El misterioso viejo del puesto

A ver, no soy muy de contar estas cosas por lo típico, no me gusta que después me tilden de loco, pero esta les puede servir, por lo que a mi atañe la primera parte es un hecho verídico ciento por ciento y que paso en mi finca, Concretamente me paso a mí. 

Tenía unos 20 años (hoy tengo 38) y solía quedarme solo en el campo de mis viejos, una finca bastante grande, que en uno de sus límites tiene la casa donde nos quedábamos a dormir varias veces por semana ya que mi viejo es agricultor y en la temporada le gusta estar ahí, al pie del cañón.

Muchas veces se venían al centro y a mí me dejaban solo en esa casa, más que nada para que alguien de la familia quedase encargado de lo que pasaba en la propiedad, esas ausencias de mis viejos podían ser de un solo día o a veces de varios pero hasta ese momento yo no era miedoso así que no me importaba. Es más lo disfrutaba.

La casa es bastante grande y tiene un gran jardín y no muy lejos, a unos ciento cincuenta  metros, hay otra casa donde vive Pedro, el tractorista y unos perros .

Esa noche estaba viendo TV, bastante cansado y con hambre. Tanto como  para vencer el cansancio y decidirme a ir al galpón, sacar la camioneta de mi viejo (él siempre me la dejaba y se iba en el auto) e ir al almacén de la zona a comprar algo porque nada de lo que tenía en la casa me gustaba, de paso podía visitar a mi novia (la hija del dueño) y aprovechar para quedarme a cenar (según mi suegro yo ostentaba el cargo de “cenador” vitalicio en su casa). 

No lo pensé dos veces, el tanque de agua de la casa estaba vacío pero el pozo no, (tenemos una pileta donde cae el agua del pozo de riego, es chiquita, solo para recoger el agua y mandarla por la acequia) así que salí y me di un chapuzón como para no apestar tanto, eran las nueve de la noche y la única luz que había eran las luces exteriores del galpón, a unos diez metros de la pileta y la luz propia del pozo, un foquito miserable que alumbraba menos que una vela, pero bueno, se veía. Me lave lo mejor que se se pudo, teniendo en cuenta la temperatura de la noche y sobre todo la del agua.

Salí rápido y cagado de frío, en eso (acá empezó la joda) se cortó la luz, no estaba tan oscuro como para que no se pudiera ver, por lo menos al aire libre. Me seque y pensando como carajo iba a sacar la camioneta del galpón, ya que la oscuridad ahí si era absoluta y hay que abrir varios candados y está lleno de cosas se me iba a complicar un poco. De todas maneras era cuestión de llegar hasta la camioneta nada mas ya que de ahí con las luces de la camioneta se me simplificaba todo. Cambiado y limpio agarre las llaves de la camioneta, cerré la casa, y mientras caminaba hasta el galpón escuche pasos atrás mío, mire, pero no vi nada. Ya bastante inquieto me apure a entrar al galpón, pero mientras lo hacia escuche un murmullo suave, muy claro, me hablaba a mi, me llamo por mi nombre ¡Ni decir que me cague entero! Se me cayeron las llaves y me pegue en la cabeza con el marco, pero ni lo sentí, lo único que hacia era mirar para todos lados.

Como pude y tanteando abrí el candado y entre al galpón a los tropezones, otra vez el susurro pero encima mío, como si quien me hablara lo hiciera sobre el hombro, muy cerca “… Ariel … Ariel …” Salí corriendo del galpón, esta vez, no sé ni cómo hice, porque no me tropecé con nada, corrí a la casa, pero había soltado las llaves así que no pude entrar, todo un tema teniendo en cuenta que al galpón no entraba de nuevo ni en pedo. Se me ocurrió ir a la casa del tractorista, total no era tarde, empecé a correr pensando en una excusa para que el tipo me dejara quedarme ahí con él, con los pasos sonando ahí cerca atrás mío… un “incentivo” que me hizo correr como nunca.

Cuando llegue, con el miedo que llevaba di unos golpes que casi le tiro la puerta al pobre viejo,  que salió más asustado que yo a ver que pasaba, y yo le largue todo tal cual me había pasado sin excusas, le pedí que me dejara quedarme ahí con él y su señora porque solo en la casa yo no me quedaba. Le dije que escuchaba voces… pasos… total, me daba igual lo que pensara. Para mi sorpresa me dijo que a él le pasaba todas las noches y que aparte de voces y pasos sentía que alguien lo miraba e incluso que en un par de ocasiones había sentido que “algo” lo tocaba….

De  inmediato me pregunto dónde estaba Sultán, mi perro, que raramente se separaba de mi cuando no estaba en la casa y la verdad ahí recién me di cuenta que no lo había visto desde hacía rato, según me explico era normal, que los de él siempre se escondían cuando le pasaban esas cosas y me dijo que era inútil buscarlo hasta el día siguiente.

Estuvimos toda la noche hablando en la cocina de su casa, tomando mate me contó varias cosas  que le pasaron a él, no solo escuchar que lo llamaban sino ver “cosas raras” y, a medida que me contaba se iba soltando, hasta que me dijo, que me iba a contar algo, que con lo que me acababa de pasar se lo iba a tener que creer .

Según me dijo, casi todos los días aparecía un hombre viejo, del otro lado del alambrado, que todos en la finca lo conocían y se apartaban de él, pero siempre alguno caía y le daba conversación, alambrado de por medio, aprovechando para descansar un poco. Me lo describió como un hombre de unos 70 años, siempre con un cigarro en la boca, rotoso y evidentemente borracho, que preguntaba sobre los dueños de la finca y el trabajo que se hacia allí, cuanto les pagaban y a quien debía pedirle trabajo. Todos al verlo al “pobre viejo” le decían que no había trabajo, porque parecía que de pedo se tenía en pie, a lo cual el tipo saludaba y seguía camino calle arriba, medio rengo.

Según Pedro el tipo inspiraba más lástima que miedo y más de una vez el le había dado algo de comer (o de tomar, supongo) y que no se veía raro,  más que nada lo evitaban por cansador .

Un día, Pedro no tenía nada que hacer, acababa de terminar de lavar el tractor (era sábado) y estaba solo en su casa, a eso de las doce preparándose algo de comer. Cuando sintió que aplaudían afuera de su casa, era el viejo este que le hizo la pregunta de siempre, cuando podía hablar con mi papá para pedirle trabajo, él lo despacho rápido diciéndole cualquier cosa, porque estaba cansado, y quería almorzar, pero se arrepintió ni bien entro, agarro un par de paquetes de mercadería con intención de darle al pobre viejo que se veía peor que nunca,  cuando salió no lo vio más, era imposible que hubiese caminado tan rápido, y cerca de esa casa no hay donde esconderse, se cruzó el alambrado saliendo a la calle para ver mejor y ahí nomás se arrepintió.

Donde estuvo parado el viejo la calle era de tierra muy suelta, muy fácil de dejar huellas, pero las únicas que había aparte de las de él, eran de un animal, y coincidían perfecto donde había estado parado y en la dirección hacia donde se fue, además se terminaban de golpe unos metros más allá.

Medio que no le creí el relato y dije este está aprovechando lo que me paso para tomarme el pelo, él se dio cuenta y me dijo que eso no era lo peor, lo peor es que cuando lo contó en la finca a varios les había pasado lo mismo, por lo que se pusieron de acuerdo y fueron caminando por la calle en la dirección que siempre pasaba el viejo, fueron todos, la calle no llevaba a ningún lado, terminaba entre la maleza…

Uno de ellos, en el almacén, de puro bocón, contó lo que pasaba y le preguntaron que como era el viejo, cuando se los describió todos cambiaron la cara. El “viejito” era Don Camilo, un finquero de la zona, que cuando joven fue puestero, pero hizo un trato con “el otro” y se había hecho muy rico de golpe, después de un tiempo perdió todo por malos negocios, así que sus últimos años los paso viviendo medio loco en el monte y buscando trabajo para comer, se decía que todas las noches le reclamaba a los gritos al diablo que no había cumplido su parte del trato…

Esto en el almacén lo confirmaron, además me dijeron que cuando salía de noche, llamaba a todos por el nombre, despacio, para no asustarlos…

Escrito por: Ariel Mammoli 

 

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