Alerta mujeres: El feo también chamuya

A quién no le pasó: andás en época de sequía o con el corazón roto, cuando de repente aparece tímidamente y con mucho respeto un pibe al que usualmente no le darías bola, se te acerca, te trata como a una diosa griega y una dice “y bueno, me merezco unos mimos” y cede. Te distraés 5 minutos y cuando volvés a mirar el pibe te está evadiendo como si fueras la AFIP y te quedás más confundida que Macri en una paritaria.

¿Qué carajos ha pasado acá? ¿Por qué me siento una pelotuda a la que le vieron la cara de vuelta si acepté salir con este pibe precisamente porque no quería tener estos problemas? ¿Quién se cree este cara de nalga, que después de meses de chatear y tener que contestar sus buenos días, buenas tardes, buenas noches, buena semana, buen finde, qué estás haciendo, ya te dormiste, no puedo dormir, mi teoría sobre el universo y la macrolingüísticablablablaaaa, ahora no puede decirme que está bien y no se murió después de una semana?

El chabón estuvo pegado al teléfono como mosca al jugo de asado, todo el tiempo quería saber en qué pensabas, qué hacías, te invitaba a la montaña, hacía planes de vacaciones, todo meme que veía te lo reenviaba, ya habías usado todas las caritas obtusas del Whatsapp, esas que uno manda cuando ya no sabe qué contestar, cuando se veían se comportaba como un novio, te daba la manito, le decía a los amigos por el celu “estoy con (tu nombre) así que no estoy disponible” con orgullo, el pelotudo.

Un día te canceló a último momento y ni te preocupaste. Al día siguiente no te habló para desearte buenos días como todos los últimos 45 días, no te diste cuenta. Intercambiaron unos chats por la tarde, te dice  que tiene un par de compromisos familiares-sociales-laborales. Ok, le decís. Durante los días siguientes, acostumbrada a que te cuente toda su vida por Whatsapp, le preguntás cómo le fue, te contesta en seco. Y ahí algo te suena raro.  Empezás a sentir esa sensación de que no te están contando algo, como esas películas francesas que te empiezan a pasar los títulos cuando vos estabas empezando a entender cuál era el planteo, el nudo de la cosa, y te quedás un rato, estúpidamente, mirando los títulos a ver si arranca una segunda parte o algo.

Y sí, amorosa mía, otra vez te usaron. Y una cosa es dejarse chamuyar por un manso tipo, uno de esos que te hace babear, que te hace reír en serio, que te toca y se te deshace la columna vertebral, que lo ves venir de lejos y se te paran los pelos de la nuca… y otra muy distinta es que te use de garche un pibe que te jugó sucio, la fue de bueno, la fue de pobre perrito apaleado que necesita un poco de compañía, de respetuoso, de sincero. Esas te duelen el doble. Porque del lindo una hasta espera que dure poco, hasta te parece justo compartir semejante ejemplar masculino con el resto de la femineidad, pero del que le diste bola porque no quisiste ser la frívola hija de puta que se guía por las apariencias, del que le diste la oportunidad de compensar con su personalidad o sus valores lo que adolecía en facha o desenvolvimiento social; que ESE te deje pagando como 51 en hora pico… ¡Es el fondo del pozo, la puta madre!

El tema de estos pibes es que, como Darwin lo indica, no sobrevive el más lindo sino el que mejor se adapta. Este grupo de muchachitos han sabido leer muy bien la situación actual de garches de una noche y versos a medio hacer, y desarrollan una estrategia bastante efectiva: hacerse los buenos. Los que si no fuera por vos no cogerían. Dar sensación de seguridad. Dar imagen de compromiso. Te hacen pensar que sos la única que les va a dar bola, y que están agradecidos de eso, la juegan de losers. Y probablemente así sería, si no fuera porque hay varias que tuvieron la misma original idea, y prefieren resignar un poco de libido a cambio de no sufrir más cuando el príncipe se les convierta en calabaza. Entonces los vivarachos éstos le hablan con el mismo amor y la misma adoración en general a más de una, no vaya a ser que alguna se avive y lo deje y él no tenga a quién usar; como diría mi abuela, le prenden una vela a cada virgen. ¿Y por qué mienten? Lógicamente porque si no mintieran, no les daría bola ni la madre; porque no sólo carecen de estampa, sino también de empatía y don de gente; tienen apariencia cálida, pero son fríos y desprecian a las mujeres a las que chupan las medias empalagosamente. Tienen un chamuyo que se llegan a creer, sobre su brillante futuro profesional o su potencial empresario, sobre las ganas de tener una familia, sobre sus metas económicas, sobre valores.

Por lo tanto, aquí va la moraleja: EL FEO CHAMUYA MÁS QUE EL LINDO PORQUE SINO, NO LA PONE. SE APRENDIÓ UN VERSO MÁS ELABORADO, PORQUE LO NECESITA. NO COJAS POR PENA O POR TERNURA. ¡¡¡COJÉ CON GANAS!!! AH, Y CON PRESERVATIVO.

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