A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 7

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

—¿Cómo es eso de que los mandaste a hacer un trámite?

El hombre hablaba, mientras luchaba por atar el cordón demasiado largo, de una de las zapatillas.

—Sí papá —respondió el muchacho que se apoyaba en el marco de la puerta—. Pensé que para cuando vos estuvieras listo, ya iban a estar de vuelta con la buena nueva.

—¿No habíamos quedado en que te ibas a tomar unas vacaciones para sacarte el olor de la cárcel?— El padre se irguió en todo su metro ochenta y cinco para quedar frente a frente con el menor de sus hijos, el que ahora se cubría siempre con pañuelos de seda o pulóveres con cuello de tortuga.

—Sí papá, tenés razón, pero…

—Pero nada —Santos Belfiore pronunció las dos palabras con su habitual tono de sentencia—. Te ponés el equipo de gimnasia y te venís conmigo.

—Pero papá, vos ya sabés que a mí…

—Pero papá un carajo.

Semejante grito le hubiese congelado la sangre a más de uno.

El más joven de la casa, al que todos llamaban: Neco, apelativo derivado de la imposibilidad que su hermana Julia tenía a los dos años de pronunciar la palabra muñeco para referirse al hermoso bebé recién llegado, era consciente de que su padre en su rol de cabeza de familia ladraba de vez en cuando, pero nunca llegaba a morder.

—Dale flojo —animó Santos—. Si nos queda media hora nada más.

—Media hora nada más —repitió Neco siempre faltándole dos o tres pasos para seguir el ritmo de su padre—. Te tomaste a pecho los consejos médicos, que lo pario.

***

—Los estudios son los adecuados —dictaminó Carlos Ponce una vez que hubo examinado todo los papeles que con prolijidad había acomodado sobre la mesa maltratada de la sala de visitas—. Es muy importante que no olvide don Santos que los tres pilares fundamentales son: llevar una dieta sana y equilibrada, practicar ejercicio físico de forma regular y abandonar el pucho para siempre —Carlos Ponce distaba mucho de verse como un médico, pero su voz sonaba como la de uno.

—Le quedo muy agradecido doctor.

Ponce se puso de pie antes de estrecharle la mano a su visitante.

—Al contrario, el agradecido soy yo. —Ahora hablaba un poco más bajo y esa aura de catedrático se había evaporado—. Si no fuera por su amistad, la vida aquí dentro —movió los brazos en un gesto que abarcó todo el penal en su conjunto— sería mucho más insoportable.

***

Una temporada antes de que sus arterias coronarias se estrecharan Santos Belfiore era de ese tipo de personas que hacía funcionar, al menos, treinta veces al día su Zippo. Era de ese tipo de personas que no se privaba de una generosa porción de selva negra como punto final del almuerzo y de la cena. Pararse, cuando no podía evitarlo, para cambiar de canal consistía en su única actividad física.

—¿Qué me estás contando pedazo de mierda—. La voz se desparramó por toda la oficina. Santos se llevó su mano a la zona del corazón antes de volver a hablar—. Si mi hijo se muere, andá avisándole a tu señora que prepare el luto.

El tubo negro y pesado cayó sobre el piso de madera transmitiendo un monologo de excusas que nadie escuchó. Al quedar inconsciente Santos arrastró en su caída la lámpara sobre el escritorio y el estruendo encendió la alarma que le salvaría la vida: Marta, la secretaria con años en el puesto, había aprendido a apagar sus oídos ante los frecuentes gritos que su empleador usaba como una de las herramientas de su oficio, pero una cosa eran los gritos y otra muy distinta todo lo demás.

***

—Y estos qué carajo quieren ahora —comentó Neco.

El patrullero se había detenido bloqueando el puente de acceso a la casa.

—Buenos días, señor Belfiore —el agente se tocó la visera de la gorra a manera de saludo.

—Buenos días agente —respondió el recién llegado sonriente, sin apagar el motor— ¿En qué puedo serle útil?

—Necesitaríamos hablar con usted.

—Como no agente —Santos Belfiore seguía empleando un tono amable—, si su compañero gusta dejarme entrar a mi propia casa los convido con algo fresquito.

***

El uniforme azul abotonado en la parte delantera no conseguía disimular las prometedoras formas de la muchacha y los policías tampoco consiguieron evitar comerla con los ojos mientras se retiraba después de haber traído las bebidas.

Los hombres dieron cuenta de medio vaso de cerveza cada uno antes de entrar en materia.

—Hijo de re mil putas —gritó Neco—. Voy a matar con mis propias manos a ese infeliz.

—Disculpen a mi hijo por favor —pidió Santos Belfiore—, es joven e impulsivo. Ambas cosas se curan con la edad.

—Habrá que tener paciencia entonces —dijo el policía de mayor rango que como si estuviera en su casa rellenó el vaso hasta el límite.

Neco recibió la mirada de su padre como un latigazo. Se sentó en uno de los sillones del rincón igual que un perro que ha sido reprendido por orinar en la alfombra.

—Sabemos que su salud no es lo que podríamos decir envidiable —el policía caminaba por la habitación con el enorme vaso en la mano—. En la calle se dice que uno de los hermanos Cannizzaro iba a ser el elegido para tomar el timón del negocio.

El dueño de casa volvió a mirar a Neco quien estaba a punto de ser imprudente una vez más. Tomó dos o tres tragos del agua con limón que tenía enfrente.

—Vea subcomisario…

—Salerno…

—Subcomisario Salerno, para serle honesto no tengo ni la menor idea de lo que se dice o se deja de decir en esas calles a las que se refiere…

—No me joda Belfiore…

Ahora fue Salerno quien tuvo que fulminar con la mirada a su subordinado.

—Caballeros yo no soy ninguna de las cosas que al parecer creen que soy. Es verdad que mi corazón está un poco cansado, pero como pueden ver estoy tratando de ponerlo a punto —Santos Belfiore se pasó las manos por su indumentaria deportiva—. Soy nada más que un comerciante viudo, un padre de familia que tuvo que enfrentar la muerte de su esposa junto con la de mi hermana y mi cuñado hace doce años —se puso de pie para caminar por la habitación como un profesor que se mueve de un lado a otro con el objeto de que sus saberes se desparramen de manera adecuada—, de la noche a la mañana tenía cinco niños alrededor de la mesa y si se me puede acusar de algo es de haber hecho lo necesario para sacarlos adelante.

—Y a las claras se puede ver que lo hizo muy bien don Santos —Salerno apoyó el vaso vacio sobre la bandeja—. Mi visita hoy aquí, además de ofrecerle mis condolencias y las de toda la fuerza, claro está, es para recomendarle que nos deje trabajar.

—Faltaba más subcomisario.

Los dos hombres jóvenes mantenían la expectación y el silencio, se habían convertido en el respetuoso público de una representación teatral.

—La mano viene brava y a nadie le conviene que se inicie otra guerra. —El subcomisario recogió la gorra que apoyara sobre la silla frente al escritorio— En un par de días podrá reclamar los cuerpos de sus sobrinos en la morgue judicial. —El veterano policía se calzó la gorra antes de extender su diestra hacía Belfiore—. Lo acompaño en el sentimiento, buenos días.

Continuará…