique Rojas, El Cuervo, no dieron señales de dejar la tarea que habían emprendido con el cuerpo, cuyo corazón acababa de claudicar.

Al quedar liberado de las esposas Pedro Barrios Montoya cayó sobre el suelo quedando boca abajo desparramando, todavía más, el agua que su sangre había enturbiado.

Sus últimas palabras, pronunciadas unos minutos antes, no dejaban de escucharse como si su eco estuviera empecinado en atormentarlos, haciendo rebotar los sonidos en cada rincón del gimnasio. Aunque todos y cada uno de ellos, eran conscientes de que esa frase se multiplicaba una vez y otra y otra más dentro de sus cansados pensamientos.

—Busquen a Helenita —había dicho con voz segura y bien timbrada el policía—. Ella es parte de todo.

Un segundo después la cabeza le cayó hacia la derecha como si estuviese rellena de piedras.

—¿Qué esperas para atender el puñetero teléfono?

El violento reclamo del entrenador sacó del trance al muchacho que corrió a la oficina. El timbre ya había dejado de molestar cuando pudo hacerse con el auricular del aparato.

Media hora más tarde, ya con el cuerpo arrollado dentro de dos frazadas grandes, sujetas con un par de las sogas que solían usarse para saltar, el teléfono volvió a alterarlos. En esta ocasión, el pupilo obediente, el novio asustado y el primo contrariado; no esperó para ponerse en movimiento.

Javier escuchó lo que Rodrigo Baca Contreras tenía para decir. No eran buenas noticias.

El sol se perdía en el horizonte cuando Pedro Barrios Montoya, sin quejarse y con la compañía de una bolsa de plástico negro que transportaba las ropas y el calzado que los tres hombres habían creído oportuno hacer desaparecer, visitó por segunda vez el baúl del Dodge polara RT.

La noche había tomado posesión cuando el auto largo y amarillo dobló la esquina.

Los propietarios del Garrido boxing club escucharon con atención las palabras pronunciadas por Rodrigo que Javier estaba repitiendo para ellos con la exactitud de una grabadora.

—Y cómo me voy a imaginar que lo iban a estar esperando en lo de la noviecita —comentó Garrido—. Me quedé en la esquina hasta que salió la chica a recibirlo y el resto es historia.

En los siguientes metros que el Dodge iba dejando atrás la conversación giró en torno a cuál sería la última morada en donde tendría que descansar el cabrón de Barrios Montoya.

—Podríamos botarlo en el puente Dueñas —propuso Javier Palomino.

—Un lugar tan bueno como el que más —Aceptó Mario Garrido quien una vez que el semáforo pasó a la luz verde hizo girar el volante a la izquierda. Haciendo que su amado RT pusiera proa hacia el Río Rímac, también conocido por los limeños como el rio hablador, que desde unos años a esta parte era utilizado como un depósito de residuos.

—Yo me quedo a unas cuadras del San José —dijo El Cuervo con el tono de una sentencia inapelable—. Ustedes saben lo que hay que hacer, no me necesitan para nada.

—Terminamos con esto y nos vamos al San José —prometió El Español.

—Ahí los espero —dijo César Enrique Rojas.

—Busque a mi prima —pidió sin poder disimular su preocupación.

—Es lo primero que tengo en la lista —respondió El Cuervo—. Quedate tranquilo.

Cuando se bajó del auto, aprovechando la pausa impuesta por un oportuno y nuevo semáforo, César Enrique Rojas, El Cuervo, no podía ni siquiera imaginar que: el cansancio, la frustración, y una desesperada incertidumbre iban a llevarlo a atacar a una muchacha inocente y menos aún podía llegar a pensar en verse involucrado en una pelea a cuchillo limpio en donde no las tendría todas consigo.