Caleidoscopio: “¿Se pagará el pasaje…?”

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Vero se fue de la embajada de Italia contenta y frustrada al mismo tiempo. El dato de que Vittoria viviese con Robles era importante, pero en ese momento la interrumpieron y no consiguió volver a la conversación anterior. Necesitaba saber más. El silencio de la calle se apagó cuando entró al palier de la planta baja del edificio donde vivía Fran y sus tacos se hicieron protagonistas. ¡Ah, cómo gozaba escuchando sus tacos desafiando con tanta seguridad al silencio! Llegó al departamento de Fran, entró y se sorprendió de escuchar la tele encendida. Buena señal. Atravesó la puerta del cuarto y lo encontró a Fran dormido, patéticamente desarmado entre sábanas sueltas. Sintió un golpe, como un rechazo inesperado. Empezaba a no bancarse que el tipo que amó durante tantos años esté desarmado por una mina que no valía ni la camisa blanca que llevaba puesta. Y que le contorneaba sus pechos de una manera exquisita. Se acercó al espejo del baño y se quitó el saco. Se sabía linda, muy atractiva. Sentía placer al mirarse y darse cuenta del acierto de la ropa que había elegido para potenciar su figura, su cara, toda su potencia de mujer irresistible. Se desabrochó un botón del escote y con sus manos modeló las tetas sobre su camisa. Por el espejo volvió a verlo a Fran desarmado y el rechazo fue más grande. Tenía que hacer algo o perdería a Fran. Bueno, mejor dicho, Fran la iba a perder a ella, porque lo que temía era que ese despojo humano dejase de resultarle atractivo.

Hay procesos que se pueden acortar un poco, pero que no se pueden saltear. Prendió la ducha, desabrochó finalmente su camisa, bajó el cierre de su falda, enrolló las medias sobre sus piernas, desabrochó su corpiño que saltó quedando como una gargantilla de encaje sobre su pecho, se sacó finalmente la bombacha y, sin mirarse en el espejo, dejó todo acomodado sobre una sillita y se sumergió en la tibieza de la ducha. Se sentía tan atractiva, tan segura que cuando salió del agua enfundándose en una toalla y vio que Fran aún dormía sintió el puntazo del despecho tatuarle la necesidad de una venganza. Le llamó la atención no renunciar a ese pelotudo castrado que no reaccionaba con la poderosa sexualidad que implicaba el sonido de la ducha y, sabiendo que estaba cometiendo un error, no controló su necesidad de sentirse deseada, de ver a ese hombre activarse físicamente, endurecerse de ganas, reaccionar de calentura ante ella, ante su cuerpo desnudo envuelto para regalo en una toalla, y apagó la tele, arregló de alguna manera las sábanas, y se puso a su lado.

Otra vez aparecieron las escenas de aquellos años lejanos, de aquel cumpleaños en donde él la había marcado tan fuerte, y volvió a sentir el deseo, volvió a recordar lo que había adentro de la actual chatarra de su persona, volvió a desear que ese tipo la mirase y le dijese que no se aguantaba tenerla cerca sin tocarla, sin sentir su cuerpo, sin reventar en líquidos y sudores. Sí, valía la pena esperar este proceso de mierda. Le acomodó el flequillo, le tocó los labios, acarició sus pómulos, sus cejas mientras lo miraba, hasta que se le ocurrió levantarse un poco y mirar la mesita de luz. Un vaso aún con hielo y la cajita de Alplax lo explicaron todo. Se volvió a acomodar, pero esta vez desanudó su toalla, tomó la mano de Fran, la pasó con suavidad por sus pechos y no pudo dejar de sentir su cuerpo desatomizarse, flotar, relajarse, igual que con el beso en Piazza del Popolo.  Volvió a mirarlo, y tocándole los labios le dijo en voz alta: “Qué suerte que tenés que me gustes tanto, Fran. Qué suerte que tenés…”.

—Estuviste genial, Miguel.

—¡Vos estuviste genial, Cami! Te vi manejarte con desenvoltura, con confianza…

—Porque estabas vos, Miguel. Me sentía tan respaldada que hubiese podido declararle la guerra a Irán.

Miguel se rió y la abrazó.

—Hablé con Vittoria, la que se ocupa de las exportaciones de arte en la embajada, y me dijo que ya las podemos embarcar.

—Pero si no tenemos la plata todavía…

—Este… —Miguel bajó por un momento la mirada—, sí, pero como es muy segura la operación me ofrecieron empezar a embarcar. La idea también le interesa a la embajada.

—Pero, ¿con qué plata vamos a pagar el embarque, Miguel? No arreglamos la naviera, ni la recepción de las obras de la galería allá…

—La embajada… perdoname, no te avisé. La embajada me propuso usar su logística cotidiana y yo le dije que sí. Perdoname, es que agiliza todo, como es Brewster no tienen problema en garantizar los pagos —Cami se quedó mirándolo—. Bueno, ¡vamos a festejar que estamos exportando, Cami!

Cami no alcanzó a elaborar todo, estaban embarcando las obras y ella ya sabía que el programa de exportación de arte de Brewster terminaba en una o dos semanas y con eso terminaba la cuenta, la plata…

—Conozco un lugar con mucha madera, con una puerta doble que comunica a un jardín muy florido donde hacen la mejor fondue de chocolate de todo el Cono Sur.

El “estamos exportando” más “fondue de chocolate” hicieron que Cami sonriera y visualizara un restaurante rústico e íntimo donde su boca rebalsaría de chocolate caliente hasta el hartazgo. Se rió.

—Dale, vamos, Miguel.

El aroma salado del mar se paseaba por la terraza cuando, estando recostada en la reposera, al fin le atendieron el teléfono.

—Hola… sí, soy Margaux, ¿cómo estás?… claro, sí… ¿Cómo está tu familia…? A… ah, qué b… qué bien… Ah, me alegra mucho… sí… sí, sí, oíme, te llamo por… sí, por ese asunto, ¿cómo viene…? Ahá… msí… ahá… O sea que f… Falta un poco, claro… Sí… Sí, sí, bueno, escuchame, escuchame bien. Vos sabés lo importante que es esto… sí, sí, ya sabés lo importante que es, por eso no te estoy llamando todos los días, para que lo hagas con delicadeza, con mucho sigilo… sí, sí… sí, oíme, por más sigilo y cautela que haya que tener, yo no te pago para que resuelvas todo dentro de doce años, ¿está claro? Necesito que me des una fecha… Sí, ahora, dame una fecha… Me estás empezando a poner nerviosa…, dame una fecha… ¡Nah! De ninguna manera, tiene que ser este año, es más, te doy dos meses… No, dos meses… ¡No, Pranna, solo dos meses!

No hubo un final, o una despedida. Solo bajó el teléfono hasta su muslo y, sin dejar de mirar el mar, lo colocó en una mesita ladera a su reposera. Y esa tarde no pasó nada más.

El teléfono vibró y Vero se despertó enseguida. Tardó en reconocer el cuarto, el cuerpo desarmado de Fran, la luz de la tarde… se levantó y notó que estaba desnuda, así que se volvió a anudar la toalla y miró el mensaje de texto del celular. “Llamame”, decía. Se fue a la cocina y llamó.

— ¿Vero…?

—Sí, Pranna, ¿qué necesitás?

—Vero, ¿cómo viene lo de este tal Robles?

—Hasta ahora solo sé que vive con una tal Vittoria de la embajada italiana.

—Pero… ¡epa! Entonces… A ver, a ver si estoy entendiendo. Robles…

—Robles vive con Vittoria, Pranna. Todo lo demás son suposiciones que tengo que seguir averiguando.

—Bueno… bueno, está bien. Escuchame, tengo mucha necesidad de que esa exportación de arte se haga lo antes posible. Me pone muy mal estar llevando a este Robles sin saber quién es todavía.

—Sí, lo entiendo. ¿Me llamás para apurarme con lo de Robles?

—No, te llamo para que tomes la manija con la exportación de arte y la hagas cuanto antes. Ya te relevo del puesto de secretaria de Fran, tenés que ponerte al frente de esta exportación, y para eso necesitás ocupar el lugar de Cami hoy.

— ¿Me estás queriendo decir que me tengo que juntar con Cami?

—No, no hace falta, sino que…

—Pará. Pará, Pranna… ¡Sí hace falta! Seguro que puedo obtener más información de Robles.

Pranna del otro lado del teléfono dudó. Vero iba muy rápido y temía que ella le estuviese ganando camino en algo. A Vero le gustaba Fran, Cami era la ex de Fran, Robles andaba con Cami… iba tema por tema tratando de ver qué se le estaba pasando que Vero estaba viendo.

—Pranna, ¿me escuchás…?

No contestaba, sabía que hablar era decirle que sí o que no, Robles andaba con la de la embajada, la embajada intermediaba con la galería… No, no conseguía ver las intenciones de Vero.

—Pranna…

—Está bien, Vero. Juntate con Cami y hacé el traspaso de funciones, pero, Vero, no te demores ni un minuto en esa boludez, necesito hacer esa exportación ya, ¡hoy mismo si fuera posible!

Vero alzo las cejas y guardó silencio. Rara vez lo había visto a Pranna así de nervioso e intentó visualizar qué era lo que lo estaba presionando tanto. Si Fran estaba en cama porque lo dejó Cami, y Cami estaba con Robles, y Robles quería exportar sus esculturas con Brewster que tiene su sede en Roma…

—¿Vero…?

…y si en la embajada estaba la chica que vive con Robles, y Cami andaba con Robles, y Pranna no sabía nada de Robles a pesar de que Robles se había colado en Brewster, y Fran era de Brewster pero estaba en un departamento…

—Vero, ¿estás ahí?

—Sí, Pranna.

…y Pranna me pide a mí que exporte las esculturas de Robles, y Cami se va a Roma, y Robles se va a Roma… ¿Robles se va a Roma?

—Tenés todos los fondos que necesites, y menos de tres días para que esas obras estén en la galería romana, Vero.

—Pranna, ¿Robles se va a Roma?

—Sí. Bah, supongo…

—Suponés…

—Sí, sup… Tenés razón… No sé. Nunca supe si va. ¿Se pagará el pasaje él?

—Es que me parece que Cami cree que va.

— ¿Se pagará el pasaje…?

— ¿Por qué preguntás lo del pasaje?

—No, no pregunto del pasaje. Es que Robles un día vino a la empresa para que Brewster le exporte sus obras, y no sabemos ni su DNI, no usó un solo billete de Brewster para nada…

— ¿Y cuál es el problema con eso, Pranna? Él puede tener su dinero…

—El problema… el problema es que actúa de la misma manera que actuaría yo si quisiera intervenir en algo y desaparecer sin dejar rastros.

Vero se quedó callada, se sintió confundida y desnuda a pesar de la toalla. No estaba acostumbrada a que le mostrasen que se le había pasado algo por alto. Pranna miraba el escritorio. Acababa de brotar una pesadilla en una mínima charla telefónica. Y salió de él, él la vio, sin embargo estuvo siempre frente a sus narices y ya no había manera de bajar a Robles de la exportación a Roma, ni subirlo. Nadie sabía si iba o se quedaba, y no había herramientas para forzarlo a hacer lo contrario. Los dos seguían callados. Despacio, casi como una letanía suplicante Pranna volvió a preguntar “¿…se pagará el pasaje…?”.

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