El viaje

Caminaba en círculos. Pequeños al principio, como si sus pies se tropezaran una y otra vez. Comenzó a marearse y los círculos se agrandaron, una pregunta resonaba en su cabeza.

¿Por qué? ¿Por qué? Necesitaba tomar una decisión. Esas paredes se cerraban. El espacio ahogaba, irónicamente el lugar era enorme. No alcanzaba un día entero para recorrerlo con detenimiento. A pesar de eso, se cerraba a su alrededor. Se volvía asfixiante rápidamente, el oxígeno faltaba y boqueaba para respirar, para absorber la mayor cantidad de aire.

¿Ansiedad? ¿Angustia? ¿Temor? No podía precisarlo. Todas las emociones daban vueltas en su interior. ¿Seguridad? ¿Ego? ¿Superación? Nunca había sentido realmente eso.

Viajar. Sí, esa es la solución armar la valija, subirse al auto e irse. Lejos, muy lejos. ¿Escapar? Sí, escaparía. Durante quince años realizó la misma tarea, en el mismo lugar y si preguntaban su nombre no podrían decir siquiera cuál era su escritorio. Siempre fue una sombra, su personalidad era introvertida, no socializaba. Nadie notaría su ausencia.

Empezaría a empacar las cosas, total tiempo de arrepentirse siempre hay. Bolsas, necesitaría muchas bolsas. La humedad podría pasarse a sus ropas y no era adecuado. Ya demasiado frío interior sentía como para soportar un suéter frío rozando su piel. ¿Guantes? No lo había pensado.

Se dirigió a la cocina y agarró un montón de bolsas. Había que clasificar, qué se llevaría y qué cosas arrojaría al contenedor de basura. Decidió armar otro bolso, era mejor asegurarse que la humedad no llegara a la ropa. Tomó entre sus manos el delicado objeto, lo metió en la bolsa y dulcemente lo guardo en la maleta. El resto a la basura. No tenía sentido llevar cosas innecesarias. Terminó de guardar sus cosas personales. Limpiar era el siguiente paso, no se puede abandonar un lugar sin dejarlo impecable. No se sabe quién vendrá a vivir después.

Tomó la ruta, tranquila ruta a la hora de la siesta, prendió un cigarrillo y disfruto la sensación de libertad que entraba por la ventanilla baja. Encendió la radio, la música invadió el ambiente. Subió el volumen y cantó. Libre, hacía tanto tiempo que no se sentía así, sin reproches, sin gritos, sin palabras hirientes… La estación de servicio apareció de pronto, un café…necesitaba un café. Se sentó y el vapor de esa pequeña taza apareció ante sus ojos, y de pronto, como un rayo cayó el recuerdo. Había olvidado lo más importante. Regresaría, en definitiva sólo estaba a cincuenta kilómetros y no podía dejar atrás el objeto más importante. Qué descuido, no podría dormir sino lo tenía. Ya de regreso a la ruta, habló al silencio del automóvil: “Mauricio, envolví tu corazón con tanto amor, lo metí en la maleta para tenerlo cerca toda la vida. ¡Pero no podía irme sin tu cabeza! ¿Qué labios besaría antes de dormir?” Y se alejó sonriendo.

Escrito por Pupy para la sección:

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