Eterno Atardecer: «Cuerpo Gitano»

–¿Te acordás cuando fue la primera vez que sentiste algo… fuerte por alguien? –me dijo la Flaca mientras teñía de coral una veintena de uñas.

–¿Qué…?

La televisión solía ambientar nuestra escena previa antes de dormir. La de la Dana, adorando sus extremos con cremas y aceites, y la mía, deshuesando el periódico sobre la cama, a la luz de una lámpara trepada del costado derecho del respaldar. El rito de nuestras noches solía ser un disparador de conversaciones profundas; por lo que uno debía pensar con detalle antes de hablar; porque aunque el cuerpo aún vele a esa hora, la mente suele estar en sueños.

Para nosotros, la noche solía volverse el agua para las ideas que quisieran navegar.

–Hoy escuché cuando le dijiste al chico, a Jorge, lo de los dolores y todo eso…

–Ah…, sí. ¿Y qué con eso?

–Te pregunto si lo recordás, simplemente. Vos le dijiste que el cuerpo va descubriendo sus órganos a medida que le van doliendo; que no sabríamos lo que es un dolor de panza, sino nos hubiera dolido alguna vez, y que la sensación en el pecho que él estaba sintiendo, tenía que ver con un nuevo dolor en su vida, pero uno de los lindos… ¨El dolor del amor nos hace saber, que una de las etapas más lindas de la vida ha llegado: La del Primer Amor¨, esas fueron tus palabras, Rubén. Entonces te pregunto… ¿lo recordás?

–Veo que escuchaste toda la conv…

–¡No me jodas, dale! –Me dijo quitándome de la vista la sección de deportes, dejando caer las hojas contra la alfombra, montando mis piernas con sus muslos y encañonándome con la mirada de sus pechos– ¿Tenés recuerdos de la persona que te hizo doler por primera vez? Sin mentir, ¿eh?

–Claro que la recuerdo. No supe más de ella, pero… sí. ¿Quién no recuerda a su primer amor, Dana?

La Flaca extendió ligeramente su cuello hacia atrás, sin mover sus caderas pero tensando el abdomen, y miró un punto abstracto del ropero visualizando algo que solo ella sabría, repasando una idea que se volvía una foto, y luego un corto, terminando en un largometraje rodado en el recuerdo de su mirada, proyectado en una mueca y un cariño suave, pausado, sobre su oreja izquierda.

–Hoy, después de escucharte decir eso –comenzó a contarme–, pensé en él, ¿sabés? En mi primer amor.

La Dana continuó haciendo giros en aquella historia, la de ellos, con algunas anécdotas, recuerdos, pero yo no podía seguirla. Desde su primera pregunta que no podía seguirla, ni siquiera su cuerpo a pelo, sobre mi pijama blanco con rayitas azules, podía esfumarme el recuerdo de mi recuerdo. Sin dudas el sueño que me recurría cada tanto, del nene observando por la ventana de su habitación con el telescopio que llegaba hasta la luna, mientras yo esperaba mi turno para tenerla a ella, no era en vano. Muchas veces pensé qué hubiera sido de nosotros, si me hubiera animado a decirle que extrañaba mirarla cuando la estaba mirando; qué habría pasado si se hubiera enterado que para dormirme, tantas veces tuve que crear un mundo fuera del planeta, al que accedía solo desde la ventana de mi habitación, para observarla descansar en su Luna. Aún recuerdo su mirada café, su sonrisa blanca de dientes de leche, y el aroma a hierbas en su pelo rebelde. Es imposible recordarla sin obviar el dolor de la primera vez. Ese mismo, naciendo sobre el pectoral, deslizándose hacia el estómago, y remando de a poco hacía el norte, para aliviarse en el suspiro de placer que es recordar al Primer Amor.

¨El primer amor se siente en la Sangre, por lo que tiene mucho más que ver con uno mismo, que con el otro. Los amores siguientes se sienten en la Mente, por lo que pasan demasiado por el otro y no tanto por uno. Finalmente, el último amor se vive en el Espíritu, lo que lo hace propio y justo para ambos. Quienes sepan descubrirse en otro, entregándose en uno, habrán encontrado su primer amor sin importar edades ni momentos¨, dice E.A. 

De repente volví a Ella, y traté de comprender la idea del libro. Entendí que ese lindo dolor pasaba por uno, porque enamorarse es la tarea recurrente en la agenda de quien se propone vivir; entendí que lo que venía cultivando con la Flaca no era sólo un resfrío de piel; entendí que los años me invitaban a entregarme otra vez a mí mismo, porque en ella me estaba descubriendo.

–Te extraño –le dije y la interrumpí.

Ella se detuvo en seco y llenó de orientales su mirada, no sé si era desconfianza, duda o picardía, o todo junto. No lo supe hasta ese momento.

–Tal vez la semana que viene podríamos volver a Mendoza… –me dijo saliéndose de arriba, y de tema, cubriendo su espalda con un desavillé verde agua y lila claro en los detalles, recomponiendo las partes del diario, y sus ideas– Aunque yo pasaría unos días sola en Buenos Aires, para visitar unos parientes, y luego nos juntamos en Mend…

–Te extraño, te dije –le repetí ignorando el silencio de su boca y los gritos de sus ojos.

La Flaca salió de la habitación, y la seguí; caminó por el pasillo, bajó unos escalones al living y saltó los otros a la cocina; abrió la heladera, sacó una botella con agua y dejó la puerta abierta, la que se cerraba sola en cámara lenta, mientras su luz dejaba a su sombra gigante en mis manos, la que se afinaba hasta llegar a sus pies, y desaparecía cuando la puerta se cerraba del todo.

–No podés extrañarme… ¡Perdón! No debés extrañarme, Rubén –agregó, quitándose con el puño las gotas que rodeaban su boca– Me voy a dormir…

Pocas dudas me quedaban ahora. Ninguna en realidad.

Llega una altura de la vida, que uno no necesita del otro para sentir, ni siquiera que el otro corresponda al sentimiento, porque el sentimiento maduro no entiende de rechazos ni de acuerdos; pero sin dudas se necesita saber qué siente ese otro, para poder elegir el sendero del juego.

Para poder elegir, necesitamos la verdad. Y la verdad siempre es justa, aunque duela.

Pensé en irme. Irme a tomar un trago para pasar el amargo, ni malo ni bueno, simplemente real. Me puse una pilcha a la ligera, un sacó abrigado, agarré las llaves, el celular y salí. No era tan tarde, incluso no hacía el frío que supuse en un primer momento; parece que cuando uno busca libertad de pensamiento las condiciones se acomodan solas.

¨El ojo del sentimiento, se acomoda para observar a su antojo la realidad que necesita¨, dice E.A.

Lamentaba en profundo lo de la Flaca, pero no sufría. Quizás estaba en la etapa previa a la vulnerabilidad por el otro, quizás mis sospechas de sentirme a gusto se confirmaban con cada día, juntos, pero el tiempo nos enseña a entregar el corazón a cambio de pruebas, más que de promesas. Pensé que debía virar la mirada de mi futuro cercano, independientemente de la relación con la Flaca, de lo que sucediera con nosotros, tenía que construir mi camino aunque lo compartiéramos hasta el último día, para no descubrirme de repente fuera de su proyecto y sin ideas para mi obra del vivir.

Luego veríamos a donde terminábamos cantando las cuarenta.

Así que sin pensarlo mucho, me metí a un garito a licuar las ideas. Me pedí una cerveza apostado a la barra congelada de aquel lugar, y naufragué un poco para no pensar.

Muchas veces nos quedamos esclavos de razonamientos que no están preparados para darnos respuestas en el momento, como si tuviéramos una urgencia atemporal e imposible de saldarse hasta que no suceda lo que tenga que pasar. Cuando esto ocurre, uno debería poder poner en piloto automático al cerebro, en las funciones básicas, y prestar más atención en los sentidos, que bastante bien la pasan solos.

Las personas del lugar se distanciaban para ser íntimos, pero sin aislarse demasiado. Con algo de esfuerzo podíamos escucharnos si quisiéramos, en el curso de un flamenco que, al que parecer, sometía al escenario en sus noches de tertulia. Las luces se atenuaron, y nada más que lágrimas de fulgor, contenidas en candelabros artificiales, quedaron sobre cada una de las mesas. Ciertos aprovechaban para decirse en caricias aquello que venían cultivando con palabras, mientras otros, nos ceñíamos al humo que recorría el escenario del humilde cantobar. Un tocaor rasqueteó las entrañas de su guitarra, oscuro desde un costado, para alfombrar la entrada de un cantaor con alma andaluz, que sin límites colgó, en dos acordes de sus vocales cuerdas, nuestro congojo a reposar; mientras en el centro, iluminada por detrás, la sombra de un vestido colorado contorsionaba un cuerpo gitano, despertando a las almas que, como el humo, seguíamos las olas de los vuelos que tenía el vestido, sobre las mangas y en la cola; aquella que serpenteaba por el suelo de madera, tras ella, tras cada giro imitando sus sacudones con una pizca de delay; al tiempo que sus brazos de sables, se ampliaban en el fandango que celaba a su estilo flamenco, batiendo lento, cruzando y frenando en sus piernas.

La gravedad se deshacía con el zapateo, que nos imponía el ritmo del palpitar.

Al instante se me vino una frase del libro que dice: ¨Si el Tango era una angustia lujuriosa esperando la satisfacción eterna, el Flamenco era el ritmo mentor de sus deseos más mundanos.¨

Al fin nos dio aire con el último compás, y solo quedaron aplausos de palmas húmedas en el lugar. Alguien intervino y la presentó como la figura principal, y a los acompañantes también. Estefanía, Marcos y Juan.

–Pido un gran aplauso para estos artistas que retornan a su patria, y me permito agradecerle en especial a Estefanía, esta bella dama que siempre nos elige con su arte, que como ya sabemos, además del baile, Estefanía cuenta sus emociones en sus letras, por lo que hoy nos ha traído su nuevo libro: ¨De cantos y encantos¨. Esperemos que te vaya tan bien como con el éxito de ¨Eterno Atardecer¨, Estefanía. ¡APLAUSOS!, y seguimos con…

Continuó hablando unos segundos más, hasta que arrancó otra serenata de pasión desde las piernas de esa mujer. Mi sonrisa estaba congelada. Inconclusa. Atónita. Jubilosa. Dilatada.

Destino afanoso de secretos.

Estefanía, la dueña de Eterno Atardecer.

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