Eterno Atardecer: «Notitas para Elena»

Las calles del pueblo costero lucían tal cual la época en que se trazaron, o al menos esa sensación me daba. Los vehículos modernos que cada tanto pasaban y las vestimentas de la gente, eran la antinomia con aquellos años treinta. La arena revestía de un lado a otro, sin distinción entre calle y vereda, como si el pueblo estuviese en el fondo de uno océano seco, en la espera de la lluvia que nunca más volvió.

Era el típico lugar donde la gente que se va, vuelve a morir, o a nacer. No a vivir.

Igualmente no existía abandono, era un estado de paz, que dejaba al descubierto el sentido de venir acá para la Flaca. Ella volvía para nacer, sin dudas.

Podría decir que lo recorrimos como si lo estuviéramos conociendo juntos por primera vez. ¡Hacían años que no caminaba de la mano con alguien! Como dos chicos. Se la sentía como a seda en la piel, entrelazando los dedos, despertándolos en mis yemas, y separándolos cada tanto para tomarnos de la palma, siempre suave; al tiempo que recostaba su sien en mi hombro, trepándose con la otra mano a la altura de mi bíceps, como si fuese de una liana para recorrer la selva.

Se venía haciendo un hechizo, entregarnos a las excusas que nos hacían caminar juntos.

Una casa de té, un salón de belleza, una zapatería, vidrieras y cada tanto un comentario sobre los precios; los colores, sus usos y combinaciones, esas cosas de mujeres que rara vez nos gusta escuchar. Las cursilerías necesarias. Nada más.

Lo que nos estaba pasando, al menos a mí, difícilmente sería mejor y cuando esto sucede, el corazón necesita auditarse. Siempre recuerdo que el miedo, es el precursor para hacernos los giles con los sentimientos.

Quizás porque de ella no surgía más que eso, que por otro lado no ameritaba nada más. ¿O sí?, no lo sé… Lo único que sabía, es que me había llegado el turno para querer entender a dónde iba la Flaca con todo esto.

El Jorgito volvió unas cuántas veces a casa. Me contó de que no solo la Elena era imposible para Él, sino que Él era imposible para los papás de la pequeña. Dato no menor. Al parecer eran de esos a los que el pedigrí del muchacho poco les satisfacía. Lo curioso era que el Jorgito, no era del todo imposible para Ella.

¨Si una mujer responde con sonrisas, contesta con el alma¨, dice E.A. Y si había algo que tenía aquel proyecto dudoso de hombre, es que hacía reír hasta las lloronas de un velorio.

El timbre sonó, y tras la mirilla de la puerta de aluminio y madera, se encontraba el Jorgito.

–Señor, no sabe… –me dijo agitado en cuanto le abrí–, ¡al fin me contestó!

¨Al fin¨, pensé con Él. El Jorge había dejado, durante una semana, y con cada uno de los diarios, notitas para Elena. Cada mañana me contaba cómo le había ido con la anterior, me preguntaba si le escribía tal o cual cosa, si le convenía, o si mejor decía lo otro…, en fin. El paso de los días lo venían desalentando.

¨Nunca dejes de esperar una señal, porque hasta un cachetazo, nos resulta necesario dar a los seres humanos. La Ignorancia es la respuesta que solo los sabios suelen dar¨, dice E.A.

Durante esa siesta estuve pensando una idea del libro. Se lo pedí esa misma tarde a la Dana, pero no recordaba donde lo había dejado. Lo busqué durante horas, no podía dejar de pensar en algo que hacía referencia a las personas que deciden perseguirse.

Es como que para estar con alguien que deseamos, debiéramos decidirnos; pero decidirnos, antes que nada, sobre nosotros mismos. ¿Qué queremos con la otra persona? Si esa simple pregunta no tiene retorno, carece de sentido intentar, según decía Eterno Atardecer. Es como cuando abrimos la heladera sin saber qué queremos comer. Bueno… la gula en el amor, es como la llama de un fósforo: arranca con furia y muere en tinieblas.

Cuando le pregunté la primera vez al Jorgito sobre qué pensaba la joven, me dijo: ¨Nunca he escuchado su vos, Señor, pero qué importa lo que diga o lo que quiera, mientras sea Ella.¨

Las palabras del muchacho estaban cargadas de un romanticismo propio de su edad, tenían más que ver con lo que se siente, que con lo que se piensa. Además había un trasfondo en su idea, en el que no encontraba inmadurez, sino por el contrario, encontraba decisión, respeto y amor, por qué no. Amor.

Él tenía claro de que lo más importante, sería que la Elenita fuera Ella, y no otra.

¿Cuántas veces estamos con alguien buscando cambiar a esa persona? Inconscientemente, por lo general. Pensando que ahora las cosas son de tal manera, y que en el futuro serán de otra. Queriendo torcer sus ideas, gustos, formas de pensar, de proyectar una familia, hijos, viajes, o lo que sea que no tenga e imperemos obtener del otro. La realidad dice que las personas son como las conocimos; que más allá de lo que sedan en la pareja para entenderse y convivir, los intentos por cambiarse no harán más que postergar el final hacia el futuro, de lo que en sinceridad, hubiese terminado dignamente en el pasado.

–Ayer le dejé una notita en un sobre cerrado con mi nombre, tal cual me lo dijo Usted –arrancó contando el Jorgito–. Me crucé de vereda, y me quedé esperando detrás de un auto chocado, que hay justo enfrente de su casa. La quería ver cuando la encontrara, había imaginado su rostro y no me lo quería perder por nada, Señor. El tema es que pasó una hora, y nada; dos horas, ¡menos que nada! ¨Queloparió…¨, pensé. Me acerqué, ví que el diario seguía ahí, con el sobre encima, miré para ambos lados y no sé por qué, che, se me ocurrió tocar la manija de la reja que da al parque de entrada a la casa. ¿Y sabe qué pasó, Señor? Si, se abrió.

–¿Y…?

–Yyyyyyy… bueno, ya estaba ahí, tenía que ver si había alguien en la casa, asegurarme de que la recibiera. Así que dije ¨masíiiii, yo me mando¨, y me mandé noma´; me fui por el costadito, entre la medianera y la pared, pasé por debajo de un tendedero con ropa, y llegué a un ventanal entre abierto que daba a un living inmenso…

–Vos estás loco, nene…

–¡No! Tst, digo sí, pero espere que le cuento… Tenía que dejarle la nota en algún lugar seguro donde la encuentre, y ya estaba ahí, no me iba a volver a esa altura, Señor, así que entré. Caminé unos metros hasta un pasillo, que unía la cocina, el living y las piezas, y seguí. Me fijé en la primera puerta y no me pareció que fuera su habitación, más bien parecía la del policía…

–¿Cómo la del policía? ¿Qué policía?

–Claro, el hermano. El hermano es policía, ¿no le conté?

–¿¡El hermano es POLICÍA, y vos lo decís como si fuera diseñador de interiores!?

–Sí, el hermano y el padre, bah… el padre es el comisario, mejor dicho. Pero déjeme que le siga contando… –ya me imaginaba exiliándome en una canoa, con el mocoso, de la policía costera–, resulta que sigo unas habitaciones más, abro, y esa sin dudas era la de Elena. Me temblaban las piernas, ¿sabe? Me acerqué de a poco a un escritorio que estaba a un costado de la cama, y vi que tenía un montón de fotos por debajo del vidrio, y las miré. ¡Habían de todas sus épocas, Señor! Cuando era una bebé, de su colegio, otras que parecían de vacaciones, y muchas con su familia y amigos; y me hizo sentir algo raro, Señor…; sentí que quería estar en una de esas fotos…, sentí…, sentí como si sonriéramos juntos y no pude evitar observarme. Me di vergüenza. ¿A quién quiero engañar, Señor? Soy nada más que un pibe que lleva diarios a las casas, pasea perros a la tarde, que sueña con esto y con lo otro; pero hay sueños a los que solo algunos acceden, y nunca antes pensé así, ¿sabe…?

Jorgito estaba equivocado con su manera de ver las cosas, pero desde afuera siempre es más fácil decretar. Quizás sacar su vacío le daría contenido a sus ideas. ¨Las ideas que parten del querer, difícilmente fracasen¨, dice E.A.

–…al toque me di cuenta dónde estaba, que debía salir, debía tomarme el palo, así que dejé la nota sobre el escritorio y rajé; caminé rápido por el pasillo, y cuando iba pasar por el ventanal me arrepentí. Mejor dicho, pensé en volver…

–¿Volver a dónde? Definitivamente te pierde el tanque, Jorgito…

–… es que me pareció que si la dejaba ahí, y ella la encontraba, se podría asustar y decirle al padre, que es policía, ¿le dije? Y cagaba fuego, Señor, así que me volví…; entré al cuarto, agarré la nota, y cuando voy a salir de la habitación siento un ruido de llaves en la puerta de entrada –dijo el Jorgito y se quedó quieto, tapándose con ambas manos la boca– ¿Qué hago?, pensé…

–¿Y QUÉ HICISTE?

–Era la madre, que ya estaba en la cocina, y el padre en el auto entrando por el jardín, así que esperé que se diera vuelta la señora, y salí en puntitas de pie…, despacito, paso a paso hasta que llegué al living. Si se daba vuelta me junaba de una. Cuando voy a dar la vuelta, le pego con el diario a una estatua de un tipo en bolainas y sin brazos, que había sobre una columna de yeso…

–¿Y QUÉ PASÓ?

–Me tiré sin pensar en la alfombra y la alcancé a agarrar justo antes de que se golpee contra el suelo. No hice un ruido, Señor; la apoyé despacito en la alfombra, cuando entraba alguien por el ventanal. Era Elena. ¿Se da cuenta de que si no se hubiese caído la estatua, hubiera salido por el mismo lugar que Ella venía y nos habríamos encontrado cara a cara, Señor…?  

–¿Yyyy QUÉeee PASÓooo…?

–Bueno… ´pere que le cuento. Quedé en el piso, detrás de un sillón de esos que se usan ahora, ¿vio?, con almohadones de colores y…

–¿QUÉ PASO CON ELENA, Jorgito? Te vió el padre, se dio cuenta que estabas ahí…

–No, Señor. No me vió el padre, sino no estaría contando la historia. Me quedé detrás del sillón, mirándola de cerca, nunca habíamos estado tan cerca, Señor; fue como si el tiempo se hubiera detenido en ese instante sin que importara nada más. Ella se fue para la cocina y desperté; me levanté y salí por el ventanal, ¡tan rápido! que me llevé puesto el tendedero con ropa y todo; pero tenía que seguir, entonces le di hasta que llegué a la reja, y me fui.

–¡Vos estás colifa, Jorgito!

–´Pere, que no termina ahí… Resulta que salgo y me voy caminando ligero, el corazón se me salía por la boca, le juro, doblo en la esquina bordeando un arbusto gigante que rodea la casa y le meto para. De repente me llaman de atrás…, me doy vuelta. Y ¿quién era?

–… –no llegaba más el final, y Él me hacia carita para que adivinara–, no sé.

–¡Otra vez ella, Señor! Estaba paradita inmutable, con el brillo del sol en las mejillas. Se me acercó con cara de enojo, pero con mirada de pícara. El quetejedi se me frunció, ¡estaba aterrado! ¨Te olvidaste esto…¨, me dijo y me pasó el diario enrollado; pero sin la nota, ¿eh? La nota se la dejó, y la abrió. ¨Para empezar una historia pueden ser necesarias todas las circunstancias del mundo, su dinero y sus cortesías, las mayores hazañas y todos los obsequios que hagan de dos seres, el concilio de uno. O nada de lo anterior, y simplemente dos¨, leyó de la nota… Ninguno dijo nada más. Me miró con desconfianza, no… más bien con intriga, no sé si lo entendió, yo más o menos, pero me sonó bonito cuando lo leí en su libro, Señor…

Me sentía estupefacto, no encuentro otra aclaración que revele cómo lo miraba. Si estupefacto es igual a la suma de rabia, bronca, admiración, y alegría. Estaba estupefacto.

–No se quede callado, dígame algo, Señor.

–Miércole´… A ver –le dije sentándome en la escalinata de la entrada de la casa–. Primero: creo que obtuviste la sonrisa que estabas esperando, Jorgito, y eso es excelente. Segundo: que sea la última vez que te llevas mi libro, porque te la corto, antes de que empieces a pensar en el uso que le podés dar, además del convencional. ¿Si, Jorgito?

Fuente de las imagenes: www.piccsy.com

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