A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 9

—Por muy jefe que seas —Doménico Belfiore apoyó con estruendo ambas manos sobre el escritorio de roble que gobernaba su oficina antes de ponerse de pie—, te lo voy a decir sólo una vez… —Su voz suave y tranquila cortaba el aire con cada palabra—. En esa mugre, la mugre de ustedes, no entro. Mandáte a mudar antes que se me suba la tanada y te pegue un tiro entre ceja y ceja —hizo el ademán de abrir uno de los cajones pero se quedó a medio camino.

El hombre que había venido a verlo se calzó con aplomo su sombrero antes de hablar:

—Ha sido usted muy claro don Doménico. Buenos días.

Doménico Belfiore ignoró el saludo. Ni siquiera se molestó en acompañar con los ojos la retirada de su imprevista visita.

Esa mañana de lunes, el que iba a convertirse en su último lunes, tenía entre sus planes muchos otros asuntos más urgentes e importantes que recibir en su propia casa a ese despreciable polaco.

La bandeja con la cafetera, las tazas y todo lo demás que había traído su querida Eligia, permanecía intacta. Se sirvió café y mordió con deleite una de las tortitas recién salidas del horno. El breve recreo que se impuso como medicina para mitigar el fastidio de tener que tratar con personas que se consideraban a su altura lo llevó al pasado: a esa tarde, varios años atrás, en donde había tenido una discusión parecida con Chicho, su amigo de toda la vida, ese amigo con el que habían abandonado su tierra para zarpar en busca de nuevos mundos y aventuras.

Doménico Belfiore no concebía la idea de valerse de jovencitas para ganar dinero. Era un procedimiento que le producía nauseas y ni en el más remoto de sus pensamientos podría haberse imaginado que una vez que Eligia, su amada Eligia, tomara el control las casas de tolerancia regenteadas por ella, serían un eslabón más en la cadena de los negocios familiares.

***

Apenas Zarek Kirschenbaum apareció en la vereda, el hombre que lo esperaba dentro del Fiat 510 blanco hizo arrancar el motor.

—¿Y cómo fue?

—No quiso saber nada del asunto —respondió el responsable local de la Sociedad de Socorros Mutuos Varsovia—. Ubicame a los Silverstein.

—Delo por hecho.

El matrimonio Silverstein recibió el contrato y fiel a su bien ganado prestigio en menos de una semana Doménico Belfiore era el protagonista de un velatorio desbordante de concurrencia.

Entre esa multitud que entraba y salía del comedor, que tomaba café o licor de menta y de huevo, estaban los infalibles asesinos que se acercaron a dar el pésame a su viuda y acariciaron con ternura la cabeza de sus hijos.

Ariel y Esther Silverstein no pensaron ni por un segundo en romper su ritual de visitar a los deudos. Tampoco les pareció necesario llegar hasta la casa en otro vehículo que no fuera su moto amarilla con sidecar. Era impensable para ellos imaginar que un niño iba a reconocerlos y mucho menos todavía podrían haber conjeturado que ese mismo niño de diez años saldría a cazarlos, pedaleando hasta quedar sin aliento para, a metros del cine Progreso en Godoy Cruz, vaciar a quemarropa el cargador del revólver que su padre guardaba en el escritorio.

Los boqueteros Marcial Sotelo y Miguel Ángel Ludueña conocidos como el Gordo y el Petiso fueron los primeros en recibir los servicios de la familia Belfiore. La mecánica era simple: se planeaba y presupuestaba un trabajo, los sicilianos oficiaban como financistas y recibían además de la suma inicial el diez por ciento del botín.

Tras la muerte de su madre, con veintidós años, Santos asumió el compromiso de presidir el emprendimiento que había adquirido merecida fama y renombre desde Palermo a Chicago, de Estambul a Tokio, y de Shanghái a Marsella bajo la subterránea razón social de banco del hampa.

La familia que comenzó con una bicicletería a la que transformó más tarde en almacén prosperó hasta llegar a levantar un supermercado. En el pasado quedaron: el juego clandestino, la prostitución y las carreras de caballos.

Las penas y alegrías se fueron sucediendo con rutinaria normalidad. Santos formó una familia feliz, Lorenza conoció a Rafael Cannizzaro, después de dos años de noviazgo se casaron y tuvieron tres hijos, hasta que todo cambió aquel miércoles 16 de octubre de 1963 cuando Rafael perdió el control del BMW 2,6 Luxus azul que manejaba convirtiendo en viudo a su cuñado y en huérfanos a sus hijos.

Continuará…