Esperándome

Ahí está, Gutarella. Simón Gutarella. No lo veo desde que lo cagaron. Lo cagamos, mejor dicho. Qué mal. Para qué me habré metido en eso… Ahí me vio. Me mira. Es que en realidad lo cagaron mis socios. Pancho y Tomás se llevaron los cheques y yo quedé atendiendo los reclamos. Eso me salvó de aparecer con Pancho y Tomás carbonizado en el bote allá en el Paraná. ¿Viene para acá…? Sí. Viene. No me importa, ya está, mejor que lo haga de una vez. Pasaron cinco años. La cagada fue que él creyera que yo zafé, que yo estaba involucrado y que zafé. Todavía me acuerdo cuando me dijo mirándome a los ojos a veinte centímetros de mi cara: “Yo te voy a matar, yo mismo”. Qué frase de mierda… Viene para acá. No me extraña encontrarlo en la parroquia. Solía venir a esta parroquia. Hipocresía de los mafiosos, pero recuerdo haberlo visto varias veces sentado allá adelante. Pucha, sí, viene para acá mirándome fijo. Viene por el pasillo de la nave central, por el medio. Yo voy hacia adelante y el viene hacia el fondo. ¡Qué larga que es la iglesia, cómo me pesa esa mirada…! Me cansé de explicarle y mandarle todas las pruebas de que no tuve nada que ver. “Coartadas”, me respondía. Hace cuatro años que no lo veía, me impresiona verlo tan cerca, a seis, cinco, cuatro metros, lo veo más joven, más fuerte. La venganza siempre es un nutriente invencible a la muerte. Dos metros, uno… Cómo me mira, siento un frío que me corre por todo el cuerpo. Me mira fijo, algo me va a hacer cuando pase al lado mío, algo me va a hacer… me mira fijo, me pasa mirándome a los ojos. No aguanto y saco la mirada. Es una amenaza, o mejor dicho, el recuerdo de su antigua amenaza, la amenaza que me hiciera hace cuatro años la última vez que lo vi. Siento un frío insoportable en todo el cuerpo. Tengo terror. Sigo caminando pero no aguanto la necesidad de darme vuelta y fijarme si ya se fue. Doy dos, tres pasos y giro, y ahí está, mirándome. Titubeo como para fingir, pero es en vano, titubear fue peor, fue mostrarle que recuerdo su amenaza. Siento que la sangre se fue de mi cuerpo. Ahí está, parado al final del pasillo central. Me mira. Yo sigo caminando pero vuelvo a mirar para atrás, no soporto saber que sigue ahí. Sé que vino a buscarme. Qué haya pasado al lado mío es apenas una muestra de su eficacia. Tanta gente mató, tanta gente dejó de vivir en sus manos… Estoy llegando al altar, se debe haber ido, me vuelvo a dar vuelta pero ahí está, al final del pasillo. La gente pasa a su lado. Si supieran al lado de quién están pasando… Vuelvo a mirar para adelante y sus palabras aparecen claras y actuales, como si las estuviese diciendo ahora y no cuatro años atrás en aquella vereda bajo la lluvia, con treinta y siete balazos en el torso y en una pierna, después de que la policía lo quemara a tiros justo en el momento antes de que me pudiese disparar en la frente. Cada palabra parece sonar en el eco de esa parroquia. Parece que estoy ahí, empapado, acercándome a su cara para ver si respiraba todavía, y su voz baja pero firme, segura, clara, a veinte centímetros: “Yo te voy a matar a vos. Yo mismo”. Y enseguida la lluvia inundando su boca entreabierta, y sus ojos sin pestañarle a los chorros de agua… Me doy vuelta junto al altar y ya no lo veo. Pero no se fue. Está en casa. Sé que está en casa… esperándome.

Church Dark1

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