Estridente pasajera

Parado al final de un colectivo. Parado, solo. Mirando la lluvia por la ventana mientras el hollín y las estrellas quemaban mis oídos con melodías suaves.

El colectivo hizo una parada.

Volteando, sin desacomodarme de entre la bufanda, pude observar el costado de la calle por donde te apresuraste a la puerta de entrada del vehículo. Con un gran instrumento en tu espalda subiste.

Todos te miraron raro, como si la ignorancia de la gente se viese maximizada. Nadie entendió que llevabas un contrabajo; que en tu espalda colgabas un pesado instrumento de graves. Un clásico retumbar del alma.

De seguro no viste mi sonrisa. Es más, de seguro no te percataste que existía.

Con tus ojos afinados en un tono más abajo en la tristeza, deambulaste buscando un lugar. Empezaste a flechar a los pasajeros que te miraban con singularidad y fue ahí que afinaste tu mirada un tono más arriba en la apatía.

Caminaste por el angosto pasillo. El destino: a mi lado.

Giraste bruscamente la funda y pude ver un parche de “The Beatles” pegado en él. Suficiente riqueza para comprar mi empatía, pensé. Giraste, lo alzaste para acomodarle, pero no calculaste la altura. Por suerte yo sí, y  alcancé a poner suavemente mi mano sobre el clavijero para que este no golpeara el pasamanos.

Me dijiste gracias. En realidad no lo escuché, lo leí de tus labios; en mis oídos todavía sonaba el hollín y las estrellas.

Asenté con la cabeza y desplazando la bufanda hacia abajo, te dije de nada. No hacía falta decir nada más. No me importaba decirte nada más.

Acomodé  nuevamente la bufanda con mi barbilla y seguí mirando la lluvia por la ventana. Vos hacías lo mismo. Mi cara dibujo de la nada una sonrisa, una sonrisa que esta vez notaste y me devolviste.

Te bajaste un par de cuadras antes que yo. Giraste, y esta vez calculaste la altura. Yo te seguí con la mirada. Dejaste al descender un perfume que hacía mucho tiempo que no sentía. Un aroma especial mezclado con la madera de tu contrabajo.

Mi mente lo asimilo como tu regalo de despedida.

La lluvia afuera no se detenía, pero de aseguro eso a vos no te importa. Apuesto a que sos de las personas que sabe disfrutar la lluvia.

No me interesa describirte físicamente, no me interesa saber tu edad. El solo hecho de saber que pude compartir con vos algunos minutos y que pude compartir el mismo espacio ya es suficiente para llenar ese grado de empatía que demanda un día vacío.

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