Dígame ingeniero

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Es común encontrar, en el círculo de las ciencias exactas, a profesores y profesionales que por quemarse la cabeza durante severos años (dígase severos seis o más), creen que tienen el poder de refregarlo en la cara de los demás, que no sólo se están recibiendo de una profesión sino que van más allá aún…están recibiendo un nuevo nombre. Es típica esa manía de hacerse llamar de tal o cual manera, de abandonar el primer nombre que les dio su mamá para pasar a llamarse “Ingenieros”, “Doctores”, “Licenciados”, etc.

Para un estudiante ya sea de secundaria como de universidad, el hecho de pedirte que te dirijas a un profesor como “el Ingeniero Pascualino” es increíblemente insultante. Es como un acto de sumisión, te piden que te sometas al conocimiento en lugar de transmitirtelo.

Una anécdota interesante sobre el tema es la de un profe de secundaria que tuve, que en el primer día de clases (todos los años hacía lo mismo) llenó, pero literalmente llenó, la pizarra de títulos. Sorprendentemente no era ingeniero ni licenciado, pero tenía unas 15 tecnicaturas y 20 premios que decidió compartir con nosotros, ya fueran “Técnico de Cocina” como “Premio a comer 100 choripanes en 10 minutos”. Fue como si hubiera venido un tipo y nos hubiera meado como un perro…marcando territorio sobre todos nuestros cerebros.

Todos estudiamos, los profesores y los estudiantes. La única diferencia es que nosotros somos la versión más joven de ellos, porque sólo nos separan años. Quién les dice que en un par de años seamos colegas, que entremos a trabajar en la misma empresa que ellos y dejemos de estar a su cargo, o que incluso lleguemos a tener una maestría o doctorado más en algún lugar prestigioso del universo…Lograr eso no nos va a hacer mejores ni peores, sólo “nos hace”.

La verdad verdadera es que la persona que pide a otra que por favor se dirija a él como el título que estudió no tiene identidad. Depende en un 100% de la opinión, aceptación y remuneración de los demás, exigiendo que todos le reconozcan algo que uno debe reconocerse a uno mismo y listo. Cuando estudiás, esperando recibirte como a un delivery de agua en medio del desierto, no lo hacés para superponerte a los demás; lo hacés porque te gusta y tenés que comer y vivir de algo, y no esperás a que vengan un montón de chupamedias a felicitarte, por más buena intención que tengan…te felicitás a vos mismo, porque sos el único que sabe lo que costó, con tus capacidades y tiempos…el único que lo puede valorar.

¿De qué sirve caretear un título? ¿Va a hacerte sentir mejor? ¿Va a hacer que valga un poco más? Gente allegada a mí no entiende porqué no cuento a los demás de mis premios, de mis metas cumplidas referidas a lo profesional…pero lo cierto es que cuando obtengo ese tipo de cosas me autofelicito y sigo camino, porque ganar una batalla no es ganar la guerra; y ese título, premio o lo que fuere no te quita el deber de seguir aprendiendo.  

En definitiva, un título no te da respeto, por más que en las orientaciones vocacionales de todos los preuniversitarios te quemen la cabeza con el tema tanto como la tienen los de la Cámpora alias “fósforos usados”…el respeto no es lo mismo que el miedo, el respeto no se gana con un título sino con “ser un persona respetable”. Una persona es respetable sin necesidad de cadenas nacionales, sin necesidad de igualarse a Dios y sin necesidad de amenazar para lograrlo.

Hay que dejar de pensar en los títulos de universidad, en los cargos de gobierno y en toda esa fruta; hay que concentrarse en ganar el título más importante, lo que yo llamo título de la vida…el de “Ser Buenas Personas”, que es más difícil de obtener que los otros porque para esto no se estudia…sólo se aprende con práctico y no hay profesores perfectos para corregirte en el camino.

El título hay que guardarlo para firmar un papel, no una cabeza.

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