Atila, el campeón del circo

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Los circos siempre han sido una caja de sorpresas. Basta con que llegue uno a la ciudad para que la gente tenga curiosidad por mirotear las jaulas que bajan y ver qué bichos han traído. No es lo mismo un circo con tres monos cagados de hambre que otro con leones, tigres y hasta un oso pardo.

Este relato es una anécdota de un conocido que la vivió cuando era un jovenzuelo y estaba terminando el secundario. Su familia vivía en un campo, donde su padre era el capataz de un potentado señor que se dedicaba a la cría de animales. Sus amigos eran todos hijos de empleados del mismo campo o de campos vecinos y como siempre en estos lugares, las jodas son un poco distintas a las que se conocen en la ciudad. No es que fueran los más sabandijas pero en el grupo de amigos había un poco de todo.

Uno del grupo se enteró del circo y corrió a avisarle a los demás. Cuando les contó lo que decían los carteles y lo que gritaba el señor del megáfono para atraer a la concurrencia, a todos se les iluminó la cara, al tiempo que clavaban la vista en el Facundo.

El Facundo era el más grande de edad, tamaño, ingenuidad y obediencia para con sus amigos. Su tamaño resultaba llamativo desde chico, pero se vio magnificado cuando repitió 6to grado y segundo del secundario. Esto hizo que siempre fuera el último de la fila. En los bailes siempre era el custodio de sus amigos. Nunca iniciaba una pelea, pero si alguien se metía con alguno de sus amigos, seguro terminaba en batahola el asunto. En el pueblo lo veían como el grandote bobo y nadie lo respetaba mucho, excepto sus amigos que lo conocían desde chico y lo bancaban a muerte.

Los amigos tardaron cuatro minutos en convencerlo. Con solo decirle «a que no te animas» ya estaba totalmente dispuesto. Los muy vivos ya conocían todos los disparadores para que el Facundo hiciera caso en un segundo y esta vez no fue distinto.

Y así, quedaron de acuerdo en irse a cambiar, conseguir unos mangos para las entradas y a la noche todos al circo. Se encontraron en la puerta a las 9, entre mucha gente que había ido a curiosear en el día de apertura. El Facundo llegó bañadito, peinado a la gomina como le había enseñado su padre y con la cara rozagante como buen gringo que era, la tez muy blanca y los cachetes bien colorados, cuyo color se expandía por toda la cara cuando le hablaba una chica.

Entraron con el resto de la gente y se pusieron lo más adelante que pudieron, no sin pegar un par de codazos y primerear a algún dormido. El show empezó de manera espectacular y los números se iban sucediendo uno tras otro. En los intermedios el maestro de ceremonia repetía: «Ha venido algún valiente esta noche?» o «Vamos a ver si en esta ciudad hay más guapos que en el pueblo de al lado».  El Facundo relojeaba a sus amigos de coté con una sonrisita cómplice pero no decía ni mú.

Por fin llego el evento principal de la noche y sin duda el que mas gente había convocado. Los payasos armaron en pocos minutos un ring al centro de la pista, se apagaron las luces y entro de manera triunfal Atila, el oso pardo boxeador, que tenia mejor record que cualquier boxeador profesional, todo esto según el relato grandilocuente del maestro de ceremonia. Había vencido a todos sus oponentes, la mayoría en el primer round y siempre por knock out.

La concurrencia estalló en aplausos, ansiosos por ver lo mejor de la noche. El maestro empezó a arengar a los presentes, preguntando quien sería tan valiente como para enfrentar a Atila. La recompensa en caso de victoria era de 15,000 australes, que por esa fecha era como unas dos lucas de ahora. El Facundo estuvo a punto de levantar la mano, pero fue detenido a tiempo por el Matias, con un leve toque en la rodilla del grandote. Al momento vieron un muchacho corpulento que se paraba y se iba hacia la pista mientras se arremangaba las mangas de la camisa. Era un empleado del corralón del pueblo, acostumbrado a hombrear bolsas y por lo tanto bien fornido.

El Matias lo miró al Facundo y le guiñó un ojo, insinuando que tuviera paciencia. El grandote, obediente,  se sonrió y espero su turno. El muchacho ya estaba en el ring con los guantes puestos al igual que Atila, que era sostenido por su domador con una cadena. La pelea empezó un poco revuelta, ya que el muchacho se arrugó un poco al ver el tamaño del oso erguido sobre sus patas frente a él. Intercambiaron un par de golpes pero al poco tiempo el oso asestó una zurda en la cara del joven, que fue a parar directo a la lona. Un poco atontado volvió a pararse, colorado de la vergüenza y decido a ponerlo al oso. Pero no pudo ser.  Atila lo calzó de nuevo al mentón y el muchacho entendió que se había terminado. El oso era muy bueno y muy grande.

La gente estalló, muchos reían por la corta pelea y empezaban a vitorear a Atila, el ídolo de la noche.  Ese fue el momento que había esperado el Matias, que con una corta seña mandó al Facundo a lo suyo.

El Facu se paró y caminó tranquilo hasta la pista, frente a la mirada del público que lo observaba asombrado, pero divertidos por poder ver como el oso seguía surtiendo giles.

Le pusieron los guantes mientras el maestro preguntaba al público «cuanto dicen que dura este combate? 10 segundos?», y la gente reía mientras gritaba «Aaaaatiiiiilaaa, Aaaatiiilaaa». Alta hinchada se había formado a favor del plantígrado.

El Facundo ya estaba listo, serio, concentrado, buscando la mirada de sus amigos, que eran su única hinchada. Con todo listo se dio por iniciado el combate. Los dos caminaron hacia el centro del ring y comenzó el round. El oso tiró un par de ganchos que el Facu supo esquivar por milímetros, sintiendo el vientito del pifie. El oso era más alto que él, y el doble de ancho. Hasta los guantes eran más grandes para poder meter la zarpa de la bestia. El Facu esquivaba y esquivaba, pero no tiraba ni una mano. La gente empezó a abuchearlo por cagón, querían sangre a toda costa.

En uno de los cruces del oso, siempre al aire, el Facu vio un hueco para su mano. Tiró un gancho de derecha ascendente que fue a dar justo a la barbilla del oso, cerrándole la boca con un castañeteo de dientes que se sintió hasta en la última fila. La multitud enmudeció por un instante, y antes de que se dieran cuenta vieron salir el latigazo de zurda del Facu por fuera de la guardia del oso que fue a dar de lleno en la quijada del animal, esta vez con un sonido seco, medio retumbando la cabeza del bicho mientras comenzaba a caer. Por como cayó el oso, con las manos a los lados del cuerpo y la lengua colgando afuera de la boca, quedó claro que se había dormido antes de tocar la lona.

El silencio de la multitud dio paso a un «uhhh» generalizado, incluido el maestro de ceremonias que no daba crédito a lo que veía. El Facu miraba a sus amigos con cara de «que tul?» mientras ellos eran los únicos que festejaban de pie y a los gritos.

El maestro de ceremonia tuvo que reconocer la victoria del Facu y pagarle lo acordado, que equivalía a salir a pérdida esa noche. El Facu, buenazo como era ayudó a levantar al oso, que seguía en su sueñito, pero estaba bien.

Poco quedó de espectáculo por esa noche, y al salir la gente lo felicitaba al Facu por su bravura. Y así se fueron los amigos a festejar en una parrillada por cuenta del Facu. El circo siguió en el pueblo unos días más, pero sin ofrecer el número de Atila como boxeador. Por suerte le armaron al oso un número nuevo con unas pelotas de colores que no representaban riesgo alguno para la salud del animal.

A partir de ese día el Facu quedó como una figura pública en el pueblo, y nadie se volvió a meter con ellos si estaban con el Facu.

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