Aventuras sexópatas en Reñaca

Reñaca. Verano del 2010. Las mejores vacaciones de mi vida. Fiesta, joda, alcohol y una gira extraordinaria con mi prima. Estuvimos prácticamente un mes entero vacacionando por las playas reñacalotudas, primero con mis padres, luego con mis tíos. Fuimos al mismísimo complejo de departamento en las dos ocasiones, y no hubo día que la pasáramos mal. Era mi primera vez en Reñaca (no sexual chorlitos, esa la tuve hace milenios y unos cuántos amantes atrás) sino mi primera vez en la zona chilena. Además, fueron mis primeras vacaciones con mayoría de edad incluida, en la que mis padres me soltaron la rienda y tuve la oportunidad de deschavetarme como nunca.

Dos solteras, tetonas, rubias e inteligentes; sí, eso existe, se paseaban por las playas tirando la mansa facha e intentando pescar algo más que merluzas.

Primeros 10 días: joda, joda, joda, alcohol, más alcohol, joda, chicos, chicos. Nunca estuve mejor alimentada, y no hablo solamente de ayuyas. Me volví elocuente, cosa que no pasaba sin los efectos del alcohol, y me hice amiga de varios muchachos con los que se armó la podrida en numeradas ocasiones. Ojo, no tanto la podrida, nunca llegué al famoso garchangóu pero siempre eran agradables aproximaciones al mismo.

Aventuras y anécdotas tuvimos miles, desde chilenos que estaban de novios y nos llevaron en sus autos a un lugar desconocido con el único propósito de que conociéramos Reñaca (sí, dormilones mal), hasta unos san juaninos con apodos extraños a los que se le hizo vicio invitarnos a tomar té y jugar al rey manda en sus aposentos. Tomar, todas las noches, incluso cuando estábamos carentes de money terminamos comprándonos un pisco preparado de mango en el Santa Isabel y tomándolo escondidas en unas escaleras del Mall.

Para el 31 de diciembre, muy sin planes nosotras, salimos a ver “que onda la noche”. Nos empilchamos divinas totales y salimos a recorrer la zona después de los fuegos artificiales. Los padres: ebrios y próximos a dormirse, así que la noche era nuestra. Fue ahí que conocimos a dos personajes, argentinos para variar en un enero reñacalotudo, porteños (cosa rara) y más ricos que un asado de mollejas y chinchulines. Futbolistas en chile, conocidos en la primera división de allá, nunca conocidos de acá. Por momentos nos sentimos botineras.

Re buena onda los pibes, tomamos algo en la playa, y en un momento de la noche pintó travesura. Nos vinimos con unas botelluelas de vino berreta al complejo de deptos en el que nos hospedábamos (sí, estábamos en pedo y no sabíamos la gravedad de lo que hacíamos) y curiosamente el serenos nos dejó pasar con ellos, recomendándonos ir al salón de juegos para tener más privacidad. Luego nos dimos cuenta, como unas 48 horas después, de que esa zona tenía cámaras de seguridad nocturnas. Ouch.

Nos acomodamos, bajamos unas frazaditas por el fresquete que hacía en ese lugar, y nos dispusimos a enfrentar la noche. Turbia de más. Mi prima en un sillón, arrinconada con su chongo y tapada con la frazada. Yo, con el otro sujeto, sin lugar a donde sentarnos, decidimos entrar a un “baño en construcción” que estaba en el salón. Era como jugar al cuarto oscuro.

Entramos al bañito de 2×2, ya casi sobrios, y el sujeto misterioso me dice con voz apurada y cito: “¡ya! ¡bajate los pantalones!”. Yo, en medio de una oscuridad más negra que el Perla Negra, contesté intrigada y a la vez cagada de miedo: ¡¿Queeeé?! En ese preciso momento el sujeto tomó mi mano y la depositó sobre lo que parecía ser una cartuchera, o un pote de crema para peinar, o una mortadela sin el plástico, o algo sumamente grande que no cabía en ningún lugar, al menos esa noche en esa piecita.

Mis pensamientos fueron: ¿Sin un beso previo? ¿Sin preguntar antes? ¿En qué momento se sacó los pantalones? ¿fue real o solo un invento de mi perturbada imaginación? ¿Qué hago? ¿Tenía puesto un preservativo desde antes de entrar? No supe que hacer, cualquier mujer hubiera estado chocha en mi lugar. Todas las condiciones climáticas se daban para pasarla genial, pero me inhibí. Sentí un sudor frío sobre la espalda, no calor, frío. Y salí despavorida dejando al sujeto sin pantalones en la pieza. Huí como las mejores y con mi mirada de pánico mi prima entendió todo, sacamos volando a los susodichos.

Estuvimos riéndonos durante días por un trauma nuevo relacionado con los potes de crema para peinar y el diámetro del culo de una botella de vino (maginaaaaate). Luego nos preguntamos qué habrá pensado el sereno, y nos reímos unos cuantos días más. 

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