Cuento corto: «A contra luz»

Una de esas mañanas sensibles, especiales. Tenía que llevar a mi hermana al colegio, como todos los días del año, y esto me obligaba a levantarme temprano a eso de las 7 de la mañana para poder llegar con suerte a las ocho menos cuarto al colegio. Odiaba tener que comerme la cola matutina del corredor del oeste, pero algo rescataba de esta situación, en otoño por la Av. San Francisco de Asís el amanecer era impresionante. Un hermoso juego de luces que variaban desde el rosado al naranja recortaban en el firmamento las figuras a contraluz, anticipando la salida del sol.

El amanecer me conmovía a tal punto que hasta llegue a detener el auto y sentarme en el capó a observarlo. Miraba detenidamente como la silueta del follaje de los árboles y el perfil urbano perdía definición, y pasaba a un segundo plano cuando Febo comenzaba a hacer su aparición. Me acuerdo cuando era chiquito, mi abuela me decía que si miraba fijo el sol durante mucho tiempo se me iban a quemar los ojos,  que absurdo.

Bueno, esta mañana de la que estaba hablando, volvía del DAD ansioso esperando ver lo que siempre esperaba ver. Se estaba haciendo rogar, los minutos pasaban y yo estaba nervioso, lógicamente, en tres cuadras tenía que doblar hacia el sur y se me iba a imposibilitar la vista. Dos cuadras… una cuadra… Nada. Melancólico emprendí el viaje de vuelta, esa mañana no lo iba a ver en todo su esplendor, me iba a tener que conformar con una miradita por el espejo retrovisor hecho mierda que tenía en el auto.

Estaba frustrado, no soy una persona rutinaria pero me gusta que la naturaleza si sea rutinaria, siempre he sido inseguro, imagínense si el universo me transmite inseguridad. En fin, necesitaba verlo, doblé en dirección este por una calle larga y poco transitada, hice unas 15 cuadras y no había señal de luz, ya abatido decidí volver definitivamente.

Miraba el retrovisor muy de vez en cuando con algo de esperanza (nunca para ver quien tenía detrás, que peligro). De la resignación rápidamente pase al susto,  no podía ser que no amaneciera siendo ya las ocho y cuarto un 27 de marzo.

Llegue a mi casa sintiéndome extraño, es más, había desayunado hacían cuarenta minutos y me sentía en ayuna. Abrí la puerta y encontré todas las luces apagadas y un silencio absoluto, se abre la puerta del pasillo y me encuentro con mi hermana en pijama:

–         Emi… ¿Tan temprano te levantaste? Hoy entro a las 9 y media al cole.

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