Escuadrón de cocodrilos

“Mirad, mirad bien el camino de la droga antes de viajar por él y liaros con las malas compañías.”

El almuerzo Desnudo, William Burroughs

Guerreros incansables estos cocodrilos, tienen la cara pintada para la guerra y el hacha en la mano musculosa. El ataque que cometen es feroz, sistemático e inextinguible. Avanzan como una legión romana, con su gallardía y sus ansias de sangre ajena en la boca. Estos cocodrilos son sociópatas, mala gente, perversos y juguetones. Se ríen entre dientes mientras masacran; tienen los ojos desorbitados y las pupilas con colmillos afilados, aún más que los de sus fauces; con ansias de escuchar al caído pedir clemencia y negársela. Saurios cerebrales que, desde el papel de aluminio, suben por el tabique nasal y van llenando de dureza a la humanidad.

El Flaco es buen tipo, con salidas ocurrentes y siempre dispuesto a convidar un cigarrillo, hasta que se le ocurre ir a la triple frontera, más del lado de Maipú que de Godoy Cruz y Luján. Va a la casa del otro flaco, el dealer, y le entrega los 200 pesos ganados con sudor y mala gana haciendo changas, arrugados en un bollito de billetes de 10 pesos. Se trae un papel cortito de merca, muy cortito, muy rebajada. No le importa ni el calor, ni la policía ni los soldaditos de los dealers rivales, sólo quiere llegar a un lugar seguro, a la plaza del barrio, comprarse un porrón y sentarse bajo un árbol hasta consumirse y convertirse en una sombra de Hiroshima.

Toma de a poco la cerveza y va escatimando la fafafa para que dure, para que dure mucho, que dure toda la vida; pero no es así, en forma rápida va menguando la montaña de cristales blancos hasta que no queda nada. Ahí empieza el carrusel.

El escuadrón de cocodrilos avanza asolando, no toma prisioneros. Se comen al amor, a la conciencia y a la ética.

El Flaco tiene esposa e hijos y los ama incondicionalmente. Hace dos días que no los ve ni sabe nada de ellos, necesita juntar otros 200 pesos, no tiene tiempo para nada más. Pero no consigue la plata. Busca deudores imaginarios, inventa negocios estrafalarios e intenta vender un riñón y aún así no llega ni a la mitad del valor de un papel de merca. Entonces llega el mal humor sumado a una sed que se calma sólo con un beso del Diablo; el Flaco cree que todos están en su contra porque nadie le da plata.

El escuadrón se divide en dos para tomar ambos flancos; saquean los recuerdos, los confunden, los desaparecen. La estructura del pensamiento va cambiando bajo un tsunami de dopamina; algunos cocodrilos llevan lanzallamas e incineran la frágil resistencia de la lucidez.

El Flaco con el poco dinero se compra un par de cajas de vino y se las toma caliente, en sorbos largos y mal controlados que le llenan la ropa de tinto. Cada vez está más furioso; cuando se le acaba el vino es peor, empieza a buscar pelea con cualquiera que pasa.

Los cocodrilos van rompiendo conectores en las neuronas, la línea entre el bien y el mal es pisada por las tropas hasta borrarse. El último bastión está por caer.

El Flaco no ve al móvil de la policía que se acerca, está enfrascado en una discusión con una señora que no le quiere dar plata. Antes de que se dé cuenta el Flaco está esposado en el asiento de atrás del patrullero; en el interín le quiso pegar a un policía, la empujo a la señora y rompió una de las balizas azules. Después de salir de la comisaría pasa por su casa, discute con su mujer e intenta pegarle delante de los chicos, hasta que intercede su cuñado; se trenzan en una pelea, el Flaco nunca supo cómo llegó el tramontina a sus manos para luego clavarse en el estómago del otro. El cuñado fue a parar al Central, el Flaco a Contraventores para ver si lo suben a San Felipe.

No ha quedado nada, sólo cimientos humeantes, todo se ha convertido en cenizas. Los animales se quedan hibernando mientras el Flaco va en la leonera por la Arístides hasta la Casa de Piedra. Los animales se autofagocitan, entonces él los alimenta, siempre lo hizo, los forzó a nacer y él mismo ordenó el ataque. Nadie lo obligó a nada.

El escuadrón de cocodrilos ha vencido. Gloria y loor.

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