Allí me quedaré

El tiempo lo dejó a él sentado en una azotea ya conocida para su vista. La misma azotea que visita noche tras noche. Ya no le encuentra la gracia al bajar. Sufrir una transformación en la superficie ya no es lo mismo que antes.  Cuando se sometía a la mezquindad de lo cotidiano tenía razones para hacerlo, o al menos un gratificante final. Hoy solo encuentra caras desconocidas. Agobiadas de seguir en lo habitual, encuentra maldad y soledad.

No…ya no es necesario bajar de las azoteas.

Ya no se siente un niño corriendo por los innumerables tejados. Ya no contempla las estrellas con felicidad entre esas humaredas de las acererías, hoy lo hace con agonía. Con un tono de melancolía.

El hollín en cantidad ha deteriorado su cuerpo. El alma de un mayor, en el cuerpo de un mayor: lo que él siempre odió.

Y él sabe que esto no es un fragmento de su vida que va a terminar con comillas y puntos suspensivos. Él entiende que un punto final puede ser tan gris como la imagen que vive noche a noche, sentado en esa azotea. Mirando hacia abajo, tratando de buscar un rostro familiar entre tantas almas desesperadas de aquel deteriorado puerto.

Él… él era pura ternura.

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