El soñador

 

“El universo siempre conspira a favor de los soñadores”

Paulo Coelho

Nació desde el suelo. Desde el lugar donde todos nacemos y –la mayoría- elige quedarse. Desde chiquito se lo veía distinto al resto. Una mirada perdida, una curiosidad insaciable y una sonrisa despreocupada que no se borraba fácilmente.

Esos primeros pasos que dio en tierra le podrían haber servido para caminar, pero fue poco el tiempo que se mantuvo pegado a la superficie antes de empezar a volar.

Siempre creo sus fantasías, alteraba su realidad con lo que su pequeña mente le permitía trabajar. Donde todos veían un objeto, el veía una historia. Donde todos hacían cosas sin pensarlo, el siempre encontraba el juego. Donde todos caminaban en un tamiz gris, el siempre le colocaba color a cada uno de sus pasos.

Es más barrilete que cósmico este pibe” decía su maestra de primer grado, “pero es sin duda un niño especial”

Su primer década de vida fue mejor que cualquier otra. Todos cuando somos pequeños tenemos cierto grado de ruiseñores, y él con sus amigos podía mostrarse tal cual era. No hubo más que risas y mundos que explorar en ese pequeño patio que la escuela les proponía en cada recreo. ¿Cuántas cosas en la vida pueden compararse con la belleza de ver a niños jugando felices sin ningún problema en mente?

La realidad se dejo estar un tiempo, antes de jugar sus primeras cartas.

Es gracioso y hasta irónico. La mayoría de la gente asocia la madurez personal con una necesidad de “convertirse en alguien más serio”, con una necesidad de volverse otro engranaje monótono en esta máquina que llamamos sociedad.

El siempre vio la madurez como algo distinto. Quizá como la capacidad que tiene cada persona de mostrarse en toda su virtud y patetismo sin miedo al qué dirán.

Pero cuando empezó a crecer y empezó a encontrarse con un mundo cada vez más crítico sintió por primera vez su llamado a tierra. Ese llamado que la madurez de la sociedad quería imponerle.

La adolescencia nunca es una época fácil para los soñadores. El realismo es la única ley de la normalidad, y si no sos normal, si no estás acentuado en la superficie, no podes caminar a la par de los que están alrededor tuyo. El sintió esa presión y trato de bajar lo más que pudo, pero sintió la deliberación que había por ese chico “que andaba siempre con la cabeza en otro lado”.

No encontró más cómplices para su creatividad y tuvo que recurrir a otras actividades para mantener su espíritu engañosamente en lo alto.

Así fue como descubrió el teatro, la música, la prosa…

Encontró en cada una de esas pequeñas actividades un escape a la “normalidad” que tan quejosamente trataba de prevalecer.

En ese trayecto aprendió a escribir con algo de propiedad, aprendió a tirar algunas canciones de la guitarra y a cantar, aprendió a abrirse emocionalmente en un escenario…

Pero también aprendió porque adolecer es otra forma de decir dolor.

Crecer fue difícil, en un mundo donde el que no sigue una línea recta se lo considera totalmente desviado. Fue señalado con el dedo incontables veces, desprestigiado y hasta insultado por no dejarse atraer por esa invariable a la que cada uno llamaba existencia.

Termino la secundaria y escogió una carrera, lejos de lo que hubiera querido seguir, ya sea por lo mal visto de sus carreras soñadas, o la presión de su familia para que pudiera seguir un futuro en el que “no se tuviera que cagar de hambre”.

Así fue como, por muchos años, sintió como las cadenas lo tiraban hacia el suelo. Ese suelo que llamaban realidad y a la que él se tenía que apegar para no “caer en desgracia”.

Se recibió. Se consiguió 50 horas semanales de trabajo, un auto y una casa, y un vació en alma que ya sus actividades extralaborales no podían llenar.

No estaba solo. Pero se sentía solo. ¿Cómo hace la gente para vivir vidas enteras haciendo algo que no es para lo que nacieron?

Sus pies tocaron el suelo cuando llegaba casi a sus 30 años. Tenía todo lo que muchos soñaban, pero ante sus ojos eran un mero trofeo. No era su paraíso, no era el motivo para dibujarse una sonrisa todos los días al levantarse.

Solo encontraba regocijo en sus noches largas de descanso, donde imaginaba a través de sueños como sería este mundo si cada uno hiciese lo que su corazón le dijera.

Un día pudo sentir su cuerpo frío, completamente anclado al mundo. No había más un niño feliz que se dejaba ilusionar por todo lo que pasaba –o no pasaba- alrededor suyo.

Se dio cuenta que no tenía motivos para seguir viviendo así, que incluso siendo tarde, todavía tenía su posibilidad de encontrar lo que siempre busco. No le tuvo más miedo al mundo ni al fracaso. No tuvo miedo a dejar todo lo “mucho” que tenía en vista de encontrar algo que lo llenara.

Dejo todo atrás. Su trabajo, sus pertenencias y esas cadenas que lo plantaban a la existencia.

Recorrió el mundo. Se dejo encantar por todo lo que no se permitió conocer en su pasada vida, fue revoltoso y despreocupado, y no le importo mostrarse así.

Encontró que también su talento artístico no era una habilidad vacía. Llego a ser muy reconocido en ciertos lugares. Llego a contagiar al mundo su alegría, y su mensaje. En un show conoció a una mujer, otra bala disparada al cielo que lo enamoro con sus fantasías.

Vivió, ya viejo, lo que siempre quiso vivir. Un arte. Una familia. Una vida sin riquezas físicas en demasía, pero con todos los colores que uno podría pedir.

Un hombre que podía crear un mundo soñado y que ya no tenía el miedo para plasmar tal sueño. Que vivió muchas penas y fracasos, pero nunca se rindió por su ideal.

Una noche, ya muy anciano, pensó en lo que había logrado. En el mundo que le había dejado a sus hijos, y que distinto hubiera sido todo si solo se limitaba a ser el profesional de rutina que la realidad quería que fuese.

En los brazos de su familia, en el cielo de sus expectativas y en el regocijo de una vida imperfecta pero completa, dejo esta existencia, una existencia mejor por el simple hecho de su humilde paso, para hacer lo que siempre se le dio hacer mejor…

Seguir soñando.

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