El mejor boxeador del mundo fue mendocino Cap. 4/4

Capítulo 4

Pronto llegó el momento de su primera pelea, y mientras que todos aplaudían la sapiencia con la que el “Mágico” Sosa eludía los golpes, él solo pensaba en las reprimendas del padre si lo veía lastimado. Los meses siguieron pasando y el ranking de “el Mágico” se mantuvo invicto. Así comenzaron las ofertas por peleas y con ellas el ingreso de guita.

Al “Mágico” le entraban unos escasos golpes de rebote y conectaba rápidamente a su oponente en una feroz seguidilla de directos y ganchos, pero fue su poderosísimo swing de derecha lo que lo catapultó al éxito en el boxeo. Se agachaba hacia la izquierda e instantáneamente se los conectaba en plena acción, sin darle a su oponente la opción de esquivar. Era demoledor.

Una tarde llegó del colegio a la carnicería y su padre estaba distinto. Un halo de preocupación le bañaba el rostro, se podía ver en sus ojos la preocupación e incertidumbre.

– ¿Viejo que pasa que tenes esa cara? – preguntó el Miguel.

– Nada…

– Dale papá… contame – preguntó con temor a haber sido descubierto.

– Vinieron del banco.

– ¿Y?

– Me quieren meter un embargo por una deuda.

– ¿Deuda de qué?

– Hace unos años saqué un préstamo para agrandar la carnicería, el banco se fundió, había pagado algunas cuotas y no vinieron más a cobrarme. Nunca entendí bien que pasó, pero creí que no iban a volver más… la cosa estaba fulera.

– ¿Y cuánto debes?

– Mucho…

La depresión de Don Alejandro lo tenía apagado, el Miguel se temía lo peor, su viejo ya no era un pibe y su carácter no le había ayudado a tener un corazón abierto a disgustos. Tenía que darle una mano a aquél que le dio la vida. Una vez que supo el monto de la deuda comenzó a pensar alternativas.

Al otro día se juntó con el Perro Dorostiaga y le contó la situación. Luego de buscar posibles soluciones entre los dos, llegaron a la conclusión que la noche anterior había llegado el Miguel… había que pelear por guita.

El Perro estaba reticente a esta idea, pero en el fondo sabía que la guita negra de la pelea era la única manera de darle una mano al Miguel y su viejo, así que organizó todo para ese fin de semana, de manera clandestina, en el gimnasio.

Con tan solo quince años el “Mágico” Sosa debutó como peleador, ante Ramiro “el lagarto” Bermúdez. Bastó solamente dos rounds para que el Miguel sellara a fuego el motivo por el cual lo llamaban “Mágico”. Esa misma noche se fijó fecha para el fin de semana siguiente, contra el “Chucho” Galtez.

Pasado un mes se tuvieron que mudar a un galpón de Palmira, porque las clandestinas habían sido un éxito y venían de todos lados para disfrutar el show del “Mágico”, quién no podía figurar en ningún lado porque si Don Alejandro se enteraba de que estaba peleando lo mataba… o se moría de un infarto.

Así comenzaron las peleas en los depósitos del gordo Clop en Palmira. El “Mágico” Sosa se surtió al “Gringo” Viccenti, al “Sabueso” Martell, al “Chueco” Pardón, al “Látigo” Sconfianzza, al “Bola” Rocha, al “Nudillos” Herrera, al “Fantasma” Frigerio, al “Facha” Puelles, al “Nariz” Juárez y a muchso novatos que querían ganar plata.

Al cabo de tres meses el “Mágico” faltó al colegio y apareció en el banco con un bolso lleno de guita en efectivo para cubrir la deuda de Don Alejandro. Esa misma mañana corrió hacia su hogar con los documentos que indicaban que la deuda estaba saldada.

Llegó a su casa y estaba Don Alejandro con su cara arruinada. Le mostró los papeles donde decían que la deuda estaba saldada…

– Bien… ¿pero cómo?

– ¡Yo la pagué viejo!

– ¿Con qué?

– ¡Con plata mía papá! ¡Ya está todo pagado!

– ¿Y de dónde sacaste vos esa plata?

La explicación comenzó en el salón de ventas de la carnicería y terminó en el gimnasio del Perro Dorostiaga, con un Alejandro Sosa completamente fuera de sí, sumido en una ira infernal, un Miguel castigado, con el labio roto y un Perro con un ojo en compota y una sarta de amenazas que iban desde denuncias policiales hasta la muerte.

El Miguel estuvo en penitencia durante tres meses, solamente salía de su casa para que Don Alejandro lo llevara al colegio y lo pasara a buscar. Tenía prohibido salir, entrenar y hablar con alguien. Solamente podía estudiar e ir al colegio.

Terminado el tiempo del castigo se acabó el cuarto año del colegio. Don Alejandro no permitió que su hijo entrenase nunca más y le hizo prometer a base de amenazas fuleras que el Miguel no volvería a tocar un guante y a pelear jamás. Las reprimendas fueron más fuertes que los sueños, así que el Miguel, como siempre, le hizo caso a su padre.

Entonces fue así como terminado su secundario se sumió en la carnicería de la familia y se dedicó a trabajar día y noche sin parar. Con el tiempo engordó, conoció a una mujer, se casó, tuvo cuatro hijos y jamás volvió a pelear. Hoy se lo puede ver vendiendo carne con una tristeza y una nostalgia en los ojos digna del más melancólico de los seres humanos.

Él nunca lo supo, pero el Perro Dorostiaga se cansó de difundirlo por cuanto lugar pisaba: En Mendoza vivió el mejor boxeador de la historia, Miguel “Mágico” Sosa.

FIN

 

gordo

 

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