El día que casi muero… de vergüenza

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Para el momento en que acontenció la anécdota que contaré en esta nota, todavía estaba aprendiéndome los nombres de mis nuevos compañeros, todavía había gente que desconocía quién era yo, y gente que ni me había conocido la voz, porque cuando entro a un entorno nuevo me tomo mi tiempo para soltarme del todo. En resumidas cuentas, no digamos que lo mio era el anonimato absoluto en el nuevo entorno laboral, pero si un anonimato sano para los escasos 15 días que llevaba en la empresa.

Una mueca del destino hizo que el día de esta historia coincidiera con un Martes 13, y no pude evitar preguntarme si realmente fue una mueca del destino, o el destino cagándose de la risa simple y llanamente.

Entré al comedor en que almorzamos todos los días los 50 empleados. Paso por la línea de comidas y me sirven el menú del día: Bife con puré de papas. Dada mi reciente incorporación, no me sentía en condiciones de objetar la calidad de la comida, o ponerme en exquisita con lo que me servían, asique acepté de buena gana el mismo tipo de bife que en la semana anterior había probado estar cocido al punto zapatero… suela de zapato. Pero el hambre pica a las 13hs, y para colmo ese día, había tenido que llegar unos minutos más tarde, porque había tenido que terminar un reporte.

El retraso de pocos minutos había sido suficiente para que al llegar al comedor, el nivel de ocupación ya fuera full, full. 100%. Asistencia Perfecta. Quedaba únicamente un lugar en el mesón de mi sector, al lado de mi nuevo jefe. Hombre cincuentón, alto, imponente, de voz grave y por ello imposibilitado de pasar desapercibido.

Mientras conversaba del partido de tenis que había jugado Djokovic contra Nadal el fin de semana anterior, corté el primer pedazo de bife y me lo llevé a la boca. Por un segundo pensé “¡Qué hdp este cocinero, está más suela que la semana anterior!” Este pensamiento me hizo considerar masticar bien antes de tragar el alimento, pero mi ansiedad pudo más y me aventuré a enviar el trozo de bife hacia mi esófago. Craso Error.

Escasos segundos después de mi desafortunada decisión, tenía obstruido cualquier ingreso de aire, situación desesperante por demás. Atiné a pararme y empezar a hacer la señal universal de atragantamiento, llevando mis manos a la altura de la garganta y mirando al impávido compañero de trabajo que estaba del otro lado de la mesa. Los segundos que tardaron los 7 integrantes de mi mesa en darse cuenta que no estaba jugando al “Dígalo con mímica”, sino que la situación era real, se me hicieron eternos.

Mi desesperación fue interrumpida por la sensación de un cuerpo que se apoyaba sobre mi cuerpo por detrás. Sentí la altura de mi nuevo jefe haciéndose aún más imponente mientras presionaba mi pecho desde atrás, y en esos microsegundos tomé conciencia de la situación vista desde afuera. Por un instante dubité entre si prefería morir de asfixia o tener que seguir trabajando en esa empresa después de la escena cuasi-coital perruna que estaban evidenciando las 50 almas que ahora observaban expectantes la situación. A la par de que todo esto corría por mi cabeza, mi jefe me atestaba un pechón desde atrás, y el segundo pechón un instante después con la intención de lograr que expulsara aquello que no me estaba dejando respirar. Al mismo tiempo, yo rogaba poder contener la velocidad de la expulsión para no terminar escupiéndole la comida al colega que se encontraba en frente. Y al tercer empujón, logré volver a respirar. El trozo de carne cayó sobre la mesa, inerte, indiferente, abstraído totalmente a la situación que acababa de provocar, como un pedazo de bife, básicamente.

Cuando logré respirar nuevamente, inútil e infructuosamente me senté en mi silla nuevamente, como si nada hubiera pasado, como cuando uno se cae en la calle y cree que por levantarse rápidamente, habrá evitado ser visto, agarré los cubiertos mientras mis manos temblaban y procedí a seguir la frase que estaba diciendo sobre el partido de Djokovic-Nadal antes del episodio, pero tuve que salir de esa fantasía cuando todo el comedor empezó a aplaudir a mi jefe y a acercarse a preguntarme “¿Andrea, cómo estás?” (Avergonzada, ¿no se nota?) “¿Te ahogaste?” (No, pensé que era apropiado actuar una escena de sexo con ropa con mi nuevo jefe), “¿Ahora podes respirar?” (Ehhhh… parece que sí) y demás preguntas obvias que sólo hacían que sintiera más ganas de que la tierra me tragara…

Y así es como fui conocida de manera veloz en toda la base Mendoza, y el episodio de mi atragantamiento siguió siendo contado aún meses después cuando en un curso de primeros auxilios, una diapositiva señalaba “Los episodios de asfixia suelen darse en personas con capacidades disminuidas o problemas con alcohol o drogas” Bien. No da para ponerlo en mi curriculum entonces.

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