El día que mamá descubrió mi primera porno

Existen muchas cosas que marcan la adolescencia de un muchacho, y una de ellas sin lugar a dudas es que quién te diera la vida, encuentre tu pornografía.

Todo empezó un día cercano a esta fecha. Lo recuerdo bien porque faltaba muy poco para mi cumpleaños número doce. Como todo púber en pleno desarrollo hormonal y descubrimientos majestuosos de cosas que podía hacer con el cuerpo y no estaba al tanto, lo único que pensaba en ese entonces era en mujeres y de qué forma podía llegar a copular con ellas (igual que ahora).

La diferencia del niño Conep en ese entonces al niño Conep actual, es que en ese entonces no existía internet, ni celulares, ni videítos que podías mandarte por whatsap; el material con el que contábamos eran almanaques porno, revistas porno, VHS porno con una música de fondo horrenda, Unovisión trasnoche y la creme de la creme eran los codificados.

Tres días antes de mi cumpleaños, el grupo de amigos del barrio en una pseudo reunión de baldío me comunicaron lo siguiente:

– Conep, con los chicos hicimos una vaquita para comprarte una revista porno por tu cumple

No lo podía creer. Una revista porno completa solo para mí.

– Gracias chicos, ¿Dónde está? ¿La puedo ver?

– Y… de estar, está en el puesto de revista de la calle Libertad y Bandera de Los Andes (Villa Nueva). Nadie se anima a comprarla, así que acá está la plata. Y después nos la tenés que prestar.

Tomé los 22,50 y encaré para el puestito. “Comprate la Private, es la mejor” me aconsejaron.

Todos los que compramos porno en algún lugar público, sabemos que las tenían estratégicamente colocadas siempre en el mismo lugar: bien arriba a la izquierda.

Pasé una vez medio mirando de refilón y nada. Volví a pasar y nada. No las podía encontrar. Y es que hacía poco había salido una ley chota que obligaba a envolverlas en un plástico de color para que no se exhibieran las minas en bolas en plena luz de día.

– Buenas… ¿la Private puede ser?

El viejo se sonrió y me la alcanzó en una bolsita. La enrollé y corrí para el barrio. En el camino  analizaba la situación y no lo podía creer. Yo, Conep, con una porno solo para mí, poder verla cuando quiera y cuantas veces se me antoje. Era una sensación de libertad que dejaba a un lado mi imaginación para ver detalladamente fotonovelas y sesiones de cámara con un acercamiento de zoom corporal nivel Dios.

Hasta que… a una cuadra de mi casa me percaté del escenario. Yo, seis de la tarde, porno en mano, primavera (por lo que no tenía forma de esconderla en el los cortos que llevaba), familia en casa… ¡¡¿¿CÓMO MIERDA METO LA REVISTA A LA CASA??!!

Seguí de largo y di una vuelta más a  la manzana mientras intentaba idear algún plan. A la casa de ningún amigo iba a dejarla porque eso era un pase a no verla nunca más. Dentro de la ropa imposible, se notaba a leguas. Caer como si nada con una bolsita y una revista era seguro que me iba a pedir ver que llevaba ahí. Hasta que opté por tirarla al patio y después buscarla. Y así fue.

Lamentablemente nunca se me cruzó por la cabeza que mi vieja podía a estar en el patio. Sentada. Tomando mate. Con mi prima más chica. Y mi tía.

Sinceramente le pregunto a Dios: ¿en qué cabeza cabe que tres mujeres van a estar tomando mate sin hacer ruido siquiera para que me avive?

Y así fue como pase por la vereda, estiré la mano y largué la revista calculando justo que cayera en medio de la mesita plástica, tirando todo, haciendo un quilombo bárbaro y logrando que mi vieja grite de forma despavorida. Ante tal situación inesperada no hice más que hacer lo que jamás debería haber hecho: correr en dirección al frente de la casa, osea, justo donde está la puerta del patio.

Sí, me descubrieron, sintiéndome como un pendejo sátiro que pensaba ver mujeres desnudas una y otra vez. Como una lacra peor que un profanador de tumbas. Como un ladrón de limosna dominical.

Mientras mi tía se reía y mi prima más chica no entendía nada, mi vieja con una calentura nivel Dios sacó una fuerza sobrenatural y al grito de “PENDEJO DESUBICADO” rompió la revista. Con plástico y todo.

Entré a la casa, me metí en la pieza y lloré. Lloré porque de tenerlo todo pasé a no tener nada. Mi corazón estaba partido de peor manera que cuando la Claudia me dijo en sexto grado que no gustaba de mí.

Pero pasó el tiempo y mi vergüenza estar frente a toda mi familia se fue apagando de a poco hasta que todo volvió a la normalidad. De todas formas, claramente es una anécdota que jámas se contó, cuenta o contará los domingos en la mesa, no porque quede como un pajero, sino porque es obvio que voy a quedar como un boludo.

Esta nota está dedicada a esa revista Private Colección Primavera que jamás alcancé a ver.

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